Nos hacemos un «sampa»

RUSIA 2018

CARLOS BARRIA | REUTERS

Sampaoli y sus malheridos salieron de la fosa para jugar ayer un tercer partido. Este lo ganaron, aún zombis, desde el sofá, viendo a Nigeria noquear a Islandia. Y disputarán un cuarto, el martes. Sumida la albiceleste en la hecatombe, llegan como muertos vivientes a esa oportunidad nigeriana llovida del cielo y de los goles de Musa. Ni siquiera sabíamos si en el banquillo iba a estar Sampaoli. En la concentración argentina, tras la pesadilla croata, hubo noche de cuchillos largos, ruido de tacones, asonada de los peloteros más distantes del técnico: Agüero, Lo Celso, Banega. Pretendían que Sampaoli abandonase el Mundial sin previo aviso, que se largase por la puerta de atrás. Que se hiciese un «sampa». Pero en esta ruta empedrada hacia el infierno, Sampa va a tener oportunidad de iniciar el camino de la redención. Y Messi, de volver a la vida, desembarazado ya del peso de 40 millones de argentinos encimándole casi tanto como los renacidos Panamá Papers. Porque como Lázaro, un Leo resucitado, eviscerado, insensible, podría hacer saltar la banca.

Paradójicamente, ha tenido Argentina que descender al averno para que se decante su naturaleza única, la de la selección esencial. La protagonista absoluta de este Mundial desde que a Messi le paró su penalti inane Halldorsson. Esta centralidad obsesiva con el rosarino traduce un hecho irrebatible y psicoanalíticamente preclaro: solo el número uno, el jugador que la galaxia del fútbol entiende que pertenece a otra especie, es capaz de atraer el torbellino vivido. Ronaldo, máximo goleador del torneo, no vende un titular. No interesa ahora. Lo que el universo mundo desea saber es si el rey está desnudo o muerto. Si el trono que Messi ha ocupado desde hace una década va a quedar vacante. Pero no mira hacia Portugal, sino a Brasil. Aunque, ahora que Alemania ya no es de fiar, llega a la conclusión de que el fútbol es un juego donde juegan once contra once y al final siempre llora Neymar.