El paraguas de Putin


Ya está dicho que este Mundial, con tantos desenlaces de taquicardia y tanto gas nervioso, ha sido de Putin y de Hitchcock. El primero, sabedor de que el combinado ruso no estaba para enseñar a las visitas, se ausentó desde la tarde de la inauguración. Reapareció únicamente para humillar a Macron, en la guerra fría de los paraguas: cuando sobre el césped del Luzhniki cayó esa tromba de agua, evidente química del Kremlin. Durante los minutos de la gloria, en la foto para la posteridad, Putin va a pasar como un señor, atechado por sus edecanes. Mientras Macron, sin amparo, escuchaba el Raindrops keep falling on my head según el agua, en efecto, lo despelurciaba y dejaba el honor de la République al geoestratégico raso.

Y el Mundial de Hitchcock: cuando en 1960 filmó Psicosis, el mago del suspense se cargó el star-system cuando se atrevió a que la gran estrella de su película, Janet Leigh, fuese mortalmente acuchillada bajo la ducha a los 40 minutos de metraje, dejándonos desconcertados. En el relato de Rusia 2018, el efecto Psicosis resultó implacable. Dejó en la bañera sangrante a la gran diva, Alemania, sin tiempo a quitarnos el abrigo. En una misma secuencia, Messi y Cristiano, James y Cavani salieron fiambres del motel. España abandonó la escena irreconocible, como un Norman Bates con peluca y esquizofrenia del tiquitaca. Y a Neymar lo lanzaron ensartado, escaleras abajo: por una vez que de verdad le hacían falta, nadie lo creyó. Para cuando nos dimos cuenta, como último baluarte capaz de librarnos de ese serial-killer displicente y Force de frappe que ha sido Francia, quedaba la partisana y vetusta Croacia. Pero el talento de Modric y Rakitic se vio desbordado por el truco final: el árbitro argentino Pitana, entre la momia madre de Psicosis y el mutante de Las colinas tienen ojos.

Ojos para inventarse la falta del primer gol, para cegarse ante el fuera de juego de Pogba. Para exprimir un cuarto de penalti del VAR. Así las cosas, Francia acabó por mandar en La Maison, en este Mundial a lo Manderlay, despertando tanta simpatía como el ama de llaves de Rebeca.

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