Era previsible que tanta verbena de emociones, tanta explosión de burbujas de cava en el Mundial de la ansiedad extrema, tanto Gazprom ruso, tanta espuma de los días resuelta en el descuento, iban a terminar perdiendo carbónico. Tras el soporífero oficio de Francia ante Bélgica, confieso que ayer -después del gol de Trippier y de soportar 60 minutos de fútbol depresivo en lo que parecía una semi del Trofeo Carranza- no pude evitar breves deserciones hacia Wimbledon. Zapeos discretos en los que Nadal, tras 4 horas resistiendo a Del Potro, perseguía una bola hasta rasgar la cuarta pared y cabalgar hasta la tercera fila de la grada, para que los espectadores comprobasen que es también de carne y hueso. Wimbledon: ese islote de hierba, un mundo aparte en medio de 50 millones de ingleses que se sentían de nuevo en 1966.
Pero, de pronto, apareció Perisic. Para devolvernos al Mundial que parecía desfondado. Perisic se hizo ubicuo y achampanado. Materializó un gol como pudieron ser tres. Zarandeó a los británicos mientras a Southgate no le cabía el cuerpecillo en el chaleco minúsculo como el juego de su equipo. Se iban encogiendo Inglaterra y entrenador. Y la mentira de un supuesto aggiornamento del fútbol de la isla. Hasta que, cuando Croacia se preparaba para su tercera suerte de los penales, surgió Mandzukic, uno que nunca deja de tener hambre. Clavó el puñal en la defensa de los Tres Leones, que para entonces ya temblaba como un pudding de carne. Celebré que evitase que el inventor de este juego jugase la final. Los microscópicos méritos británicos pasaban por haber ganado a Panamá, a Túnez, al amigo sueco. Y por robar el pase a Colombia. Croacia hizo solo un poco más. Tumbó a Argentina al menos. Pero supo levantarse ayer del cadalso, sanguínea. Y activar el brexit exprés de los beodos de Magaluf. Inglaterra soñó como nunca pero perdió como siempre. Dios salve a la reina otro medio siglo. Y también a Southgate, a quien deseo que suban el sueldo para que deje de tener que reutilizar el próximo curso el chaleco de su hermano mayor.
Comentarios