Asturias ante el reto de una tecnología que no espera

PREMIOS PRINCESA DE ASTURIAS

Una persona hace uso de un «chatbot» de inteligencia artificial
Una persona hace uso de un «chatbot» de inteligencia artificial ArtistGNDphotography

Cada octubre, Oviedo se convierte en punto de encuentro de personas que han contribuido a cambiar nuestra forma de entender el mundo. Los Premios Princesa de Asturias tienen esa virtud: acercarnos trayectorias extraordinarias y recordarnos que detrás de muchos avances hay años de trabajo que rara vez ocupan las portadas.

Este año, el premio de Investigación Científica y Técnica a David Klenerman, Shankar Balasubramanian y Pascal Mayer nos ofrece un buen ejemplo. Sus aportaciones a la secuenciación del ADN han permitido reducir a horas un proceso que antes podía llevar meses. La investigación científica, cuando encuentra la manera de trasladarse a la práctica, cambia las posibilidades de la medicina y de nuestra propia vida.

Pero hay algo en esa historia que va más allá del avance científico. La tecnología evoluciona a una velocidad que no siempre sabemos acompañar. Y esa distancia entre lo que somos capaces de hacer y lo que estamos preparados para asumir empieza a ser uno de nuestros grandes problemas.

Desde la ingeniería, la docencia y el emprendimiento, hay una cuestión que me parece especialmente relevante: incorporar tecnología no garantiza que hagamos mejor las cosas. Una empresa puede adquirir herramientas sofisticadas y seguir arrastrando los mismos problemas de organización. Podemos automatizar tareas sin revisar si tienen sentido. Incluso podemos ahorrar tiempo en un proceso para acabar complicando el siguiente.

La inteligencia artificial ha llevado esta contradicción al primer plano. Sus posibilidades son enormes y sería absurdo ignorarlas. Puede facilitar tareas, ayudar a analizar información y abrir oportunidades a profesionales y pequeñas empresas que antes tenían recursos muy limitados. Sin embargo, utilizarla bien exige algo más que aprender a escribir instrucciones en una pantalla. Hace falta conocer el trabajo, entender los resultados y saber cuándo una respuesta aparentemente convincente es incorrecta.

Por eso me preocupa que el debate se centre tanto en las herramientas y tan poco en la preparación de las personas. La transformación tecnológica también es una cuestión de formación, de organización y de criterio. Y eso no se resuelve con una aplicación nueva.

Asturias tiene motivos para tomarse este asunto en serio. Nuestra tradición industrial nos ha dado experiencia técnica, capacidad productiva y una cultura del trabajo ligada a sectores que hoy necesitan transformarse. El reto es aprovechar esa base para que la digitalización no sea patrimonio exclusivo de las grandes compañías, sino una oportunidad también para las pequeñas empresas que sostienen buena parte de nuestra economía.

No partimos de cero. En los últimos años se han impulsado iniciativas de innovación y digitalización industrial en la región. Pero el objetivo no debería limitarse a incorporar tecnología. También necesitamos que el conocimiento llegue a las empresas, que la formación responda a las necesidades reales del mercado y que los profesionales puedan actualizar sus competencias sin quedarse atrás.

Aquí la colaboración entre empresas, centros educativos, universidad y administración resulta fundamental. La industria necesita tecnología, pero también personas capaces de aplicarla. Y la educación técnica debe preparar para un entorno en el que los conocimientos adquiridos hoy pueden necesitar una revisión mañana.

Quizá esa sea una de las reflexiones que merece la pena extraer de los Premios Princesa de Asturias. Reconocemos a quienes amplían las fronteras de lo posible. Ahora debemos preguntarnos si estamos creando las condiciones para que esos avances mejoren también nuestra realidad más cercana.

Oviedo volverá a mirar al mundo desde el Campoamor. Sería una buena ocasión para mirar también a nuestras empresas, nuestras aulas y nuestros centros de investigación. Porque el futuro tecnológico no se decide únicamente en los laboratorios donde se inventa. También se decide en nuestra capacidad para aprender, adaptarnos y convertir el conocimiento en oportunidades.

Y en esa tarea, Asturias todavía tiene mucho que decir.