La personalidad del campeón

Didier Deschamps ,que antepuso el equipo a las estrellas, se convierte en el tercer profesional de la historia en ganar un Mundial como futbolista y entrenador


Un lance de la final resume la personalidad de Didier Deschamps (Bayona, Francia, 1968). Transcurría el minuto 55 de partido y al seleccionador de Francia no le tembló el pulso para sacar del campo a Kante, el mejor mediocentro defensivo del Mundial, para ganar centímetros como el sevillista N’zonzi. La prueba de que las vacas sagradas no existen, solo el colectivo. Como no le tembló el pulso para prescindir de Benzema, para descartar a un top como Rabiot o para mirar para otro lado cuando Cantona dirigió uno de sus exabruptos diciendo que jugadores como él se podrían encontrar en cualquier sitio. Porque además de técnico, Didier también ganó con la selección gala el Mundial de 1998 como jugador y además capitán, doblete que a lo largo de la historia solo han conseguido Mario Zagalo con Brasil y Franz Beckenbauer con Alemania.

La pelota vasca y el rugbi, las dos disciplinas del territorio vasco-francés que le vio nacer, fueron su puerta de entrada al deporte, aunque fue en el fútbol en donde hizo carrera como mediocentro defensivo. Comenzó en el Aviron de Bayona y su fortaleza enseguida fue detectada por el Nantes, el equipo que lo fichó con 14 años y le vio crecer, aunque fue en el Olympique de Marsella y en la Juventus en donde firmó sus mejores éxitos como pelotero. Con ambos equipos levantó la Champions. Prueba de su personalidad, a los 32 años, y después de vestir la camiseta bleu en 103 ocasiones, decidió retirarse del fútbol después de una temporada discreta en el Valencia.

Su carrera como entrenador comenzó en el Mónaco, en donde se llevó una de las grandes decepciones al perder la final de la Champions del 2004 con el Oporto de Mourinho. Juventus y Marsella fueron las dos últimas escuadras en las que estuvo como técnico antes de convertirse en el seleccionador de Francia. Era el año 2012, en plena reconstrucción después de la debacle de Sudáfrica.

Desde entonces ha mantenido siempre la misma línea sin detenerse en los resultados. No le hizo cambiar de idea ni la eliminación en cuartos ante Alemania en Brasil ni perder la final de su Eurocopa en Francia ante Portugal. Mantuvo su apuesta por el fútbol control, con tintes conservadores, más propios de la vieja escuela, y sobre todo por el concepto de equipo por encima de nombres. Una idea a la que acompañó el inmenso talento de una generación muy joven que le acaba de coronar como campeón del mundo. Seguro que en Francia nadie echa de menos a Benzema ni a Rabiot y que muchos le están pidiendo a Cantona que pida perdón.

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