23 jul 2016 . Actualizado a las 20:00 h.
Es verano, aunque no lo parezca, y el tiempo alcance otra velocidad. Mayo, y su intensidad emocional, queda muy lejos. En nuestros corazones quedará de por vida la historia de unos guajes que acostumbraban a honrar una camiseta y acudían en manada a combatir la batalla, por muy ardua y extensa que fuera. El romanticismo de lo utópico siempre sabe mejor, deja un regusto auténtico.
Ahora todo es igual pero distinto. El tiempo no entiende de despedidas, ni tampoco el Sporting, y esa gloriosa generación busca equipo. La magnitud de esa manada de guerreros es imposible de rememorar, hasta ahí todos más o menos estamos de acuerdo. Ver a Jony sonriendo en Málaga es peor que un desamor a los quince. Solo con una salvedad, en esta ocasión amigos, nuestra princesa sigue ahí, aunque su vestido sea distinto.
Pero por mucho que duela la herida tenemos que sonreír, al menos yo voy a hacerlo, estos guajes han dejado una huella imborrable y a nuestro amor en Primera. Ahora aunque el grueso de nuestro corazón no esté, los cimientos siguen siendo visibles. Y tan visibles. El lunes una mezcla de lo que fuimos y lo que seremos volverán a la rutina. Y de ese cruce que ahora se nos hace tan extraño saldrá nuestro glorioso. El mismo equipo que nos hace mata y nos da la vida.
Por eso aunque el tiempo no acompañe, Gijón volverá a radiar. Porque pese a que la fragancia va a cambiar, quizá sea la única vía para crecer de forma definitiva, el aroma tiene un fondo inquebrantable. Ahora los más jóvenes deben rendir tributo a sus veteranos y liderar, junto al Pitu, una hornada que sea una apuesta, de verdad, por establecer nuestro equipo en la élite. Y por soñar con algo importante pero sin olvidar, con todo el respeto del mundo, que el Sporting no es el Eibar.
@andresmpuente
Foto: Marca
