El fútbol, Manolo Mesa y el artículo 155

Toño Suárez

SPORTING 1905

Quini
Quini

Treinta y ocho años y unas pocas horas después de que Mesa centrara con la derecha, desde la banda izquierda, el balón al segundo palo que sirvió para hacer inmortal a Quini, el Real Sporting de Gijón regresaba a terreno vallecano, el lugar del crimen, más ajado y reumático que el día de la fecha, exhausto de levantarse tras cada caída pero vivito y coleando que, teniendo en cuenta las vicisitudes vividas durante los últimos 25 años de errática existencia, no es un acontecimiento menor, sin lugar a dudas.

La figura con la que se identifica el fútbol de nuestros días es bien distinta a la de aquellos tiempos; y digo distinta, ni peor, ni mejor. La chavalería de hoy en día, el aficionado raso y el forofo viven en un mundo de estrellas millonarios, tatuadas hasta las cejas, con un discurso mejorable para la repercusión de lo que exponen y un 75% de posesión de balón,mínimo, en los terrenos de juego: menos de eso no es la marca de ginebra que consumen. Y no digo que sea malo, reitero: es el signo de los tiempos que cantaba Prince (siempre digo lo mismo, lo sé: ¡a ver cuándo logro huir de los 80!).

Yo no tengo dudas: el fútbol es Manolo Mesa, por definición; o al menos, mi fútbol, que no coincidirá con el tuyo ni con el del otro ni con el de Maroto, el de la moto. Y no sabría argumentar el por qué, más allá de las virtudes más relevantes de un jugador irrepetible, no tanto porque escasearan en la época (que no escaseaban) si no porque hoy no existen futbolistas de ese corte, no están y no se les espera. Mesa era el concepto de solidaridad extrema en el fútbol, el amigo de todos, como alguien definió al argentino Osvaldo Ardiles: uno porque lo batallaba todo y el otro porque siempre se ofrecía al compañero: maneras de vivir sobre un terreno de juego que cantaba otro ilustre melenudo muy vinculado a Vallekas, con k

Treinta y ocho años y unas pocas horas después de que Mesa centrara con la derecha, desde la banda izquierda, el balón al segundo palo que sirvió para hacer inmortal a Quini, el Real Sporting de Gijón regresaba a terreno vallecano sabiendo que, si ganaba, se haría con el liderato de la segunda división del fútbol español, uno de esos lideratos que, más allá de lo anecdótico, solo sirven para que los jugadores y los que nos dedicamos a contarlo vayamos más contentos a trabajar al día siguiente.

Y para que los del fútbol preciosista, de toque, casi de salón, etéreo, ese fútbol que huele a nube y a mandarina, que no se conforman solo con el qué si no cómo se llega a él, mientras toman una taza de té con el dedo meñique levantado, se tengan que aguantar una semana más sin poder aplicarle el 155 a Paco Herrera y tomar las riendas del equipo con esa clarividencia que proporciona el sofá y el toro pasado.

¡En las zonas calientes de segunda división sin encandilar al respetable!

¿Dónde se habrá visto semejante desfachatez?