Agazapado tras la defensa rival Quini siempre aparecía en el último momento y remataba, muchas veces de manera inverosímil, a gol para sorpresa del portero rival. Todos sabían que iba a ocurrir pero no podían evitarlo. Quini era muy sagaz en el campo: no parecía muy veloz, ni era un gran regateador, ni  ocupaba mucho terreno, ni destacaba por nada en especial, salvo por lo más importante: metía los goles. Siempre estaba al quite y a dentro.

Y se ha ido así, de sorpresa, a última hora del día como si quisiera darle un último requiebro (era un bromista impenitente) a sus amigos periodistas, agobiados con el cierre de los periódicos y sin que pudieran presumir tan fatal desenlace. Y eso que había pasado momentos crudos en su vida y que nos habían tenido en vilo a todos como durante el secuestro del año 81 en Zaragoza o el cáncer que padeció más recientemente y del que se operó en Barcelona.

Quini es el Sporting y en cierto modo el fútbol en Asturias. Nacido en Oviedo, criado en Avilés y futbolista grande en el mejor Sporting de la historia, con un fructífero paso en el medio por el Barcelona, Enrique Castro es un asturiano universal, querido por todos y que hasta el último minuto del partido de su vida ha guardado el cariño de quienes tuvieron la oportunidad de ver aquellos cientos de goles y de quienes solo oyeron hablar de él a sus padres o a sus abuelos. Y era muy querido en el resto de España porque nunca tuvo un mal gesto como jugador, ni humilló a los rivales, ni se jactó jamás de sus muchas habilidades sobre el terreno.

Cuesta utilizar los verbos en pasado con Quini: era un grande, quizá el más grande del fútbol asturiano, un icono que llenó una época, una leyenda de un equipo que ascendió de la mano de Luis Cid Carriega, fallecido hace unos días en su Ourense natal, y que se abrió un período fructífero con Angel Viejo como presidente. Aquel equipo de los años setenta y ochenta fue el origen de esa gran mareona que todavía hoy impresiona por su lealtad, simpatía y dedicación.

Quini y su hermano menor Jesús Castro, entonces Chusi, ya eran muy populares de chavales. Jugaban en el Bosco Ensidesa, en La Toba, y arrasaban. Vinieron a disputar un partido de la liga juvenil contra el Hispano al campo de Ferrota y los de Piedras Blancas pusieron el máximo interés en que Quini no marcara. Lo consiguieron aunque sufrieron una goleada de época a cargo de sus compañeros que jugaban libres de marca ocupados como estaba todos en perseguir a Quini. Jesús Castro (que falleció de manera trágica intentando salvar a unos británicos en la playa de Pechón en Cantabria) debutó muy pronto en el Sporting, antes que Quini, pero después formaron parte del equipo que ascendió dos veces, y en la segunda ocasión de la mano de Vicente Miera se convirtieron en un referente nacional. Un equipazo impresionante del que uno podía sentirse muy orgulloso.

Lástima que en la época de Quini la selección española era un equipo menor, sin el poderío de los últimos años. Hubiera sido una gozada verlo al lado de tipos geniales como Iniesta, Sergio Ramos o David Villa, por ejemplo. Pero al menos disfrutó toda su vida, demasiado corta vista ahora con perspectiva, del fútbol y de su Sporting hasta el último momento. Y pasará a la historia grande del club y de Asturias. Porque lo merece.

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La última sorpresa de Quini