Texto de análisis
19 dic 2024 . Actualizado a las 16:46 h.Un Real Sporting de Gijón con dos versiones diferenciadas en su propuesta con balón se quedó entre dos aguas en su partido frente al CD Mirandés en Anduva. Un encuentro del que parecía que no iba a sacar nada fruto de su desacierto, habiendo mejorado su papel en el segundo tiempo hasta el punto de entender que por merecimientos un triunfo no le hubiera sido ajeno en un partido en el que, nuevamente y por desgracia, no puede pasarse por alto la actuación arbitral. Dentro de lo que depende de los de Rubén Albés, analizamos en base a 4 claves tácticas destacadas el desempeño del conjunto rojiblanco:
Nula continuidad con balón desde fase de inicio
Plomizo, gris, aburrido, soporífero y todos los sinónimos que se nos puedan ocurrir definieron una primera parte de, en definitiva, poco fútbol. Ambos equipos fiaban toda su propuesta al juego directo, buscando a sus referencias en ataque sin apenas dar más de dos pases en su primera línea. De hecho, la gran mayoría de saques de puerta del primer tiempo fueron ya directos desde el portero. El Sporting redujo su propuesta con balón al mínimo, lo cual le restó toda opción de tener continuidad en el juego. Muchas disputas, segundas jugadas, balones sin control, más por el cielo de Miranda que por el césped de Anduva, sin que ninguno de los dos equipos lograse generar llegadas por esta vía. De hecho, las veces que los asturianos más se acercaron al área rival fueron, curiosamente -o no tanto-, a partir de un par de combinaciones. Los de Rubén Albés siguen sin mostrar una buena cara cuando su juego se basa única y exclusivamente en envíos directos al punta, habiendo mostrado ya capacidad para tener otras alternativas. En la variedad está la virtud.
Falta de amplitud de los laterales en el último tercio
Uno de los principales males que acompañó a la clave anterior estuvo en la participación ofensiva de los laterales. Fue la principal novedad inesperada del once, con la entrada de César Gelabert en lugar del habitual extremo de banda izquierda que suele ocupar Gaspar Campos o Dani Queipo. La presencia del palentino, como explicó Albés tras el partido, buscaba sumar un futbolista más por dentro para tener superioridad numérica con el doble pivote del Mirandés, además de ganar un recurso en zonas intermedias para esas segundas jugadas, descargas y balones sueltos tras las disputas de Caicedo y Dubasin con los centrales rojillos. En esto último algo se dejó ver, pero su influencia en el juego con balón fue muy discreta en el primer tiempo.
Y es que el equipo tampoco encontraba soluciones a partir de sus laterales. Cuando el esférico llegaba a campo contrario, sobre todo en alguna de las pocas posesiones que lograban tener los rojiblancos con cierto poso, los laterales no terminaron de incorporarse a zonas de ataque, siendo una opción más para el pase en corto desde la línea defensiva que para los futbolistas que se ubicaban por delante, lo que limitó las opciones de centro lateral y redujo casi al mínimo la amplitud del equipo una vez trataba de acceder al último tercio de campo. Todo debía pasar por dentro, por donde ya había un atasco considerable con los 3 centrales locales. Cada jugada terminaba emborronada. Un aspecto que se corrigió en la segunda parte, con el equipo más asentado con la posesión del balón y en la que los laterales, especialmente por izquierda con Pablo, ganaron más protagonismo y tuvieron presencia por delante de línea de balón.
Ajuste con balón: más combinación en inicio, verticalidad desde el pase y envíos a zonas intermedias
No fue una cuestión individual o de sistema táctico, sino de voluntad. La segunda parte fue bien diferente desde la propuesta con balón. Aunque ya el Sporting había tenido alguna que otra posesión más larga con el 1-0 en el marcador que en los momentos del empate, lo que en un inicio se traducía en envío directo desde el portero o el central, al primer pase, hacia el delantero, ahora se había transformado en un pase vertical o bien en una circulación de balón para poder avanzar de forma más calmada, pero controlada. Los de Albés ganaron en verticalidad desde la asociación, y así fue más fácil que el equipo diera varios pasos adelante en bloque y se asentara en campo rival.
Ya no había tanta dependencia del resultado de los duelos o de quién ganara la segunda jugada. Aun así, cuando el equipo buscó ese pase por alto, el objetivo ya no estaba tanto en la referencia arriba, habitualmente Caicedo, sino en zonas intermedias. De hecho, a raíz de diversas prolongaciones desde esos sectores llegaron dos de las mejores ocasiones de las varias que generó el Sporting en el segundo tiempo; los manos a mano de Caicedo y de Dubasin. Ese cambio en la voluntad del juego con balón permitió crecer a los rojiblancos, sembrando la gran duda de por qué no se pone más de manifiesto en los partidos. Un hecho que, además, con los cambios ganó más poso al dar entrada a Nacho Martín retrasando la posición de Olaetxea en una sustitución ya habitual.
Buena organización defensiva y activación tras pérdida
En el plano sin balón el Sporting ofreció una versión mayormente sólida. Asumió riesgos, con el bloque alto en la mayor parte del partido, viéndose más exigido en un inicio en bloque medio, pero aun así con espacios a su espalda al saltar como habitúa al receptor de espaldas. Situaciones que tuvieron bajo control, tanto en los duelos como en los retornos, apenas con un par de errores o despistes en el grueso de los 90 minutos, en la defensa de un centro lateral en el primer tiempo y en una transición defensiva en el segundo, que se tradujeron en dos ocasiones claras en botas de Parada. Una jugada a la contra que llegó tras una pérdida de Nacho Méndez en campo rival, así como la altura del lateral, Pablo García en este caso, cuestión a vigilar ya que viene repitiéndose entre los problemas recientes en fase defensiva de los rojiblancos, aunque forme parte de los riesgos asumidos. Algo que, por otro lado, en esta ocasión sí se vio en cierta manera compensado por una correcta activación tras pérdida en todas las zonas del campo, lo cual permitió recuperar rápido o bien ensuciar y dificultar la salida adecuada del Mirandés cuando se hacía con el balón.
Los cambios
Maras por Curbelo. Sustitución obligada por el golpe que se llevó el central. Cumplió su papel con y sin balón, si bien salió sustituido en el momento en que vio una amarilla por cortar un contragolpe, previniendo que volviera a suceder algo similar.
Nacho Martín y Gaspar por Maras y Gelabert. Doble cambio relevante para la propuesta ofensiva. Más allá de la cuestión de la amarilla comentado en el párrafo anterior, la entrada de Nacho respondía a esa voluntad de ser verticales desde la asociación, anteponiendo la combinación al juego directo. Con Gaspar, el dibujo pasó a asemejarse mucho más a lo habitual, ganando parte de esa amplitud tan requerida hasta entonces.
Iker y Campuzano por Kevin y Caicedo. Cambios más voluntariosos que eficaces, con energías nuevas en la delantera a partir de la brega de Campu y la presencia ofensiva del lateral, si bien lejos estuvieron de incidir de forma relevante en el transcurso del partido en los minutos que tuvieron.
Nota a Rubén Albés y el resto del cuerpo técnico
Suficiente. El primer tiempo se basó en la corrección defensiva, pues con balón la propuesta fue tan ineficaz como desesperante. El Sporting renunció al atrevimiento desde el pase y simplificó su plan, lo cual no es una equivocación per sé, pero si su ejecución no resulta provechosa, entonces no cabe otra lectura que una negativa. Sin embargo, el ajuste tras el descanso, más en la voluntad de juego que en una cuestión puramente táctica, sí permitió ver a un equipo más valiente, atinado y con peligro. Algo a lo cual contribuyó igualmente con los cambios desde el banquillo, ahí sí agitando ligeramente la pizarra. Una de cal y otra de arena en cuanto al juego en un partido en el que, como todos, el resultado quedó al ‘azar’ del acierto. Esta vez, errado en su mayoría tanto por la parcela ofensiva rojiblanca como por el equipo arbitral, que sin duda tuvo su desgraciada influencia en el marcador final. Por juego, 45 minutos que no merecen la pena ni recordar, y un segundo tiempo de méritos que incluso se quedaron cortos en cuanto a la recompensa final.