Los ojos del mundo

BEATRIZ BLASCO REDACCIÓN

PREMIOS PRINCESA DE ASTURIAS

La fotógrafa mexicana Graciela Iturbide, Premio Princesa de Asturias de las Artes
La fotógrafa mexicana Graciela Iturbide, Premio Princesa de Asturias de las Artes Paco Paredes | EFE

Graciela Iturbide, Premio Princesa de Asturias de las Artes, insiste en que lo que retrata no es lo mágico, sino lo que realmente sucede: rituales, creencias, modos de vida

24 oct 2025 . Actualizado a las 09:50 h.

«Nuestra cámara es el pretexto para conocer el mundo, es la fantasía la que opera en nosotros, y de ahí llueven las imágenes». Así describió una vez su trabajo la nueva premio Princesa de Asturias de las Artes, Graciela Iturbide (Ciudad de México, 1942). 

Es, quizá, esa curiosidad por el mundo a través de la imagen la que lleva a una joven de familia conservadora de clase media alta mexicana a estudiar cine en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la UNAM. Iba para cineasta. Sin embargo, a finales de los años 60 del siglo pasado, el contacto con el profesor Manuel Álvarez Bravo marcará un giro en su interés hacia la imagen fija. Ese mundo, igual, pero congelado en blanco y negro.

Álvarez Bravo, un prestigioso maestro que había trabajado con Eisenstein, impartía clase en la UNAM y pronto Graciela Iturbide seguiría su estela como asistente en los viajes que el fotógrafo haría por latinoamérica. Aquella experiencia, más que académica, fue formativa en un sentido profundo. Le enseñó a mirar, a observar sin juzgar, a esperar el instante. Álvarez Bravo no solo le mostró cómo usar la cámara, sino cómo entender la cultura visual desde la paciencia y el respeto.

Con el tiempo, Iturbide fue alejándose del estilo de su maestro y forjando una voz propia, aunque siempre con una sensibilidad cercana al simbolismo visual de la fotografía mexicana de mediados del siglo XX. A diferencia de Álvarez Bravo, que tendía a sublimar lo cotidiano en escenas casi mitológicas, Iturbide buscó registrar lo sagrado en lo real, sin necesidad de estilización excesiva. 

Sin embargo, esa búsqueda no ha estado exenta de ambigüedades. A lo largo de su carrera, su obra ha sido interpretada —y a veces encasillada— en lecturas que oscilan entre el realismo mágico y el surrealismo, categorías que la propia fotógrafa ha rechazado por considerarlas reductoras. Como todas las categorías.

Ella insiste en que lo que retrata no es lo mágico, sino lo que realmente sucede: rituales, creencias, modos de vida que simplemente no están inscritos en la modernidad hegemónica. Una parte sustancial de su trabajo ha consistido en documentar la vida de comunidades indígenas en México. Y esa vida, esas imágenes, eran una mina para una fotógrafa ávida.

 La 'FPAbrica' de los Premios Princesa de Asturias abre sus puertas con una visita guiada a la exposición 'Graciela Iturbide: España y México', en homenaje a la fotógrafa mexicana, galardonada este año en la categoría de las Artes
La 'FPAbrica' de los Premios Princesa de Asturias abre sus puertas con una visita guiada a la exposición 'Graciela Iturbide: España y México', en homenaje a la fotógrafa mexicana, galardonada este año en la categoría de las Artes Paco Paredes | EFE

Desde los años setenta, cuando realizó esos viajes junto a Álvarez Bravo, Iturbide ha viajado por regiones como Juchitán, en Oaxaca, donde convivió con mujeres zapotecas, y por el desierto de Sonora, y su cámara no paró de trabajar. 

Su cámara no se posiciona como un intruso, sino como una testigo silenciosa que intenta integrarse. Ella misma ha dicho que necesita vivir con las personas antes de fotografiarlas, compartir su comida, observar sus rutinas, entender sus silencios. No obstante, esa cercanía, que podría parecer garantía de legitimidad, también ha sido objeto de debate en alguna ocasión.

La imagen icónica de una mujer juchiteca con iguanas sobre la cabeza, titulada Nuestra Señora de las Iguanas, se ha vuelto emblema de lo «mexicano» para muchos espectadores foráneos. Pero esa imagen, convertida en póster, tatuaje, postal y mural, también ha sido cuestionada por su sobreexposición y por la manera en que contribuye a la cristalización de ciertos estereotipos visuales. Es la paradoja, tal vez inevitable, para quien vive de plasmar imágenes y lo hace bien.

En sus mejores momentos, la obra de Iturbide logra un equilibrio delicado entre lo documental y lo poético

En sus mejores momentos, la obra de Iturbide logra un equilibrio delicado entre lo documental y lo poético. Sus fotografías en blanco y negro, con contrastes densos y composiciones casi escultóricas, revelan un interés profundo por los símbolos: aves muertas, objetos religiosos, mujeres con armas, niños vestidos de ángeles. Los pájaros le fascinan.

Hay una constante tensión entre la vida y la muerte, entre lo humano y lo animal, entre lo que está y lo que falta. Esa mirada simbólica no es meramente estética; es una forma de pensar el mundo a través de imágenes. 

Cuando una imagen está compuesta con tanto cuidado, cuando cada sombra parece tener un significado profundo, existe el riesgo de que el contenido —la vida retratada— se disuelva en la forma. Iturbide ha sido elogiada por la belleza de sus imágenes, pero también ha sido interpelada por lo que no muestran: las condiciones materiales, los contextos políticos, las desigualdades estructurales que rodean las escenas que capta.

La evolución de su obra ha sido menos una ruptura que una transición pausada. En los primeros años predominaba el retrato humano, la mirada hacia lo social y lo ritual. Las imágenes de la serie Los que viven en la arena, sobre la comunidad seri, o Juchitán de las mujeres, son representativas de esa etapa. 

A partir de los años noventa, sin embargo, se percibe un desplazamiento hacia lo objetual, lo abstracto, lo inanimado

A partir de los años noventa, sin embargo, se percibe un desplazamiento hacia lo objetual, lo abstracto, lo inanimado. La presencia humana sigue latente, pero ya no está en el centro del encuadre. Fotografías de pájaros muertos, corsés, vitrinas, plantas, paisajes desérticos o detalles arquitectónicos muestran un interés creciente por la metáfora visual más que por la narración directa. Este viraje ha sido interpretado como una búsqueda introspectiva, un proceso de reducción del mundo a sus símbolos esenciales.

A pesar de su preferencia por el blanco y negro, que persiste como marca de autor, Iturbide no ha sido ajena a las transformaciones técnicas de la fotografía. Sin embargo, no se ha dejado seducir por las posibilidades infinitas del color o de lo digital. Su trabajo mantiene una austeridad deliberada que dialoga con la tradición fotográfica analógica. 

Esa fidelidad formal es cuestionada por algunos fotógrafos, pero el arte sigue (o debería seguir) siendo libertad absoluta. Por tanto, el anclaje en el blanco y negro, en cierta resistencia a experimentar con lenguajes contemporáneos es fidelidad a sí misma. Parece, en definitiva, una elección muy consciente. 

Su obra ha sido expuesta en los principales museos del mundo y ha influido a generaciones de fotógrafos. La coherencia visual, que muchos valoran como virtud, no obstante, también puede ser vista como una zona de confort que limita la renovación.

El reconocimiento internacional le ha llegado de manera progresiva, pero sólida. Ha recibido premios como el Hasselblad en 2008 y esta semana, como se apuntaba al principio, recogerá el Premio Princesa de Asturias de las Artes en 2025. 

Estos galardones la consagran como una figura central en la historia de la fotografía contemporánea, no solo en México, sino a nivel mundial. Iturbide representa una versión visual de México que encaja bien en ciertos circuitos culturales internacionales: lo simbólico, lo ritual, lo ancestral.

En entrevistas recientes, Iturbide ha dicho que no le interesa la fotografía como denuncia, sino como observación. No pretende señalar injusticias ni actuar como cronista política. Su interés está en el detalle, en el gesto, en la huella. Esta postura ha sido celebrada por quienes valoran la fotografía como arte autónomo, pero también ha sido criticada por quienes consideran que, en contextos tan marcados por la desigualdad como el mexicano, la neutralidad estética puede ser una forma de evasión. 

En un país con altos niveles de violencia, pobreza y discriminación hay quienes argumentan que la fotografía no puede permitirse el lujo de la contemplación sin compromiso. Pero eso es una simplificación extrema del arte, que no necesariamente debe ser siempre bandera de la denuncia.

Por otro lado, su trabajo ha sido importante para abrir espacios a las mujeres en un campo históricamente dominado por hombres. Aunque ella misma ha dicho que no se considera feminista en un sentido militante, muchas de sus fotografías exploran la fuerza y la autonomía de las mujeres, especialmente en contextos indígenas. 

Las mujeres de Juchitán, por ejemplo, aparecen como figuras poderosas, dueñas de su espacio, de su cuerpo y de su comunidad. Esta representación contrasta con las imágenes tradicionales de la mujer indígena como víctima o figura pasiva. 

El legado de Graciela Iturbide es innegable. Su forma de mirar ha influido en el modo en que se representa América Latina desde adentro, sin necesidad de mediaciones narrativas externas. Ha ofrecido una alternativa al fotoperiodismo crudo y al esteticismo vacío, construyendo un espacio intermedio donde la imagen es a la vez testimonio y símbolo. Sus fotografías no buscan explicar, sino sugerir. No ofrecen respuestas, sino preguntas. Esa ambigüedad es quizás su mayor virtud, pero también su mayor límite. En un mundo que exige urgencia, claridad y denuncia, su obra puede parecer lenta, ambigua, silenciosa. Pero tal vez ahí radica su pertinencia: en recordar que mirar también es detenerse, observar, esperar. Y que, a veces, una fotografía no necesita gritar para dejar una huella.

La trayectoria de Iturbide no puede entenderse sin considerar su contexto histórico. Nacida en un país marcado por el mestizaje, la desigualdad y la búsqueda constante de identidad, su obra dialoga con esos temas sin subrayarlos. Al hacerlo, ha ayudado a complejizar la imagen de México en el imaginario global. Pero, como toda obra poderosa, también está expuesta a las contradicciones que genera. Su mirada es respetuosa, sí, pero no del todo ajena a los filtros de clase, raza y poder. Y su reconocimiento es merecido.