Joan Francesc Rubi

El regreso de un paisano

Joan Francesc Ferrer regresa a El Molinón. En Gijón no triunfó pero se ganó el respeto de muchos


Gijón 13/10/2017 15:30

Vilassar de Mar es una pequeña villa al sur oeste de Mataró. Cerca de Barcelona, a unos quince minutos en coche. Tradicionalmente de pescadores y famoso por sus playas. En invierno se respira paz, en verano es algo más inquieto pero nada que ver con los excesos de la ciudad condal. Viajo habitualmente a Barcelona y en mi última estancia, hace poco más de dos meses, he tenido la extraña tentación de visitar la ciudad de la comarca de El Maresme. Todo hay que decirlo: no he ido.

Pregunté, sin excesiva suerte, a una amiga y su opinión me dejó confuso. No conocía Vilassar, con doble s en catalán, antes de la llegada del «rubio» a Gijón. Me he informado bastante pero lo tengo en el debe, como tantas cosas en cada viaje. En mi corta experiencia en el mundo del periodismo pocas personas, casi ninguna, me han generado un interés especial. Otro factor lógico de mi carácter. Joan Francesc Ferrer sí lo hizo y nunca he mantenido una conversación de más de cinco minutos con él. Algún whatsapp y poco más. Tampoco lo pretendo. Le he pedido varias entrevistas y en cada ocasión recibo, como cada medio que la solicita, la misma respuesta, con una excelsa educación: «no, pero algún día tendremos una...».

No resulta fácil concertar una entrevista con Rubi, una persona que cuida cada detalle hasta el extremo y que no querría nunca ser portada en los medios. Pocas «patinadas» metió en su exigua etapa en Gijón. Cada intervención en prensa igual que su fútbol: cortita y al pie. 

Joan Francesc no es el tipo de más carácter del mundo y está muy lejos de ser alguien carismático. Una de sus tumbas en el Sporting, de las pocas que él tiene algo de culpa de cavar fue precisamente esa: no pegar un grito de más. Tampoco le gustaba en exceso exhibir dotes que no le correspondían. No es el icono del populismo. Rubi es una persona idealista: que dice lo que dice y hace lo que hace por un sentido. «Apartó» a Fueyo y escogió el banquillo más cercano a la banda de calentamiento. Dos decisiones que pueden parece absurdas pero que representan su forma de ser. Era, y sigue siendo, un tipo honesto. 

Rubi defendió a Douglas cuando el Gijón futbolístico se «cachondeó» de su lesión en el culo. Rubi apostó por Canella cuando muchos no creíamos. Creó un equipo que, al menos, competía y hasta de vez en cuando jugaba bien a fútbol. Defendió al Sporting, pero de verdad. Sin sacar pecho, ni besar el escudo. Y calló por el club asuntos que rozaban el surrealismo.

Y También me sorprendió que un entrenador hablara de fútbol. Sí. Porque cada día interesa y vende menos. A Joan Francesc le obsesionó encontrar una tecla que quizás no existía y llevó hasta tal punto su obstinación que llegó a crear un estilo por encima de las posibilidades del equipo. Eso también le mató. El Rubismo. Eso y disponer de una plantilla con más carencias que soluciones y con menos tiempo del que debería. 

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Sporting de Gijón