La animación lírica de Ghibli, premio princesa de Asturias de comunicación

Tamara Montero
tamara montero REDACCIÓN / LA VOZ

PREMIOS PRINCESA DE ASTURIAS

Hayao Miyazaki, cofundador de Studio Ghibli, dibujando, en una imagen de archivo
Hayao Miyazaki, cofundador de Studio Ghibli, dibujando, en una imagen de archivo cordon press

El estudio japonés ha facturado títulos icónicos de los últimos 40 años, desde «El viaje de Chihiro» a «La princesa Mononoke»

06 may 2026 . Actualizado a las 18:05 h.

 «La vida es sufrimiento. Es dura. El mundo está maldito. Pero, aun así, encuentras razones para seguir viviendo». Puede que esas razones sean dormitar sobre el vientre mullido de Totoro, viajar en el gatobús y aprender a lidiar con la pérdida. Quizá sea probar alguno de los deliciosos platos de El castillo ambulante (2004) y, de ese modo, reflexionar sobre el paso del tiempo y la autoaceptación. Puede que sea disfrutar de un baño, fundirse con el bosque en un paseo o enfrentarse al Sin Rostro y al inevitable paso de la infancia a la madurez.  Así, en apenas una línea de diálogo, la que encabeza este texto, Gosa sintetiza en La princesa Mononoke (1997) la lírica que la sostiene. Un trocito del alma misma del Studio Ghibli, cuya trayectoria como uno de los grandes estudios de animación del mundo —con perdón del todopoderoso Hollywood— le ha valido el Premio Princesa de Asturias de la Comunicación y Humanidades 2026, que reconoce su influencia, que ha trascendido generaciones y fronteras, creando un puente cultural que une a personas de diferentes orígenes y transmitiendo valores atemporales como la amistad, la empatía y el respeto.

 Hayao Miyazaki e Isao Takahata han creado auténticas maravillas artesanas a lo largo de los 40 años de vida de Ghibli, universos en los que lo fantástico y lo cotidiano se entremezclan con total naturalidad, al modo, desde la cultura japonesa, del realismo mágico que García Márquez aprendió de su abuela gallega.

Cintas como El viaje de Chihiro, donde el viaje simbólico de una niña hacia la madurez es también una reflexión crítica sobre la sociedad nipona, el choque intergeneracional y la desaparición de la cultura tradicional, que le valió el Oso de Oro en el Festival de Cine de Berlín, y el Óscar a la mejor película de animación y, como muchas otras de sus cintas, ha arraigado profundamente en la cultura pop.

«Prefiero ser un cerdo a un fascista», la famosa frase de Porco Rosso (1992), es ya un meme de uso popular. Iván Ferreiro publicaba en su primer disco en solitario el tema El viaje de Chihiro. Totoro, el enorme espíritu del bosque que da nombre a Mi vecino Totoro (1988) es ya una parte fundamental de la memoria colectiva, y Mononoke da nombre a varias tiendas de Galicia y de otros puntos de España. La princesa Mononoke, de hecho, fue la primera película de animación en ganar el premio de la academia de cine japonesa, que distinguió después El viaje de Chihiro, considerada la obra cumbre de Ghibli, que también ha puesto una pizca de su poesía en otros productos culturales, como los videojuegos. Suyas son las animaciones de Ni no kuni: la ira de la bruja blanca y de El dominio del Djinn oscuro. Y, de hecho, buena parte del arte de estos videojuegos está profundamente influenciado por Ghibli.

 En el año 2023, Miyazaki regresó a la dirección y estrenó El chico y la garza, que le valió al estudio su segundo Óscar. En el 2024, el festival de Cannes le otorgó la Palma de Oro honorífica al Studio Ghibli, la primera vez en la historia que el reconocimiento no era para una persona.

 Los orígenes de la colaboración de ambos artistas se remontan a (Nausicaä del Valle del Viento), que estaba basada en un manga de Miyazaki. Su éxito atrajo al proyecto al productor Toshio Suzuki. Había nacido un estudio en el que los relatos fantásticos son una poderosísima herramienta para hablar de otras cosas, de grandes asuntos de la humanidad: el respeto por la naturaleza, la tolerancia, el antibelicismo, el cuidado y el respeto por los demás, también (quizá sobre todo) por las personas mayores.

 Y lo hacen con un estilo tradicional, de dibujos hechos a mano y pinturas acrílicas y acuarelas que desafían la era de la inteligencia artificial, que, por cierto, ya ha intentado apropiarse de esa alma poética del estudio, que en el 2008, con Ponyo en el acantilado, publicó una auténtica declaración de intenciones: regresaron a la técnica del dibujo manual, sin imágenes generadas por ordenador.

 De hecho, la generación de imágenes con estética Ghibli a partir de fotografías personales enfureció al propio Miyazaki, que calificó el uso de la IA en la creación artística como un «insulto a la misma vida». La tendencia recrudeció también el debate sobre los derechos de autor y la protección de los datos personales en la era de la inteligencia artificial.