La perrita Laika con bigotes

RUSIA 2018

Transcurría el Inglaterra-Suecia y ni siquiera el guion fue el esperado grito de guerra: A mí el pelotón, Sabino, que los arroyo. Los suecos llevaban medio año como Don Quijote, matando gigantes. Jibarizaron a Italia en la fase de clasificación. Sembraron tantas dudas en Alemania que la precipitaron al vacío. Pero vivir cazando titanes termina por extenuar. Además, una cosa es liquidar al gigante. Y otra ?palabras mayores? es matar al padre. Y para el fútbol sueco, Inglaterra es papá. En esa textura de partido rudimentario, de balones a la olla, siempre es mejor el original que el sucedáneo. Solo así se explica la generosidad menestral de la otrora rocosa defensa sueca, que se volvió mantequilla complaciente ante los bien poco dotados cañoneros de la reina.

Supongo que asistir a ese fútbol picapedrero de suecos y británicos, con nada menos que una semifinal como premio, debió resucitar a la momia de Javier Clemente. Lo imagino al lado del teléfono, esperando la llamada inminente de Rubiales para devolver a España al barco en la niebla. Que el futbolista esencial de los ingleses fuera Maguire, el patibulario defensa del Leicester, da idea de con qué poco han obtenido su carta blanca.

Amortiguar la pusilanimidad en los penaltis

Rusia saltó frente a Croacia dopada por la hormona de la autoestima que le regaló España. Pasaron de tranviarios del socialismo real ?once bajo sus palos? a sentirse el mariscal Kutuzov. Los croatas son como esos políticos de dialéctica extraordinaria pero mandíbula de cristal, incapaces de fajarse en las cloacas de la fontanería. Por eso, aunque los rusos descendieron pronto de su nube de intensidad inicial, aún en su conocida versión de apparatchik acabaron con la paciencia de Croacia, que ha amortiguado su pusilanimidad en dos tandas de penaltis. Como lo que sucedió en ese campo de Marte tenía más de gesta espacial que de táctica, pudo pasar cualquier cosa. Solo el penalti de Rakitic le sobró al fútbol soyuz, canino y stajanovista, al fervor en el estadio y hasta a las almas muertas, para elevar a Cherchesov, héroe patriótico, como epígono bigotón de la perra Laika.