El churrasco de Barbosa y la cruz de De Gea

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Murió el 7 de abril del 2000. Cuentan que solo un puñado de familiares y amigos asistieron a su entierro. Al segundo. Al primero acudieron unos doscientos mil espectadores. La inmensidad del Maracaná. Allí cayó fulminado el 16 de julio de 1950 Moacir Barbosa. Ante un silencio mayor que el propio estadio. Aquello que creyó un centro acabó siendo un gol. Alcides Ghiggia marcaba el 1-2 para Uruguay. Y Brasil no se lo perdonó nunca a Barbosa, el portero del maracanazo. El fútbol tiene el vicio del realismo mágico. Unos dicen que, años después de la derrota, Barbosa troceó con un hacha los postes de la infausta portería y utilizó la madera para hacer un churrasco en su barrio, Ramos, al norte de Río de Janeiro, y que el guardameta devoró carne como si se tratara de la pierna de Ghiggia. Incluso dicen que de la quema se salvó un trozo que fue subastado por la heredera del jugador. Otros no acaban de creerse este exorcismo y aseguran que los palos acabaron en un museo en Minas Gerais. Sea como fuere, el rumbo de la portería no alteró el destino de Barbosa, condenado durante toda su vida por sus compatriotas «por hacer llorar a todo un país». Mario Zagallo, mitad superstición, mitad soberbia, no permitió que Barbosa visitara a los internacionales brasileños que preparaban el Mundial del 94. Hace cuatro años Brasil fue humillada por Alemania. Pero a sus jugadores no se les impuso la cadena perpetua que se le aplicó a Barbosa.

Los porteros son la cristalería del equipo, frágiles y sobreprotegidos. No juegues con ellos. No los muevas sin necesidad. Déjalos en su vitrina. Más mártires que gladiadores. Así lo sentía Víctor Valdés, guardameta a su pesar, atormentado por saberse el último escalón antes del precipicio. El delantero, bajo palio; el portero, bajo palos. Unos son el desembarco de Normandía, los otros, Stalingrado. Sus errores no se calibran igual. Cambiar al ariete habitual puede ser un tirón de orejas, el castigo de un día. Sentar al guardameta titular se interpreta como una ejecución, un disparo a quemarropa. De ahí que el debate sobre David de Gea pese más que el del nueve de la selección. Tras el fiasco frente a Portugal, el jugador se siente maltratado por la prensa. Dice que está tranquilo y que no ha matado a nadie. Lo segundo es cierto. Sobre lo primero habría que dudar. De Gea tiene que asumir que en la procesión del fútbol son los porteros los que suelen llevar la cruz.

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