nunca perdonaré a Florentino que haya puesto sus bacterianas manos sobre ese territorio de ilusión enajenada e inocencia de reyes magos que se acota en los 30 días de un Mundial. Habitamos este espacio suspendido en el tiempo cada cuatro años como la infancia recuperada: cuando asistíamos al cambio de reinado de Pelé por Cruyff y vestíamos de canarinha primero y luego de orange sin traición a color alguno. Porque la taumaturgia del Mundial se eleva por encima de esa lucha grisácea de las peleas domésticas a la que Florentino y el desahogado Lopetegui nos han rebajado. La Liga es para los lunes de invierno y el cainismo de club. La Champions son los miércoles de ceniza y el eterno debate sobre si un penalti en el descuento habilita a un campeón. De todo ese pesado fardo de la monogamia del forofo nos desprendemos en el Mundial, que viene a ser el horizonte sin límites del Poliamor. Atendemos a España pero, si ésta cayera, nos seducirán Senegal, Bélgica o Colombia, los amores fatales que siempre terminan mal.
La Liga es el sexo del sábado sabadete. El Mundial, la orgía perpetua. La desinhibición de las pasiones que solo saborean los niños y los outsiders. La Liga o la Champions son onanistas: nos encierran en el invernadero con un solo juguete. El Mundial se vive como verano de 34 besos robados. Por eso, este descenso al barrizal de las dos o tres Españas ?donde defender términos innegociables como lealtad o respeto a la palabra dada te hace sospechoso de conspirador antimadridista? no saldrá gratis al propietario de ACS y al entrenador ingrato. Tras el abatimiento del martes, cuando conocimos la felonía, el cese de Lopetegui es un acto de recuperación del orgullo colectivo frente a las oscuras inercias del poder que quiere manejar hasta nuestros sueños. Me declaro incondicional de esta selección a la que han hecho ácrata por accidente. Sin entrenador se juega mejor, habría dicho Helenio Herrera. Y sin ministro de Deportes, más que fútbol sabatino, la Roja practicaría ya poliamor.
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