El «Prometeo» del Ballet de la Ópera Grand Avignon cierra el Festival de Danza de Oviedo con una buena representación y plasma un contemporáneo muy original, volviendo a la universalidad de la mitología clásica con una gran puesta en escena
06 jun 2026 . Actualizado a las 10:21 h.Se cierra una edición más del Festival de danza de Oviedo; lo mismo que decir, promulgado a veces desde aquí, el festival de Asturias. Y se cierra con buen sabor de boca -cancelación incluida- una cita imprescindible en el panorama nacional, puerta de entrada, en muchas ocasiones, de la mejor danza internacional, marchamo que como pocos territorios españoles el festival representa en nuestro país. La programación de danza del teatro Arriaga de Bilbao, sería otro buen ejemplo. Pero al margen de la situación actual de las artes escénicas, ahora, en Asturias, y con la gestión de la Capitalidad cultural Oviedo-2031 a pleno gas y la vista puesta en el próximo diciembre, el trasvase de fuerzas, recursos, y oportunidades pesa en el aire, más bien habría que decir que opera en el trabajo. Seguir bajando el presupuesto de una cita tan importante como esta, que agota localidades, y adelgazar sus posibilidades, por una parte, es un error; pero, por otra, también debe leerse como falta de memoria y respeto a nuestra trayectoria en la gestión de lo escénico, mire por donde se mire. No se puede desvestir un santo para vestir otro. Porque, además, y con fondos europeos de por medio, cierto es que los proyectos de capitalidad construyen muchísimas cosas, pero también pueden deteriorar otras. Éxito incluido.
No debe perderse de vista que la cita dancística ovetense lleva realizándose con rango de festival internacional desde finales de la década de los años 70 del siglo XX, un importante plus para cualquier iniciativa que se pretenda en torno a este arte: existe una enorme base, muy difícil de crear, que, año a año avala al Campoamor como parada internacional para muchas compañías europeas: venir a Oviedo da caché, nunca mejor dicho; y nada más europeo, por otra parte. Distinto es, dada la situación actual, cómo mejorar la cita, cómo hacerla crecer, y ahí se abren, entre otras consideraciones, varios ángulos para la reflexión: ¿puede un festival de estas características contribuir al desarrollo de la capitalidad?, ¿cómo son y/o serán los planes concretos del Consistorio para el festival de danza?, o, mejor dicho: ¿qué hueco debe tener y cómo dentro de la futura reorganización de lo cultural en Oviedo, asignatura pendiente de la ciudad decenio tras decenio, o sea, dentro del Plan Estratégico de Cultura de Oviedo 2025-2035 (PECO)?
Este plan, aprobado en diciembre pasado, ha sido elaborado por el equipo de la Capitalidad, Fundación kreanta mediante, y amaestra la estrategia cultural del municipio para los próximos diez años con objetivos de reordenación, innovación y participación. A veces no es tanto qué hacer, cómo tener visión de cómo hacer, cosas siempre muy diferentes; incluso con la oportunidad delante, como en este caso: reordenación y recursos, tremendo matrimonio. No hay que materializar desde el gusto sino desde lo conveniente. Diagnosticar con conocimiento, sensibilidad y criterio es una cosa; y engrosar lo diagnosticado y sus cualidades dentro de una planificación física, otra bien distinta. Y la misma diferencia cabe para quien sí sabe articular oportunidad, cultura y defenderla, de quien se dice gestor cultural que une actividades porque casan en un calendario. En cualquier caso, se trata de fijar cultura, de construir tejido civil, y de asegurar calidad (la que atesoramos), no de crear artículos de consumo para el turismo. Hay que tener muy en cuenta que, en cierto modo, Oviedo es terreno virgen, precisamente por ausencia de planificación en materia de cultura. Virtud a gestar. Y cuidar.
Pero vayamos al grano, e introduzcámonos en el fin de fiesta para la danza en Oviedo de lo acontecido con este “Prometeo” a manos del Ballet de la Opera Grand Avignon, que cuajó una gran velada de danza, el pasado 29 de mayo en el teatro carbayón. Los de Avignon, capitaneados por su director de danza, el buen coreógrafo (esto se dice poco) vasco francés Martin Harriague (Bayona, 1986), dejaron una visión de Prometeo, como si de un viaje en el tiempo se tratara. Se ofreció una lectura del mito, no solo actual y contemporánea, sino muy original en cuanto al tratamiento de la relación afectiva del encadenado con las criaturas humanas, y dejó algo más de lado esa otra faceta de semidiós astuto, ladino y mañoso en su relación con sus superiores, para dar una idea de hombre inteligente y rebelde; modelo en el que inspirarse, precisamente hoy día. En la exploración de este supuesto narrativo es donde Harriague fija su exposición coreográfica, llena de matices y finura escénica. Qué gran director de escena es, y qué gran partido saca a todo lo básico de lo escenográfico.
Bailar la provisionalidad
Se inicia la trama con el nacimiento de las criaturas humanas en una especie de quirófano de luminosidad blanca y celeste. A base de movimientos súper mecánicos, Prometeo y Epimethée montan los cuerpos de un hombre y una mujer como si fueran una especie de quiroprácticos. Estupendo montaje-secuencia, moviendo el cuerpo inerte de dos bailarines encima de la mesa de operaciones, muñecos de carne y hueso en construcción, que van viniendo a la vida a base de coreografía, apuntalada en la partitura de “Las criaturas de Prometeo” de L. van Beethoven. Mover articulaciones, una a una, del sistema musculo esquelético de los bailarines, se yergue en corporeidad bailada a ritmo musical, de una manera tan pareja como robotizada, ensayando un ser humano todavía provisional. Resulta una genialidad, algo frankenstiniana, quizá.
El nuevo hombre y la nueva mujer, dos bailarines-intérpretes de talla pequeña, acompañan brillantemente la secuencia, confeccionada para bailar esa provisionalidad carnal de los nacientes. Se dan cuerpos semi-rígidos pero ajustados a cada nota musical; Harriague coreografía para la música, lo que denota visión espacial sobre la partitura, una cualidad que no todos los coreógrafos poseen, y menos para la clásica. El autor tiene facilidad para la creación, de eso no hay duda, pero, además, como en este caso, lo hace de un modo donde lo coreografiado empasta de forma casi natural con el sonido del compositor alemán. Este es el único ballet entero que compuso Beethoven en 1801, y que se estrenó para la versión coreográfica de Salvatore Viganò (Italia, 1769?1821).
A partir de aquí, después del quirófano, la obra se abre a dos márgenes temporales con acciones diferentes, pero en paralelo: por un lado, la hagiografía de Prometeo, la trama principal; y, por otro, la instalación, contemplación y visión del mito en un museo cualquiera de un país cualquiera, pero en el presente. La alternancia de la acción dramática se simultánea de tal manera que el robo del fuego, el don de vida que el semidiós roba para entregar a los seres humanos, aparece como fuerza de atracción lumínica y hace su traslado temporal, del mismo modo que se presenta en escena la curiosidad de los espectadores, en la exposición museística, ante el descubrimiento de la roca a la que se encadenó al héroe por ayudar al ser humano.
Pero si algo hay que destacar en la obra, además de la ejecutoria de los bailarines, es el sentido que el autor otorga a los aspectos escenográficos, que además de materiales, categorizan temporalidad y una estética muy áurea, como celeste. Una puesta en escena concreta para contar de forma visual, casi cinematográficamente, determinados momentos de la construcción coreográfica. Así, y a modo de friso arquitectónico, los cuerpos dibujan ese friso en una dimensión, al fondo del escenario, y se narra (y relativiza) la relación de Prometeo con Zeus y su corte de dioses, por ejemplo. El partido que se le saca a la luz, al blanco y negro, perfectamente nítidos, casi nos hacen pensar en una lectura jeroglífica, como en scope, llena de simplicidad, pero enormemente efectiva y plástica.
Y es que el planteamiento de la escena se circunscribe arbitrariamente, dicho sea esto en el mejor sentido, a la delimitación de un cuadrado de luz blanca en el suelo del escenario, el límite geométrico donde se sucede la danza. Una planificación espacial coincidente o similar, a la que se vio en el último programa de la Compañía Nacional de Danza (CND), Struere, estrenado en premiere en el Centro de Danza Matadero la pasada semana. Dibujar el escenario con límites espaciales visibles, a la vez que temporales, parece tendencia coreográfica.
Además, por el lado dramático, los traslados en el tiempo proyectan la rebeldía e inteligencia del mito a la actualidad con el objetivo de interrogar sobre nuestra propia responsabilidad en un momento histórico como el presente: ¿dónde está hoy el humanismo que sí profesó Prometeo? Y junto al interrogante las evoluciones de un contemporáneo bien hecho, pulido por un elenco formado, técnicamente impecable, que sabe de pulsos para interpretar música clásica. No en vano esta compañía, de larga trayectoria, aunque con alguna que otra interrupción, arrastra escuela y una preparación inserta plenamente en la tradición francesa. Se vieron un gran solo y gran paso a dos.
Pero volviendo al principio y a través de la voz de Prometeo: la promesa del mito es la de permanecer, la de estar al lado de los humanos. En escena, nuestro benefactor en el pasado se convierte en estatua a tiempo real. De la forma más simple y a la vez la más teatral, el dios, pasa del color carne al color mármol, fundiéndose así los dos tiempos. Encima de una peana, contemplado por turistas, y emulando, mientras posa, su propio pasado es que acaba este buen ballet: de la carne a la piedra. Siempre presente.
Su legítima epopeya como semidiós alcanza a recordarnos que el saber y la cultura generan, con reflexión y pensamiento, la marca imprescindible del criterio. Es decir, lo indispensable para generar conexiones que contengan los valores propios de un lugar, pudiendo unirlos a los valores universales de la Europa de hoy; cuestiones que tal vez, las más de las veces, dependan de ideas que siempre han estado delante de nuestras narices, precisamente por su enorme grandeza y universalidad. Como podría resultar con nuestras artes escénicas, de la danza, en este caso: la capitalidad tiene delante de sí todos los ingredientes necesarios para hacer desde lo escénico un proyecto tan impactante y autóctono como de pegada y vocación completamente europeísta, vertebrando además presente y futuro. Otra cosa es que se sepa ver. Pero, quizá, como suele pasar con todo lo que es muy evidente, precisamente por estar siempre ahí, pasará totalmente desapercibido.
Pero esa, es otra historia. La de otro Prometeo.
FICHA TÉCNICA Y ARTÍSTICA
Prometeo, 2025
Ballet de la Ópera de Grand Avignon
Coreografía, puesta en escena, escenografía e iluminación: Martin Harriague
Música: Las criaturas de Prometeo de L. van Beethoven y la creación original de Fabien Cali
Vestuario: Mieke Kockelkorn, confeccionado por l’Atelier costumes de l’Opéra Grand Avignon
Dramaturgia: Claire Manjarres y Martin Harriague
Asistente de coreografía: Mathieu Geffré
Maestro de baile: Ari Soto
Regidores: Christian Rivero y Michele Soro
Intérpretes-bailarines:
Prométhée: Kiryl Matantsau
Epiméthée: Evan Inguanez, Sylvain Bouvier
Zeus: Sylvain Bouvier
Les Créatures: Daniele Badagliacca, Lucie-Mei Chuzel, Elisa Cloza, Léo Khebizi, Hanae Kunimoto, Tabatha Longdoz, Miguel Teixeira, Donia Abdin Sanz y Maira Renee
Música grabada interpretada por la Orchestre National Avignon-Provence, dir. Swann van Rechem
Producción de l’Opéra Grand Avignon. 2025
Teatro Campoamor, 29 de mayo, a las 19:30 horas. Duración: 1 hora (sin intermedio). Quinto título del Festival de Danza de Oviedo de 2026.