No acepten consejos del capitán, síganle siempre

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Se sentó. Dió la cara. «Parece que estamos en un tanatorio», decía Sergio Ramos después de que el huracán Florentino dejase, efectivamente, un muerto en la habitación.

El capitán sabía más de lo que probablemente hubiese querido cuando los nubarrones ni siquiera asomaban en Krasnodar. Cuando el sol brillaba en España.

Su seleccionador frente a su próximo entrenador, en conflicto. Su presidente. Su club y su país. Y él en el medio. Una situación muy incómoda. Más para él, que vive con tanta intensidad ambos sentimientos. O al menos, eso intenta -y consigue- trasladar.

Dicen de él que fue el gran aval de Lopetegui para el banquillo del Madrid. Dicen de él que fue el gran defensor de su continuidad en la selección. Cierto o no, soplar y sorber es solo privilegio de los futbolistas.

Sin tiempo para el sepelio, tocaba vestirse de corto. Ponerse el brazalete.

Si algo pasó, si había dudas, si existían tensiones internas, no hubo ni rastro. No en su fútbol. La lupa estaba encima y lo único que se apreció fue tranquilidad. Ni un titubeo. Solo tempestad que precedió a la calma.

Soberbio sobre el césped. Soberbio fuera de él. «Yo soy como soy. El que tenga dudas que mire mi currículum. Si encuentra alguna competición más que pueda ganar que me lo cuente», espetó a los periodistas antes del duelo.

Ese es Sergio Ramos: el jugador más expulsado de la historia de la Liga. El que mandó un penalti al quinto anfiteatro, el que honró a Panenka para redimirse. Tan valiente. Tan inconsciente. Venerado por su afición, enemigo principal fuera de Chamartín. El que en túnel de vestuarios da la última palmada en la espalda, la que marca el fin del duelo, cuando las campanas doblan por el portero.

Enorme futbolista. Líder y capitán. Dudoso consejero.

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