«En la práctica la palabra de la mujer todavía vale la mitad que la de un hombre»

La directora del Máster de Género de la Universidad de Oviedo, Isabel Carrera, repasa los logros y retos del feminismo

Isabel Carrera
Isabel Carrera

Redaccion

A juicio de Isabel Carrera, filóloga inglesa y la directora del Máster de Género de la Universidad de Oviedo, sigue siendo válida en la actualidad la famosa reivindicación que hacía Virginia Woolf de Una habitación propia para que las mujeres, entre otras cosas, leyeran y escribieran: aunque la liberación femenina haya avanzado notablemente en las últimas décadas, ciertas losas siguen pesando sobre la capacidad creativa de la mitad del género humano, y la literatura sigue siendo un mundo eminentemente masculino, lo cual explica desequilibrios flagrantes entre sexos en el palmarés de todos los premios literarios del mundo, como el abrumador de que sólo 13 mujeres, por 100 hombres, hayan sido agraciadas con el Nobel de literatura. En esta entrevista, Carrera aborda estas cuestiones y también presenta con orgullo el máster que dirige.

--El objetivo de esta entrevista es hablar sobre los problemas que enfrentan las mujeres escritoras, pero no quisiera perder la ocasión de abordar brevemente sus líneas de investigación y en particular el tema de un libro que publicó en 2014 y que tituló ‘Generating the hybrid city: women writers create urban space’. Su tesis es compleja, pero muy interesante. ¿Podría explicárnosla sucintamente?

--El tema surgió cuando detecté que ahora hay mucha literatura que trata el espacio urbano y lo conecté con algo que se estudia ahora en geografía: lo que las geógrafas feministas llaman 'geografía del miedo' y que tiene que ver con cómo en las ciudades se diseñan y se construyen determinados espacios sin pensar en las mujeres: por ejemplo, calles o túneles mal iluminados para cruzar por debajo de una calle y en los que por la noche pueden refugiarse los violadores. Eso, mezclado con toda una educación que las mujeres recibimos desde pequeñas y que nos insiste en que debemos tener cuidado por la noche, hace que las mujeres vivamos la ciudad de una manera distinta a como la vive un hombre. Yo me puse a buscar literatura que reflejara eso y me encontré muchos ejemplos.

--Me estoy acordando de un capítulo de no recuerdo qué serie que iba sobre precisamente esto: oponía a un hombre y a una mujer volviendo a la misma calle desde el mismo bar. El hombre tardaba menos, porque atajaba por un parque, mientras que la mujer debía hacer un gran rodeo para evitar pasar por él.

--Eso es. Hay una codificación de sexo (y también de raza) que es parte de la ciudad. Y en la literatura hay reflejos muy interesantes de ello. Te voy a poner un ejemplo muy literario: hay una figura muy antigua en la literatura que es la del famoso flâneur francés, creado originalmente por Baudelaire y que consiste en un hombre que vaga por la calle, se sume en la multitud, se invisibiliza en ella y está atento, sin que nadie se lo impida, a todas las vicisitudes e impresiones que le salen al paso. El caso es que esa figura es y sólo puede ser masculina y blanca, porque una mujer nunca es invisible, igual que nunca lo es un hombre racializado. Pues bien, hay muchas novelas que recogen de algún modo esta reflexión. Hay, por ejemplo, una autora canadiense que a mí me gusta mucho, Dionne Brand, que tiene una novela muy buena, ‘What we all long for’, que es un retrato de Toronto a través de cuatro jóvenes de distintas procedencias: Tuyen, una artista lesbiana hija de vietnamitas; Carla, una chica de origen italiano cuya madre se suicidó y que trabaja repartiendo paquetes en una bicicleta, lo cual la hace recorrer toda la ciudad; Oku, un poeta de padres jamaicanos, y Jackie, una mujer negra pero de antepasados canadienses, descendiente de los esclavos que escapaban a Canadá desde Estados Unidos en siglos pasados, que regenta una tienda de ropa y sólo tiene citas con hombres blancos. Es una novela muy interesante y que refleja muy bien un Toronto que, por un lado, es enormemente multicultural, pero por otro todavía conserva numerosos restos de racismo que se notan en muchas cosas. Brand te cuenta, por ejemplo, cómo Oku, el jamaicano, vuelve a casa de noche y la policía lo para sin ningún motivo y lo registra, pero no le encuentra nada, y cómo él ya sabe que eso le va a pasar antes de que suceda, de tan acostumbrado como está.

--Un antiflâneur.

--Sí, sí. Y con las mujeres lo mismo, claro. Hay otra novela muy buena, en este caso británica, ‘Small island’, cuya autora es Andrea Levy, una escritora hija de jamaicanos que emigraron al Reino Unido después de la guerra y que cuenta cómo ella, cuando era pequeña, descubrió que debía bajarse de la acera si pasaba una persona blanca, y que no daba crédito pero una amiga suya blanca le dijo que mejor lo hacía, porque si no se iba a buscar problemas.

--Ella tampoco era invisible.

--Claro. Las mujeres tenemos una relación mucho más física con la ciudad; interaccionamos con la ciudad, y la ciudad interacciona con nosotros, de una manera mucho más corpórea. Vivimos en la era de lo digital y lo virtual, sí, pero tú sigues teniendo un cuerpo que pones en la calle. Por otro lado, yo me he encontrado a muchas narradoras femeninas que reivindican de alguna manera a la 'contra-flâneuse'; a la mujer que no sólo no puede ser invisible, sino que no quiere serlo: por ejemplo, la propia Tuyen, la vietnamita de 'What we all long for', que recorre la ciudad haciendo fotos y preguntando cosas a la gente con la que se va cruzando.

--Pasemos al tema central de la entrevista. Ha dedicado buena parte de su trabajo a estudiar la novelística femenina. Basándose en sus estudios, ¿ha llegado a alguna conclusión sobre si hay algo que distinga colectivamente a las novelistas mujeres con respecto a los novelistas hombres?

--Tanto como una voz específica no, pero sí que hay una tendencia entre las escritoras, lógica por otro lado, a representar a las mujeres de una manera más rica, más diversa, menos reiterativa. Cuando uno mira la literatura masculina que se hizo hasta la fecha en que las mujeres escritoras empezaron a no ser figuras excepcionales, se encuentra a las mujeres casi exclusivamente representadas en tanto que madres y esposas, por más que incluso en esas épocas hubiera otras feminidades y mujeres que desempeñaran otros roles. E incluso cuando se representaba a mujeres que se salían del papel social que se les había asignado, esos personajes femeninos casi siempre se morían o se suicidaban al final. La mirada masculina no daba para más. Ahora las perspectivas son mucho más variadas. Cada vez hay más y mejores personajes femeninos, que es algo que se ve muy bien en el cine.

--El famoso test de Bechdel, según el cual apenas hay películas que cumplan tres requisitos: que aparezcan al menos dos personajes femeninos, que esas dos mujeres se hablen la una a la otra en algún momento y que esa conversación no trate de algo distinto a un hombre.

--Claro, claro. Hay películas enteras en las que prácticamente no salen mujeres, y muchas otras en las que las mujeres son personajes muy planos, algo que sucede incluso en películas hechas para mujeres: o todas se divorcian, o todas se van de compras, o... No hay apenas películas que representen verdaderamente la complejidad de las mujeres. Y en la literatura pasaba lo mismo. Eso está empezando a cambiar ahora y lo están cambiando sobre todo las escritoras.

--En los últimos veinte años, sólo una mujer ha ganado el Premio Nacional de Narrativa, y fue hace dos años, cuando lo ganó Cristina Fernández Cubas. Nadie lo ganaba desde 1995, cuando lo había hecho Carme Riera. El Cervantes lo han ganado cuatro mujeres y 37 hombres. El Nobel ha premiado a 13 mujeres y 100 hombres. ¿Por qué semejante desequilibrio? ¿Se debe más a una invisibilización explícita de las mujeres escritoras o a que, debido a una carencia de estímulos, ayudas y facilidades para que las mujeres escriban, hay muchas menos escritoras que escritores?

--Yo creo que esa disculpa ya no existe, porque ahora hay muchas y muy buenas mujeres escribiendo. Durante mucho tiempo no las hubo, es cierto, y eso puede explicar que los premios a toda una vida se den sobre todo a hombres. Pero para todo lo demás, esa excusa ya no vale. El verdadero problema es que los jurados y el mundo de la crítica y de los círculos literarios siguen estando formados casi exclusivamente por hombres. Y los hombres piensan en hombres, esto es así; para empezar porque todavía hay una generación que ni siquiera fue a colegios mixtos, y que sigue tirando de un montón de redes de sociabilidad que se establecieron en lugares donde sólo había hombres. En la política sí que hay cada vez más mujeres, porque era la petición principal, pero otros entornos siguen muy masculinizados. La Universidad, por ejemplo: creo que sólo vamos por la cuarta mujer rectora en España, y en Oviedo nunca hubo. Cada vez que hacemos algo en el Aula Magna, la gente que viene de fuera se queda sorprendida cuando se ve rodeada por nada más que grandes retratos de hombres. «¿Por qué no hay ninguna mujer?», te preguntan.

--Son los rectores.

--Claro, esos retratos son los retratos de los rectores, y hasta la fecha no ha habido un rector mujer. Pues bueno, como en la Universidad, en otros sitios. El machismo de la Real Academia Española, por ejemplo, es paradigmático. ¡Si hasta pasa al revés! A mí, como llevo un tiempo en estudios de género, que son entornos en los que casi exclusivamente trato con mujeres, me vienen sobre todo mujeres a la cabeza cuando tengo que pensar listas de nombres. Casi llego al punto de discriminar al revés. ¿Cómo no va a pasar eso con los hombres? Los Princesa de Asturias, por ejemplo, ya van premiando a alguna más, pero antes era un horror. En Cooperación, por ejemplo, se tardó cerca de veinte años en premiar a una mujer, y cuando por fin se hizo no se premió a una, sino a siete todas juntas, que tuvieron que repartirse el premio en metálico: Rigoberta Menchú, Somaly Mam, Emma Bonino, Graça Machel... ¿Que hay siete mujeres de todo el mundo y de realidades muy distintas que merecen el premio? Pues se lo damos a todas juntas y listo: podemos pasarnos otros veinte años sin premiar a una sola mujer. Eso también ha pasado en Literatura. La primera vez que se premió a una mujer, Carmen Martín Gaite, se la premió junto con un hombre, José Ángel Valente. Se tardó trece años en dárselo a otra, Doris Lessing. Y la siguiente vez se le dio conjuntamente a Susan Sontag y Fatima Mernissi. A mí hubo un año que me llamó un miembro del jurado y me preguntó: «Oye, dime mujeres, que es que no se nos ocurre ninguna».

--El problema no es tanto de mala fe como de desconocimiento, ¿no es así?

--Claro. Es que no se les ocurren. De ahí la necesidad de políticas inclusivas, cuotas y demás. Si no se implementa esa clase de mecanismos, las mujeres no llegan, porque los hombres no son ni conscientes de su existencia. Y es que pasa muchísimo. Hace poco me propuso la Consejería de la Cultura un curso sobre cine en el que no había ni una sola mujer. Y no ya directoras, que ya sabemos que hay pocas -pero si hay pocas, pues llama a alguna-, sino ni siquiera actrices, pese a que sí se invitaba a varios actores.

--Hace poco se desató una pequeña polémica con un congreso sobre columnismo español en León al que se había invitado a doce hombres (Raúl del Pozo, Jorge Bustos, Manuel Vicent, etcétera), pero ni a una sola mujer, ello pese a que hay muchísimas columnistas muy brillantes y de todas las ideologías, desde Rosa Belmonte hasta Emilia Landaluce.

--El columnismo es otro mundo muy machista, con alguna excepción. A mí me gusta mucho comparar en este sentido a dos columnistas a los que leo mucho: Javier Marías y Manuel Rivas. A mí Marías me gusta mucho cómo escribe, y siempre me gustó, y tiene muy buenas ideas, y lo que escribe en El País suele estar muy bien, pero no pierde una sola oportunidad de meter un paréntesis antifeminista en todo lo que escribe, y en general impertinencias y tonterías del tipo de: «Tengo muchas amigas mujeres, pero, ¡ay!, estas feminazis...», o: «¡Las feministas no dicen nada de lo de Boko Haram!». Oye, Marías, ¿cómo te atreves a decir eso? ¿Te has parado a averiguar qué movilizaciones se han hecho? ¡No tienes ni idea de lo que estás diciendo! ¿Cómo una persona con esa inteligencia y esa cultura puede estar así? También está obsesionado con lo del dichoso lenguaje sexista. En cambio, sobre eso mismo hizo hace poco Manuel Rivas una columna magnífica.

--En la medida en que las tareas del hogar siguen recayendo mucho más en las mujeres que en los hombres, ¿sigue valiendo en lo sustancial la famosa reivindicación de 'una habitación propia' que hacía Virginia Woolf? ¿Sigue faltándoles a las mujeres de hoy una habitación propia, literal o figurada, en la que sentarse a leer y a escribir libres de toda traba y de toda preocupación?

--En general, yo creo que sí. Una vez más, depende del sitio, de la clase social, del contexto histórico, etcétera; pero sí, la igualdad no se ha conseguido al cien por cien a prácticamente ningún nivel. Estamos mucho mejor que antes, claro, y ahora el reparto de tareas domésticas y la atención a los niños están mucho más igualados, pero sigue sucediendo que cuando una mujer destaca no siempre tenga una pareja que la apoye en las cuestiones domésticas, y eso le suponga un dilema sobre si aceptar determinadas responsabilidades o no. Las mujeres solemos tener en la cabeza toda una serie de preocupaciones que pueden ser un impedimento para sentarse a escribir sin pensar en nada más, por más que se tengan el espacio y el dinero propios. Algunas cuentan que sólo pueden escribir a toda prisa cuando encuentran un rato mientras el niño duerme. La propia Virginia Woolf escribió que siempre tenía al ángel del hogar sentado sobre su hombro mirando lo que escribía, y que hasta que no mató a aquel ángel no pudo verdaderamente escribir.

--Últimamente se ha puesto en boga uno de esos palabros ingleses capaces de condensar un concepto complejo mucho más eficazmente que las lenguas latinas, más dadas a la locución: manterrupting y mansplaining. El primero se refiere a la práctica, habitual en los hombres, de interrumpir a las mujeres cuando están hablando, y el segundo a la de hacerles largas explicaciones condescendientes dando por hecha su ignorancia sobre un tema dado. Las mujeres no suelen reaccionar a esas groserías y tienden a sufrirlas sin rechistar, porque lo cierto es que se enseña a los hombres a hablar hasta de lo que no saben y a las mujeres a callar hasta cuando tienen algo interesante que decir. Estereotipos como la mujer verdulera, la marimacho, la histérica, etcétera, emergen rápidamente para castigar a las mujeres que incumplen esa obligación de callar, de comederse. ¿Cuánto afecta eso a la dimensión y la prolijidad de la creación femenina? Escribir no deja de ser un gran acto de descomedimiento; de saltar al espacio público y proclamar: «Ésta es mi voz».

--Existe cierta autocensura, sí, y eso es un gran problema. Lo es en la literatura y en otros ámbitos: hay muy pocas bandas de rock femeninas, por ejemplo, y también es por eso. Se va mejorando, pero sigue estando ahí detrás una determinada educación que opera de una manera muy sutil y muy insidiosa. Sigue sucediendo, por ejemplo, que se trate distinto a los niños y a las niñas. A la niña le dices: «¡Qué guapa!», y al niño le dices cosas del tipo: «¡Choca esos cinco!». A ella le alabas la belleza y a él la gracia, la chispa, la inteligencia... Y lo que acaba sucediendo es que si en una clase o una reunión hay un hombre, puedes estar seguro de que intervendrá incluso aunque no sepa menos o esté peor informado que todos los que están a su alrededor. Una mujer se cortará mucho más. ¡O la cortarán! A mí me ha pasado muchas veces en distintas reuniones, incluso desempeñando cargos importantes, que me pusiera a hablar de mi tema después de que todo el mundo hubiera escuchado atenta e interesadamente a sucesivos hombres hablando de los suyos, y los hombres se pusieran a hablar entre sí. Y no porque mi tema abundara sobre los anteriores, no: el tema siempre era un tema nuevo y distinto, pero los hombres allí presentes estaban habituados a considerar importantes sólo las intervenciones masculinas y a que los hombres ocuparan el espacio y fueran protagonistas y las mujeres no. Yo esto, posteriormente, se lo comenté a alguna de aquella gente y me lo negaban. Pero era así: me lo hacían constantemente.

--Otro concepto que se ha instalado con fuerza en el discurso feminista actual (aunque el término inglés correspondiente data de los setenta) es el de 'sororidad', que señala la desconfianza y el enfrentamiento entre mujeres que el patriarcado fomenta y frente a ello reivindica todo lo contrario: una camaradería natural que sí es típica de los hombres. Esa poca sororidad en contraste con la mucha fraternidad, ¿cuánto ha afectado también a la creación literaria femenina? Hasta donde yo sé, figuras como la tertulia o la generación, que tanto fertilizaron la historia de la literatura, no son habituales entre las escritoras mujeres, que trabajan mucho más aisladas.

--Empieza a haber tertulias femeninas en algunos sitios, y en lugares como el Reino Unido las hay desde hace tiempo. Yo, de cuando vivía allá, recuerdo que había muchos clubes de lectura y de escritura y que había toda una generación de escritoras británicas que después no siempre acabaron teniendo continuidad en sus carreras literarias, pero que se juntaban y charlaban y creaban redes de colaboración tal como lo hacen los hombres. Y había también iniciativas interesantes como la editorial Virago, que publicaba sólo a mujeres y recuperó cantidad de textos que estaban ya descatalogados. Fue Virago, por ejemplo, quien publicó lo primero que yo leí de Margaret Atwood, a quien ya habían publicado en Canadá pero cuyas obras no circulaban tanto por aquí y, a diferencia de ahora, con Amazon y demás, era difícil pedirlas. Y Virago estaba asociada a otra editorial india similar, gracias a la cual yo pude leer mis primeras obras de mujeres indias. Iniciativas de ese tipo viralizaron mucho la literatura escrita por mujeres, y ahora en Inglaterra sigue habiendo varias editoriales de ese tipo. A unas les va mejor y a otras peor, pero van tirando. Y de alguna manera son resultado de tertulias; de mujeres que se juntan y se dicen: «Oye, tenemos que publicarnos nosotras mismas, porque si no no nos publican». Claro, el problema es que en España estas cosas existen menos. Aquí ese tipo de cosas sigue siendo muy infrecuente.

--Uno de los problemas de este tipo de iniciativas es el rechazo que suscitan ciertas etiquetas inevitables: literatura femenina, literatura para mujeres, etcétera. Se sigue rebajando la categoría de la literatura escrita por mujeres añadiéndole apellidos que nunca se yuxtaponen a la literatura escrita por hombres. La literatura escrita por hombres es literatura y punto.

--Eso pasa, sí. Nos pasa a nosotras: organizamos un seminario sobre escritoras, llamamos a tal o cual autora y nos dice que no, que ella no quiere entrar en guetos. Y yo lo entiendo, pero es muy triste, porque cuando se hace algo a lo que sólo se invita a escritores, esos hombres nunca sienten que acudir sea meterse en un gueto. Pasa en muchos ámbitos. El otro día me alegré mucho porque escuché a un locutor referirse a la selección española de balonmano masculino. Es algo muy inhabitual: normalmente, el balonmano masculino es el balonmano a secas y sólo se adjetiva el balonmano femenino, que además a nadie le importa. Cuando la etiqueta no es ya femenina, sino feminista, el rechazo es mucho mayor. Hay muchas mujeres que no quieren que se las asocie al feminismo, y también lo entiendo, porque asociarse al feminismo tiene unas consecuencias y suscita un rechazo que no suscitan otros movimientos. Que un africano esté en un movimiento antirracista no suele traer consecuencias, porque se ve como algo normal, natural; pero que una mujer se asocie al feminismo puede ser muy castigado. Lo contaba Chimamanda Ngozi Adichie, una escritora africana: en su entorno familiar y de amistades nunca se cuestiona que ella hable de cuestiones raciales, pero sí se le cuestiona que hable de cuestiones feministas, y ella no lo entiende, porque para ella la racial y la feminista son dos reivindicaciones muy parecidas y muy relacionadas. También sucede que a una mujer escritora nunca deje de preguntársele si escribe como mujer, mientras que a un escritor negro nunca se le pregunta si escribe como negro.

--Le preguntaba antes por las tertulias literarias, y el caso es que, pese a todo, podemos imaginarnos una tertulia femenina, pero a mí al menos me cuesta mucho figurarme una tertulia verdaderamente mixta. La imagen de varias personas sentadas alrededor de la mesa de un café discutiendo sobre arte o literatura se me hace eminentemente masculina.

--Es difícil, sí. Por un lado, a las mujeres no las quieren allí, aunque no lo verbalicen así; por otro, esos círculos suelen formarse a partir de redes de afinidad que tienen mucho que ver con eso que saben tan bien quienes mandan a sus hijos a colegios privados para que conozcan a quienes deben conocer; por otro, muchas mujeres simplemente no tienen tiempo para tertulias, porque tienen otras cosas que hacer; y por otro, se trata con frecuencia de ambientes muy sexistas y en los que se habla de arte y literatura, pero también de otras cosas. Si sabes lo que te vas a encontrar como mujer en un determinado círculo literario es a un montón de señores hablando sobre mujeres de forma sexista o intentando ligar con las becarias, es normal que no te apetezca ir incluso aunque no te veten.

--Volviendo al pudor femenino, lo comentaba el otro día con Rosa María Cid: como entrevistador, tengo detectado una cosa muy curiosa. Siempre que le propongo una entrevista a un hombre acepta sin mayor problema, pero casi siempre que se la propongo a una mujer, me encuentro no exactamente un rechazo explícito, pero sí una fuerte reticencia y dudas del tipo: «Yo no soy nadie», «Qué te voy a contar yo», etcétera.

--Nos cuesta, es cierto. Pasa aquí en la Universidad cuando le propones un cargo a alguien: muchas mujeres te dirán «yo no sirvo», pero ningún hombre te dice que no sirve.

--Y eso pese a que a lo mejor, efectivamente, no sirva.

--Claro. Como mucho, te dicen: «No, mira, es que yo ahora quiero escribir un libro y no quiero descentrarme». Cuestionarse su propia valía, jamás. A las mujeres nos cuesta mucho más. Mira, hace poco coincidí en una mesa redonda que se organizó en Oviedo, entre otras, con Covadonga Pevida, una ingeniera química del CSIC. El título de la sesión era «La ciencia sí es cosa de chicas», y se trataba de que cada cual contara su experiencia personal. Pues bien, antes de mí habló Covadonga Pevida, y cuando terminó le comenté que me había gustado mucho su intervención, porque su campo es muy distinto del mío y me había resultado muy interesante conocer esa otra realidad. Ella me contestó: «Bueno, pero yo no soy importante». ¿Te lo puedes creer? Vale, no es una Premio Nobel de Química, pero hombre, no por eso lo que hace no es importante. Y es que un hombre jamás te diría eso en la misma circunstancia, igual que no te diría otra cosa que a mí me decían hace unos años algunas antiguas alumnas de estudios de género como parte de un proyecto europeo para comprobar qué empleo habían conseguido. Había algunas con buenos puestos, pero siempre te decían: «Tuve mucha suerte». No, mujer, no tuviste suerte: salió una plaza y tú tenías la preparación suficiente para conseguirla.

--¿Qué se puede hacer desde la Administración para fomentar la igualdad en el campo de la creación cultural?

--Es complicado... Hombre, en primer lugar, poner mujeres en la toma de decisiones. Por otro lado, yo creo que toda la formación que se dé en materia de género, de sexismo, de violencia machista, etcétera, es poca; y en particular, que el tema de la violencia es muy importante y hay que tratarlo mejor y darle más fondo. No nos podemos quedar sólo en la violencia física, que es sólo la versión extrema de una opresión que tiene raíces muy profundas. Yo lo siento mucho, pero, a un nivel diferente, lo que hace Javier Marías, y en general generar desconfianza y descrédito hacia lo que dicen las feministas cuando hablan de cosas muy importantes, también es violencia contra las mujeres. En ciertos países la palabra de la mujer vale legalmente la mitad que la de los hombres: está legislado así. Y nos horroriza, pero es que aquí, en la práctica, sucede lo mismo en muchos casos. Ahí está, por ejemplo, el tema de La Manada, que a ver cómo y cuándo se resuelve. ¿Cómo es posible que, con toda la información que hay, se siga tomando en serio la posibilidad de que aquello fuera consentido?

--Se queda uno anonadado con las barbaridades que se han dicho en torno a ese caso, sí.

--Sí, sí. En cuanto a la cuestión artística, la vía es implementar acciones positivas de toda clase: desde convocatorias específicas para mujeres hasta jurados mixtos en los que haya evaluadores y evaluadoras. Pero cuesta mucho trabajo. Fíjate, ahora ya se sabe que los síntomas del infarto son diferentes en mujeres y en hombres, pero costó un montón convencer a la academia de que era necesario hacer los estudios que condujeron a esa conclusión. Y eso es una cuestión médica, científica: si pasamos al arte, que supuestamente no tiene sexo, imagínate. También es importante procurar que haya expertos o expertas en género allí donde se hable de género. Una cosa que a mí me irrita mucho, pero que sucede con frecuencia, es que, con toda la buena intención del mundo, se invite a mesas sobre cuestiones de género simplemente a mujeres, no a mujeres expertas en género. Y entonces suceden cosas como que una científica a la que han invitado por ese motivo empiece por decir que ella nunca sufrió discriminación. Claro que no has sufrido discriminación, porque tú eres una excepción de éxito dentro del sistema patriarcal, y si nunca te has parado a pensar en estas cuestiones o a mirar datos y estadísticas, puedes llegar a pensar que el sistema no está mal, porque te ha permitido triunfar a ti. No: igual que si quieres hablar de química llamas a un químico, si quieres hablar de género tienes que llamar a gente que sepa de género. Si quieres simplemente que varias mujeres cuenten sus experiencias personales, sean las que sean, pues sí, invita a esa científica, pero si quieres hablar de género, no. Es como si me llaman a mí: yo tengo alguna idea sobre violencia de género, pero no se me ocurriría aceptar una invitación a hablar sobre violencia de género en una mesa redonda, porque puedo meter la pata. A quien hay que llamar es a gente como Yolanda Fontanil, que fue compañera nuestra y tiene varios proyectos sobre el tema, o a alguna de las mujeres que trabajan con ella en casas de acogida y demás, o a quienes diseñan las políticas que se llevan a cabo en materia de violencia de género. O a hombres como Miguel Lorente, un médico forense que fue delegado del Gobierno para la Violencia de Género con el PSOE y que escribió aquel libro tan increíble titulado ‘Mi marido me pega lo normal’.

--Es directora del máster de género de la Universidad de Oviedo. ¿En qué consiste? Haga un poco de publicidad.

--Pues mira, ahora tenemos dos versiones: por un lado una de un año, que es el máster ‘local’, digamos, y por otro el Erasmus Mundus, que dura dos y en el segundo año las alumnas y alumnos tienen que irse un semestre o un año, según elijan, a otra universidad entre las de Granada, Bolonia, la Central Europea de Budapest, la de Hull, la de Lodz, la de Utrecht y la de Rutgers. Si se van un semestre, vuelven el segundo y hacen el trabajo de fin de máster aquí; y si se van todo el año, lo hacen allí. Consiguen una doble titulación. En el caso de nuestro máster, tiene una parte general, transversal, en la que se imparte historia del pensamiento feminista, historia de las mujeres, mujeres y ciencia, teoría feminista y metodologías de investigación feminista; y luego tiene una serie de materias optativas. La idea era que, dentro de los pocos créditos que nos dejan, las alumnas se especializaran todo lo posible, y entonces, dentro de ese bloque de asignaturas optativas, hay tres más humanísticas y tres de ciencias sociales. Las de ciencias sociales son las siguientes: «Igualdad de oportunidades en el trabajo, el empleo y la ciudadanía», «Violencia contra las mujeres: análisis psicológico y social» y «Género y educación». Y las humanísticas son: «Literatura, identidad nacional y género», «Género, teoría y prácticas cinematográficas» y «Diversidad cultural, diásporas y globalización». Todas ellas las pensamos sobre la base de que los másteres nacionales que había cuando diseñamos este plan estaban muy centrados en España; en la política nacional. Nosotras procuramos dar una visión más internacional.

--Suena bien.

--La idea es que las alumnas (y alumnos, que alguno hay), acaben teniendo la profesión que acaben teniendo, salgan de aquí con una formación general muy sólida. A mí hay una cosa que me preocupa y es que ahora se pone todo el foco en la violencia de género, pero cuando uno mira atrás ve que hay temas importantes que se fueron abandonando: las violaciones, por ejemplo, que es algo de lo que las consecuencias de dejarlo atrás se están viendo ahora en la inconsciencia de muchas jóvenes con respecto a determinados peligros; e incluso en la de ellos con respecto a no saber cuándo una relación sexual es consentida y cuándo no. Muchos lo saben perfectamente, claro, pero yo creo que hay algunos que no lo saben, porque han recibido (que es otra cosa preocupante que sucede ahora) su aprendizaje sexual a través de la pornografía, que es el último sitio en el que debieran recibirlo. Nuestra idea, ya digo, es una formación integral que se preocupe de todo: de lo nuevo, de lo viejo y de lo que pueda estar por venir. Debates como éste de la pornografía o el del control a través de los teléfonos móviles, hace cuarenta años eran inimaginables.

--Nadie hubiera creído que un novio pudiera llegar a controlar a su novia a través del teléfono.

--Claro. Y nuestro objetivo es profesionalizar a la gente, y de ahí asignaturas como la de la violencia y la de políticas de igualdad, pero también que la base teórica que demos sea lo más versátil posible de cara a futuros nuevos debates. La explosión de los másteres de género vino en la época de Zapatero, que los potenció mucho (y esto hay que decirlo así: estas cosas se las debemos al PSOE, no al PP), pero muchos de los que se crearon entonces eran muy específicos: los había desde especializados en violencia de género hasta en cuestiones legales, médicas... Estaban pensados con vistas a una figura que se iba a potenciar, que era la de los agentes de igualdad, que existen en países como el Reino Unido e incluso en muchísimas empresas pero aquí todavía no se han conseguido implantar. El problema es que esas preocupaciones desaparecieron con la crisis.

--Tienen alumnas de todo el mundo, ¿no es así? Eso tiene que ser muy enriquecedor.

--Sí, sí. De Sierra Leona, de Eslovenia, de Nepal... Los diálogos que a veces se hacen son interesantísimos. Y a veces nos viene muy bien para centrarnos. Nos hemos visto en la situación de debatir las distintas teorizaciones que existen sobre el género (si hay que superar la concepción binaria de los géneros, si hay géneros fluidos, etcétera) y que alguna alumna africana, asiática o americana levantara la mano y dijera: oigan, es que en mi país las mujeres son analfabetas, o se les amputa el clítoris, o el aborto está prohibido, o se hacen esterilizaciones forzosas, y a mí esto de los géneros no binarios me suena a chino. Es un poco como lo que comentábamos antes de la raza: no habrá razas, pero hay racismo. En este caso, sí, seguramente no debiéramos definir la sexualidad a partir de la genitalidad, pero el que a ti te ataca o te viola en una esquina, te ataca o te viola sin preguntarte cómo te defines. Te ve como mujer y punto. Y la prioridad tiene que ser acabar con eso. En fin, es muy gratificante este máster, por más que la Administración nos dé muchísimo la lata en muchos aspectos y que siga habiendo mucha incomprensión.

--Se suele denunciar la ausencia de reconocimiento, en España, de los estudios de género como área específica de investigación, algo que penaliza a las investigadoras y profesoras en su promoción profesional. Las investigadoras sobre cuestiones como la brecha salarial o la violencia de género tienen que adscribir sus trabajos a otras áreas de conocimiento y ser evaluadas por personas que no son especialistas. E imagino que esa precariedad desincentivará considerablemente a futuras investigadoras brillantes a especializarse en ese campo.

--Eso existe, y existe también que nosotros no podamos sacar una plaza para una profesora especializada en género y que diera clase sólo en el máster, que es algo que sería muy interesante. Todavía hay mucha incomprensión, ya digo. Y la hay en muchos sitios. Por ejemplo, en su momento las historiadoras no querían que estos estudios se reconociesen como área específica, porque decían que convertirían el género en un gueto. También se da el caso de que determinada gente plantee un proyecto para estudiar a las mujeres y te diga que lo va a hacer sin perspectiva de género, porque no hace falta saber de género para estudiar a las mujeres, lo cual es absurdo. Si no las estudias como mujeres, vale, pero si las vas a estudiar precisamente en tanto que mujeres, ¿cómo puedes hacerlo sin perspectiva de género? ¿Cómo puedes hacer algo que no se permitiría en cualquier otro campo, que es estudiar un tema sin demostrar que conoces todo lo que se ha hecho y dicho sobre él, aunque estés en desacuerdo con todo ello? Por otro lado, en su momento se dijo que se iba a incorporar una asignatura de género a todas las titulaciones, pero eso ha quedado en papel mojado. Hay titulaciones que sí la han incorporado y otras que no.

--¿Cómo explicaría la importancia de los estudios de género a alguien que a priori no crea en ella?

--Le diría que los estudios de género dan la oportunidad de llegar a la raíz de la desigualdad y que la desigualdad no es una cosa ni simple, ni opinable, y que no basta una ley para acabar con ella. Es una estructura complejísima y que hay que conocer bien. A todos nos parece siempre desolador que haya mujeres que vuelvan con sus maltratadores, pero para evitar que eso suceda hay que tener muchísimo conocimiento de muchísimas cosas que lo explican. Fíjate, hace poco me contó un colega que estaba muy preocupado, porque a la hija de un amigo suyo, su novio le hace poner la cámara del ordenador o del teléfono mientras come y mientras duerme, y no logran convencerla de que su novio es un maltratador no ya en potencia, sino con todas las de la ley; y que están viendo que si acaba con él será maltratada directamente, pero no saben ya que hacer, porque ella se niega a dejarle. Son problemáticas muy complejas, las que hay, y los estudios de género son los que permiten abordarlas en toda su complejidad. También podría dar un argumento que quizás venda más en este mundo y en estos tiempos, que es que hay muchos estudios que demuestran que en las empresas, cuanto más variado es el grupo que toma las decisiones, más se vende y mejor se va. Es decir, incluso desde un punto de vista capitalista estos estudios son interesantes e importantes.

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