10 jun 2016 . Actualizado a las 23:03 h.
Ole Gunnar Solskjaer puede estar tranquilo. Su estirpe sigue viva. Casi una década después de abdicar como rey, en el místico Teatro de los Sueños, su linaje continúa. Carlos Castro García no es de Kristiansund, pequeño municipio insular de la costa noruega donde nació y se crió Ole Gunnar, sino de Ujo. Su sonrisa juvenil e inocente es una trampa. Es una oda a la muerte, un engaño mezquino que atrapa y después te mata.Su físico endeble y mínimo es parte del truco. Castro es un mago del gol. Su virtud es oro. Carlinos no juega en el Teatro de los Sueños, él los construye. Después de exhibirse con una facilidad brutal en categorías inferiores volvió a atinar con su mayor capacidad: Siempre está en el momento justo en el lugar adecuado.
El Sporting ahondado en las miserias no podía fichar. No podía y no le dejaban. Abelardo tenía que salvar una entidad que se ahogaba. El Pitu, quién sabe si por necesidad u convicción o quizá por una mezcla de las dos, apostó por jugarse su bala a la cantera, donde destacaba un niño que acababa de quebrarse el peroné.
Castro es un niño soldado. Su capacidad para golear es soberana. No importa que se enfrente a gigantes porque conoce su arte y oficio. Carlos vive de su propio ecosistema y se retroalimenta de él de forma constante. Cuando el rival va al choque él va al espacio. Su mente visiona la jugada una décima de segundo antes que la de sus rivales y siempre llega antes.
Su techo es difícilmente imaginable. Su idilio con el gol parece inmortal. Castro es el embustero y ladrón de goles para la esperanza de Gijón. El 16 mitad hombre y mitad niño, el chico con apellido de leyenda, que rememora los pasos de su ídolo. El penúltimo guaje de Mareo de sonrisa permanente y condiciones envidiables. El Molinón espera ansioso a que el último Castro vuelva a besar al escudo. El asesino con cara de niño.
@andresmpuente
