Una cebra pedí a los Reyes Magos

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En ninguna parte está escrito que el Mundial tenga un final alegre. Porque no hay un happy end objetivo. Cada uno de tantos como nos dejamos envenenar por ese soma que nos transporta al mundo feliz de Huxley nos rebelamos luego, inconformes en nuestro libre albedrío. Conozco a personas en España que deseaban que la Copa la ganase Japón. Supongo que podrían tener el síndrome de Heidi y Marco. No soy psicoanalista.

Mi carta a los magos de Oriente pasaba porque hubiese triunfado el oriental Uruguay. Pero se cayó Cavani. Otra encomienda -tan común- reclamaba el derecho cósmico de que Messi levantase los brazos. Mas Argentina entera terminó emocionalmente amputada. Rogué a Ochún, deidad del sincrético Caribe, para que Colombia campeonase. Un diablo cojuelo noqueó a James. Y luego un chivo agente de narcóticos, el árbitro Geiger, convirtió a Inglaterra en Los Extraditables: con tanto mando sobre las reglas del juego como Escobar poseía en el campo que se hizo construir en La Catedral de Envigado. Pero ni por esas. Son ingleses. No iban a truncar su mimada idiosincrasia de llevar perdiendo medio siglo.

Soñé con que Senegal fuese la de Francia 98. Pero entonces poseían el hambre sin alambrar de los potreros de Dakkar. Y los de ahora han nacido en París, juegan en Turín o Liverpool y se lo piensan mucho antes de meter pierna porque son deudores de la cocina internacional. Tuve más suerte a la hora de repartir carbón: pedí que los deshollinadores ennegrecieran de lignito tizón a Ronaldo y me lo han pintado de cebra turinesa. Reclamé que empanasen de harina merengada a la Croqueta Neymar. Y va a ser deseo y pesadilla del Bernabéu. Me guardo en la manga el deseo partisano de que a la extenuada Croacia le dé el coraje para minimizar la grandeur de la Francia indoblegable. Para transmutar el metro noventa de Pogba y los pogbases en los 11 gendarmes en fuga de Louis de Funes.

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