El ultracuerpo alemán

RUSIA 2018

ZURAB KURTSIKIDZE

El Mundial posee roles inmutables. El mayor espectáculo del mundo que atraviesa el siglo XX y lo que va de éste se debe a unas jerarquías patriarcales sin las cuales el relato se desmoronaría. Por eso nos equivocamos cuando nos apresuramos a valorar como una hecatombe la caída por el terraplén de Alemania ante Corea. Cuando Alemania nunca se fue. Lo que en verdad se produjo ahí fue una transmigración. Los alemanes solo mutaron para protagonizar, en un blitzkrieg, la invasión de los ultracuerpos. No digan Francia, digan Alemania. El equipo de Deschamps ha sido más germánico que el original. En un Mundial tejido en el sobresalto continuo, entre el péndulo y la muerte, los galos no nos han regalado ni tan siquiera un susto o trato de noche de niños chicos de urbanización pija. Sus seis partidos los ha sacado desde la altanería teutona, desde la suficiencia de quien ingiere cada mañana el desayuno de los campeones. Salchichería bávara y peor. Ha ganado siempre desde el gol al quinto bostezo. Francia se ha travestido con la tripa artificial que embute una Frankfurt o una Bratwurts. En la vaina de la fenomenología del espíritu alemanazo. En un Mundial hitchcockiano como ninguno, entre goles de Kross y Yerry Mina como agentes nerviosos y Rusia entera puesta de amoníaco hasta las trancas, Francia ha sido Hegel y cloroformo hasta el aplastamiento de cualquier alegría inapropiada.

Por eso Bélgica nos generaba tanta empatía. Porque Roberto Martínez supo liberar de complejos a una selección cuyo gran referente histórico en 90 años era Jean-Marie Pfaff, un guardameta con estilo de recolector de patatas. Esta Bélgica ennoblecida protagonizó ante Japón una remontada que parecía abocada al drama de Sísifo en la montaña de Kobe. Supo poner a Brasil en su sitio y envió a Neymar a tomarse mirtazapinas. Pero enfrentada a los alemanes de Deschamps, la Bélgica del padre fundador Bob Martínez sufrió ese síndrome de la fiesta de la cerveza que te convence de que tu sino es perder por un gol de cabeza de un defensa de la Mannschaft llamado Samuel Umtiti. Vaya vaina.