De moscú a Parla

RUSIA 2018

PETER POWELL | EFE

No se apenen más de lo necesario. Es cierto que nunca se puede dar por segura la percepción de que España fuese un muerto al llegar nada más comenzar el torneo. Pero sus cuatro partidos, antes de autoliquidarse ayer, no se jugaron sobre el césped sino encima de una necrópolis. Sí me genera desprecio deportivo enorme que quien nos haya dado matarile sea una cuadrilla rusa que puso el Gran Metro de Moscú delante de su portería durante 119 minutos. Solo salieron los de Cherchesov de su área un instante. Lo justo para que Piqué les regalase la mano del diablo.

Fíjense que hasta Putin envió señales de la nula confianza en su tropa cuando no compareció en la tribuna. Y envió a su mamporrero, el premier Medvédev: es el hombre que siempre sale a dar la cara para contar las malas noticias o cuando los resultados no son buenos: algo así como la autodefinición de la promo de Pablo Casado. Mal informado, ignoraba Putin que ayer se levantaba acta del fin de una era durante la cual España movía el balón en el juego de toque y alcanzaba a extender su dominio hacia donde -con perdón- no se ponía el sol de los Austrias ni callaban las horrísonas vuvucelas. Hasta llegar a la estación del gol de manera poética y en el Oriente Express.

Ahora España sigue manoseando mucho la bola. Pero en viajes de ida y vuelta en ese tranvía circular de Parla que hundió la resistible carrera política de Tomás Gómez y que usan mucho algunos jubilados para ir a ninguna parte y matar la tarde. Esta España fue a Rusia como quien va a Parla. Jubilada cualquier potencialidad para crear peligro o hacer gol siquiera en la estación de Valdeperas o en el área rusa. Matando su tarde entre melancolías de esterilidad procreadora y tristeza impedida de misionero devenido guardameta o Don Gil de las Calzas Verdes: un Don Tancredo ante el cual los rusos -compañeros del metal que en dos horas habían deshonrado el balón, sin osar tocarlo, como si fuese de acero- ahí sí lo patearon para freírnos en la suerte de los penaltis. Y agenciar el bonobús para una España de ciclo futbolístico ya pensionado.