Gijón

Abres los ojos y nada cambia. Es el surrealismo conceptual en forma de bucle interminable; ni siquiera la figura de Abelardo - y sus (ex) pupilos-, que habían logrado calmar el contexto y ser venerados por la opinión pública, se resisten ya a la crítica. Asentados, sí, pero en la mediocridad absoluta. Generaciones, y generaciones, - entre las que desgraciadamente me incluyo- hemos convivido a caballo entre el abismo, y la supervivencia. Nuestros éxitos, algunos de los momentos más dichosos de nuestra existencia, son ascensos, y permanencias. «Somos el Sporting un club humilde...» Lo siento, no me lo creo. Imagino que pensará mi padre de este deterioro, imagino su desilusión por ir a El Molinón y pasar de ser admirados a ser equipo nodriza, a convivir con mecenas. 

«A seguir con nuestro proyecto de crecer, crecer...» Lo siento, pero no me lo creo. No creceremos nunca, así no. ¿De qué sirve asumir errores si se siguen cometiendo los mismos fallos? Este equipo puede salvarse, pero el proyecto - aquel producto vendido a precio de caviar en verano- es continuista; no existe, está ligado al acierto ajeno, a un salvavidas en forma de milagro continúo, al ahorro, y a jugar con la ilusión del aficionado. El Sporting es Narnia, somos una ilusión permanente dispuesta a luchar hasta el último suspiro por el mismo objetivo que hace cinco temporadas, ¿crecer, dónde?, ¿crecer, cuándo?, ¿crecer, cómo?. No puedo más que sentir envidia por mi padre, por nuestros abuelos. Al menos ellos sí, y yo no, tuvieron gloria. ¿De verdad un club con semejante masa social, con una afición más fiel que casi ninguna, merece vivir siempre en el alambre? Somos humildes, pero no idiotas.

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Narnia