Texto de opinión
11 sep 2026 . Actualizado a las 02:01 h.Fue el pasado enero cuando José Riestra se instaló en Gijón y descargó sus carpetas de trabajo en el nuevo despacho de Mareo. Un movimiento relevante en el organigrama del Real Sporting de Gijón que, visto desde fuera, deja intuir algunos cambios, pero que puertas adentro se ha dejado sentir con mayor fuerza. Como rostro visible del proyecto, el discurso del club ganó ambición y contundencia. Alejandro Irarragorri llegó en 2022 pidiendo paciencia, con la mirada puesta en un horizonte prometedor pero sin fecha para sus objetivos. Este verano, Riestra decidió quemar el calendario: el Sporting aspira al ascenso a Primera, y su propiedad lo reafirmó con sus herramientas mediante una ampliación de capital que rebasó los 23 millones de euros.
Es un salto de gigante en lo económico, más todavía si se recuerda de qué cuentas venía el club no hace tanto. Pero ese respaldo, sin decisiones que lo sostengan después, no es garantía de nada. Hasta la fecha, al Grupo Orlegi se le han dado mejor los números que los nombres. Lo primero sigue creciendo y, como supimos este jueves, traduciéndose en una temporada que arranca con el mayor techo de gasto en plantilla deportiva desde que existe esa normativa para una campaña en Segunda de los rojiblancos.
Ahora bien: por mucho que cada mes de septiembre esa lista siembre un mar de dudas, lo innegable es que el Sporting continúa fuera de los seis primeros presupuestos salariales de la categoría. Y ahí, discurso y economía empiezan a divorciarse, pese al esfuerzo visible de la propiedad. Bajo esa tensión se ha construido también la planificación de plantilla y el mercado de verano: el más ambicioso en fichajes desde que Orlegi tomó las riendas del club, pero igualmente limitado.
Los rendimientos dictarán aciertos y errores, pero la dirección deportiva -operando con Riestra desde Gijón- detectó, igual que cualquier aficionado rojiblanco con el avance del curso pasado, que la gran carencia de la plantilla no estaba en el número, sino en la calidad de su profundidad. Casi todo equipo tiene un once bien definido; la verdadera solidez está en que los otros once estén en disposición de competir por un puesto, que su entrada no reste nivel al conjunto y que, cuando les toque pisar el verde, respondan y aporten. No hay fórmula más simple ni más difícil de cumplir: no se trata de acumular 25 futbolistas, sino que la inmensa mayoría esté a la altura.
En ese objetivo primario, a mi juicio, la dirección del club cumplió. Basta mirar hoy al banquillo del Sporting para ver un abanico de recursos mayor a disposición del técnico. Variantes de las que ahora se espera un rendimiento acorde a sus posibilidades. Algo tan básico que, estos últimos años, apenas se alcanzó en la única temporada mínimamente exitosa de la era Orlegi, con Miguel Ángel Ramírez al mando. El club afrontó este verano sin anestesia qué salidas debía cerrar, incluso aquellas de futbolistas con contrato en vigor, para dar ese paso en el mercado. Lo consiguió, pero no sin dudas.
Partiendo de la base de que un mercado perfecto no existe, este verano el Sporting eligió, sin disimulo, arriesgar. A Riestra no pareció importarle, convencido -de ese discurso ya habrá tiempo de hablar- de que hay mimbres suficientes para el objetivo. Quien quiera desconfiar, siempre tiene motivos donde elegir: el fichaje más sonoro del verano, Hugo Guillamón, levanta suspicacias entre quienes le huelen gato encerrado; otros dudan de otra incorporación más procedente del fútbol mexicano sin un solo minuto en España; otros, de jóvenes aún sin experiencia en la categoría; y un último grupo cuestiona la contratación de futbolistas en plena recuperación de lesiones.
El tiempo dará y quitará razones: desde el mal estreno de Gularte, la lesión de Guillamón, las irrupciones de Duñabeitia, Sarco y Nikita o el golpe de timón con Pablo García por parte del cuerpo técnico, pero será precisamente la gestión de Nicolás Larcamón -otra apuesta a contracorriente en esta categoría- la que termine dictando sentencia. Aunque para punto negro, la venta de un jugador diferencial como Jonathan Dubasin y un recambio no del todo definido.
Personalmente, me parece positivo que un entrenador tenga voz en la planificación, aunque no comparto que esa autoridad llegue al punto de imponer nombres sobre la mesa. Una plantilla bien armada debe servir, casi sin excepción, para cualquier modelo y sistema. Y aquí volvemos a la misma palabra: el Sporting arriesga. Toca a la afición darle vueltas a la planificación hasta encontrarle sentido. La versatilidad se impuso sobre cualquier otro criterio, algo que satisface a Larcamón, pero que desde fuera obliga a hacer encaje de bolillos para entender el rompecabezas. Será cuestión de pedagogía, la que imponga el paso de las jornadas y las elecciones del entrenador. Esperemos que solo sea eso y no defectos reales de la planificación. Un Sporting más ambicioso y con una plantilla mejor, diseñada por Orlegi, pero también con un proyecto más expuesto al riesgo: las dudas solo se despejarán a base de victorias.