Pocos castigos peores puede padecer un ser humano que el de desempeñarse como delantero centro de Arabia Saudí en un Mundial. El frío que hace en ese césped debe de ser el de un desierto del Gobi o aún polar. Y la soledad aterida supera a la del más lastimero isleño de Forges. Este hombre, Al-Sahlawi, soñaba con beberse un balón. Creo que, en su desesperación, se hubiese conformado el delantero con que, en un espejismo, le llegase al área Wilson, aquella pelota con la que convivió Tom Hanks en Náufrago y a la que solo le faltaba hablar. Al Sahlawi no hablaba. Increpaba a sus diletantes compañeros, por ver si alguno recordaba que él todavía estaba allí. En sus comentarios, Kiko y Camacho insistían una y otra vez en que los árabes eran muy bajitos. La disposición en el campo de los de Pizzi no daba para un comentario en horizontal. Y Lama aprovechaba para meter la cuña de la celebración de la final del reality Supervivientes. Kiko decía que su hija se mataba enviando sms a favor de una tal Sofía. Ignoro los méritos de esta concursante. Pero creo que nada puede superar en vida al pairo, en sentimiento de desamparo, en hambre de cordero y de gol, en angustia de que no existe en el mundo persona alguna que tenga tu geolocalización, a lo experimentado por este árabe ecce homo.
Te llamas Al-Sahlawi pero eres un holograma. En esta distopía del fútbol en la que Rusia también vivió su bien diverso espejismo ?se creyeron zares pero llegará Uruguay y descubrirán que no llegan ni a kulaks? hasta Pizzi debió tomar conciencia de que el tormento de su delantero podía alcanzar un punto mental de no retorno. Entonces lo sustituyó, en el 85’, en lo que más que un cambio fue un rescate humanitario. A tiempo de ver cómo Cheryshev ?el único jugador no autárquico de esta endogámica Rusia- se daba la merendilla goleadora mientras él elongaba su agónico ramadán. Al-Sahlawi, dinos tu número que te hacemos ganador de Supervivientes, con permiso de Sofía.