El placebo del «efecto Alfonso»


El narrador gritaba enloquecido «¡Dios existe!» un 21 de junio del año 2000 en Brujas. Su éxtasis se debía a que Alfonso, entonces delantero del Betis pero haciendo ya las maletas rumbo a un fracaso en Barcelona, perforaba las mallas de Ivica Kralj. España ganaba a Yugoslavia y se clasificaba para los cuartos de final de aquel Europeo de Bélgica y Holanda.

Más allá de los éxitos recientes, del tan cercano sabor a gloria, pocos momentos se pueden comparar a aquel big-bang de júbilo. Hasta este lunes, cuando asistimos impertérritos ante la pantalla a como los árbitros eran asistidos por otras pantallas en un bucle de final delicioso. Volvimos a sentir el «efecto Alfonso», propio de los equipos mortales. Propio de conjuntos vulnerables pero sintiendo el placer de esquivar la desgracia a última hora.

España fue en los últimos años un gigante, un equipo superlativo e intocable. Casi invencible. Hoy no da esa impresión. Pero ese gol en diferido nos ha recordado lo bonito que es sufrir.

Aunque luego Raúl falle un penalti y te vayas a casa en cuartos.

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