Ya está, ya llegó: San Mateo. Cada año que pasa más imposible se me hace que vuelvan estos días locos, pero aquí están de nuevo, la recta final de un verano que se consumió entre nuestras copas y ahora agoniza en Oviedo. Todo empieza.
Tras el pregón de rigor, que la gente va pero no escucha, y el chupinazo de Cazorla empezamos la fiesta. «¡Que es San Mateo, tío!», le decía un niño a su amigo.
Hay que dar gracias porque Luis Fernández-Vega no dijo nada del impuesto de sucesiones en su discurso y fue rápido, que hubo años en los que se nos venía el cielo encima en la plaza del Ayuntamiento.
Desde los balcones todos estaban muy sonrientes, no sé si fue por la alegría de empezar las fiestas o porque hubiesen dado un buen vino antes del acto. Sea como fuere, los odontólogos tienen ahí un buen filón.
Por las calles hay gente, ni es una marea ni como un viernes cualquiera. Echo de menos empezar este periplo mateíno con un mojito del Rincón Cubano, pero es lo que hay: quitaron los chiringos, pero aún nos quedan fiestas.
El primer día uno anda aturdido, como ese pájaro que se cuela en un local y cuando trata de echar a volar se estampa siempre con los cristales. Quedan días y queda tiempo para hacer de Oviedo el patio de recreo, para hacer de la ciudad el puerto de todos los barcos a la deriva, donde siempre se acoge con una copa en la mano.
Llevábamos esperando un año y ahora es el momento, no se vayan pronto a casa ni guarden algo para el día siguiente: todos los días son el momento y aquí es el lugar. Nos vemos en la calle y en los bares. Mientras haya mojitos nada puede salir mal.