De siempre, en cada Mundial se valoraba a Inglaterra como selección de élite. El equipo del que se aguardaba que saliese de la bruma para emular su leyenda de antaño. En realidad, un pasado de gloria inexistente. Una construcción radicalmente falsa de la memoria. Hay que remontarse más de medio siglo para encontrar el único triunfo británico en una Copa del Mundo. La que jugó en casa en 1966. Y aquello no se puede valorar como un Mundial sino como un atraco. Presidía la FIFA el inglés Sir Stanley Ross. De manera inopinada, la mitad de los árbitros fueron ingleses. Y tras las escandalosas decisiones ante Argentina (la expulsión de Rattin) y en la final frente a Alemania, con el célebre gol fantasma de Geoffrey Hurst, Inglaterra ganó el Mundial más bribón de la historia, peor que el de la Argentina de Videla. Desde entonces, nos hemos pasado 50 años situando inútilmente a la selección británica como una de las favoritas antes de cada torneo. Y ahora que Inglaterra era preterida como sempiterno convidado de piedra es cuando Southgate ha armado un equipo sin charreteras que apunta maneras. Es verdad que solo ha jugado con Túnez y Panamá. Frente a Bélgica (el cuadro que da mejores pálpitos en estos 11 días) sabremos si Inglaterra comparece finalmente, a no más tardanza, ciento y pico años después de su único mérito: el de inventar el fútbol.
Colombia no inventó este juego. Pero tiene otra bula. Dios es colombiano, lo que sabemos desde que en Italia 90 Freddy Rincón marcó el gol del empate con Alemania en el descuento. Pero Dios ayer tenía un juicio salomónico porque enfrente estaba la Polonia de Karol Woyjtila, la Virgen Negra de Cestochowa y el grupo de Volvogrado. Inhibido el Creador, Colombia mostró la mejor cara del toque de la era Maturana afilado por la velocidad que Pekerman le ha imprimido. Si además de Dios, reman Cuadrado, Quintero y James, podrían durar hasta el Juicio Final.
Comentarios