Costa abandona Maracaná

Bajo sospecha desde su debut, el pertinaz punta brasileño cuaja en Rusia su mejor partido con la selección

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El día que le exigía ser más español, Diego Costa eligió la piel del lagarto y salió brasileño a la cancha. Se había saltado la Eurocopa de Francia, así que pisó el césped de Sochi como si por la otra esquina del campo acabara de abandonar Maracaná, incapaz de hacerle un gol a Chile y camino de una ducha eterna. De cuatro años haciendo equilibrios sobre esa peligrosa línea en la que de un lado te llamas Juanito y del otro Johann; según si eres Mühlegg el que ha ganado tres oros o el que va hasta arriba de una mala versión de la EPO. El esquiador de fondo regenta ahora un hotel en Natal, una ciudad cuatro estados más al norte de la que abandonó Costa para engancharse a una edad impropia al fútbol profesional.

No tuvo equipos hasta llegar a la adolescencia y enseguida dejó el país para hacer las Europas, entrando por Braga hasta acabar en Madrid. A equipo nuevo por curso, al delantero fue disparando su caché con cada cambio de chaqueta hasta que Del Bosque le invitó a probarse la de España, donde a los puntas se les reconoce más en un error de Julio Salinas ante Pagliuca que en la Bota de Oro compartida por David Villa en el Mundial 2010.

Para regresar a casa en el 2014 eligió vestir de rojo y no el amarillo del anfitrión. Coronó el ataque de la campeona y concluyó el torneo en el segundo encuentro de la primera fase, inédito y doblemente denostado: por la hinchada de la canarinha y por la de su nueva selección, en la que parecía difícil encajar unas maneras turbias que no garantizaban gol. De qué podría servir un especialista en el balón dividido a una España a la que nadie discutía la posesión. Para qué un luchador.

Por si el encuentro lo exigía, como sucedió ayer. Entre los perros viejos de la zaga portuguesa, Costa no se arredró y atacó a la yugular. Golpeó la de Pepe y marcó. Fue oportunista e hizo dos. Seis había anotado en sus otros encuentros oficiales con la selección. Todos a rivales menores, de Luxemburgo a Liechtenstein. Bajo sospecha y sometido a la presión extra de un Aspas con título de goleador nacional, el punta de Lagarto encontró su entorno natural. Con España metida en un velatorio que Cristiano había dejado a media luz. Ahí Diego fue el Diego por quien su padre le nombró. En un gol maradoniano, en un tanto hecho en Brasil. Ahí encontró Costa el final del túnel de Maracaná.

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