El rito rojiblanco de la fe, el sufrimiento y la salvación

Juan Carlos Gea GIJÓN

SPORTING 1905

La afición sportinguista festeja la permanencia al pie de la estatua de Pelayo
La afición sportinguista festeja la permanencia al pie de la estatua de Pelayo

La ciudad se echó a la calle para festejar la permanencia en una noche que vino a ser el reverso en negativo de la vivida hace algo menos de un año, con el ascenso

17 may 2016 . Actualizado a las 21:14 h.

Podría uno acostumbrarse a esto. Nada más adictivo. Engancha. Engancha este juego extremo resuelto siempre al borde del desastre, este martirio colectivo que, después de meses de agonía retorcidamente bien medida, estalla al final en una apoteosis de fe recompensada. Al fin y al cabo, el masoquismo es una forma de amor. Y hay algo de amor perverso en todo esto. Algo de amor sin condiciones, de éxtasis místico. El año pasado fue un ascenso que se manifestó en forma de milagro; este, una permanencia que supo a gloria celestial. Porque esa es la grandeza del superviviente: su bocata de jamón de recebo, de puro incierto y deseado, le sabe mil veces mejor que la mejor delikatessen. Le hace a uno echarse a la calle y desgañitarse en cánticos tribales, bañarse en las fuentes públicas, zambullirse vestido en el Cantábrico, llenar a reventar bares que un 15 de mayo cualquiera tendrían que estar con la desolación de un domingo a las once de la noche.

Precisamente por saber que esa desolación podría haberse multiplicado ayer por un ciento, Gijón se dio anoche, por segundo año consecutivo, un festín de esa felicidad reservada solo a los modestos, a los peleones, a los que están acostumbrados a desayunarse con dignidad si falla el desayuno. El problema es que uno podría acabar exigiendo que cada fin de temporada le traiga esta dosis de perversa alegría, de fiesta al límite. A Gijón no le cuesta nada montar un rito estacional: Semana Negra, Semana Grande, Festival de Cine, Antroxu, Foguera de San Xuan. Y cada año, según venga el calendario liguero, Domingo de Pasión (Sportinguista).

Dos consecutivas

Van dos consecutivas. Y, aunque en cierto modo, la de anoche fuese un calco en negativo de la noche del ascenso que a los gijoneses les sigue quedando tan cerca como si hubiese sido la pasada semana, eso no importó demasiado. Ahí estaban de nuevo haciéndole las fiestas a Pelayo después de habérselas hecho al autobús del Villarreal casi como si fuera el propio, de haberse dejado regar por el comando de guajes enloquecidos que salió un momento medio en gayumbos a asperjar a la afición con algo que debería haber sido sidra achampanada, y de haber coreado, también por segundo fin de Liga encadenado, las alabanzas de la gloria bética. De seguir así la deuda afectiva con los verdiblancos, va a haber que crear un canal navegable, paralelo a la Ruta de la Plata, entre el Piles y las aguas del Guadalquivir a su paso por Triana. Pero lo del Benito Villamarín fue pura redundancia, un reaseguro: lo que se vio en el Molinón, indiscutiblemente, fue un acto de fe, desde la primera embestida hasta la pierna de Jony jugándose la osamenta o el trallazo de Sergio que hizo temblar hasta la cruz de Pelayo en la plaza del Marqués.

Y después de la salvación, la comunión de los rojiblancos desparramándose por la ciudad en un rito de agradecimiento y purificación que, de puro intenso, embellece el sufrimiento. E incluso, de alguna manera retorcida, encontrarle su aquel. Como al zapato que nos aprieta demasiado. Una vez que nos hemos descalzado, claro. Si el año que viene el Sporting está salvado, pongamos, dos jornadas antes del fin de temporada a Gijón le va a parecer, a este paso, una temporada insípida.