Artículo de opinión
05 ene 2021 . Actualizado a las 19:26 h.Necesitaba sacar algo positivo el Sporting en el Anxo Carro para dejar atrás el carrusel de noticias, acusaciones y comunicados que durante los últimos días habían desbordado el entorno rojiblanco. Y tras dos mitades dispares, en juego y ocasiones, hubo que dar por bueno el empate que deja a los asturianos con una ventaja de tres puntos frente al séptimo clasificado.
En casa encaramos con ganas el partido frente el Lugo. Primero porque llevábamos ya dos semanas sin fútbol y luego porque una vez vista la convocatoria y revisado el banquillo sportinguista no debíamos descartar que al descanso algún miembro del club nos contactara para salir al césped del Anxo Carro, aunque fuera para hacer bulto o para formar parte de la barrera en alguna falta.
Escuchas
Tras lo vivido esta última semana queda patente que Gijón y Asturias respiran fútbol. No fútbol en el sentido estricto de comprensión y análisis de los posibles sistemas tácticos. Por la calle es difícil escuchar argumentos del estilo «yo dejaría a este jugador en el banquillo porque en el último partido no hizo una presión tras pérdida y la jugada terminó en gol», ese fútbol interesa menos. Lo que sí puede llegar a tus oídos es que en el Instagram de un conocido alguien ha visto un video donde sale este u otro jugador. Porque si bien Gijón es una ciudad agradecida con quien da la cara por sus colores también castiga a quien considera que lo merece. Gijón respira fútbol y tiene ojos en cada esquina y así es difícil borrar de la memoria lo que sus vecinos han visto o han creído ver.
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En el mercado de invierno del año 2010, Lola Smiljanic llegó al Sporting en calidad de cedido. Su paso por el césped del Molinón no dejó grandes recuerdos en la afición, pero al poco de aterrizar en la ciudad explicó que se sentía muy contento ya que en Barcelona nadie le reconocía por la calle, mientras que aquí notaba el apoyo de la afición constantemente. Y ese apoyo, incondicional cuando el equipo está sobre el verde, también se puede tornar en crítica.
Una vez más ha quedado patente que la ley del efecto Streisand sigue vigente y cuando intentas ocultar algo ese algo se hace bola y terminas por atragantarte. Parece mentira que algunos no sepan todavía cómo funcionan las redes sociales, que no seamos conscientes de que lo que allí aparece se convierte automáticamente en verdad. Que por momentos no hay más verdad que la que nos dictan Instagram o Twitter. Y, ya en 2021, no entender eso es no entender nada.
Sonreír a cámara
El pasado viernes fui al cine a ver la película española Hasta el cielo. A los pocos minutos te regalan una lección de vida: una foto, una simple foto sin pasamontañas te convierte automáticamente en culpable. Y entonces da igual que los cabecillas sean otros, porque el que sale en la foto eres tú. Durante el interrogatorio en dependencias policiales, el comisario le espeta al detenido «solo te ha faltado sonreír a la cámara».
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