Escribir en Asturias, hoy

Viste más el preestreno de un taquillazo en un festival de cine que la presentación de un libro


Supongo que los escritores constituimos una rara excepción dentro del ámbito de la cultura, ya que nuestra actividad puede llevarse a cabo con herramientas que cualquier persona, más o menos, tiene al alcance de la mano. No necesitamos, por lo tanto, reivindicar ante las administraciones públicas unas infraestructuras que sí pueden hacerse necesarias en otros ámbitos de la creación (salas de ensayo en el caso de las compañías de teatro o las formaciones musicales, talleres en el caso de los artistas plásticos o alquiler de equipos para producciones audiovisuales, por citar de corrido tres ejemplos que me vienen ahora a la cabeza). Eso, que favorece que nuestra labor se desarrolle en plenas soledad y libertad, como creo que debe ser, tiene también una conclusión perversa: el hecho de no requerir de la mediación de las administraciones en lo que se refiere al ejercicio de nuestra actividad, también conlleva que las administraciones e instituciones públicas perciban la literatura, o actúen respecto a ella, como un elemento secundario dentro de los muchos que determinan su política cultural.

Por un lado es comprensible: viste más el preestreno de un taquillazo en un festival de cine que la presentación de un libro. Sin embargo, no creo que quienes han de responder por la cultura en el plano gubernamental deban preocuparse exclusivamente por aquello susceptible de venderse en el exterior y, por lo tanto, de resultar rentable en el aspecto meramente economicista. Por contra, pienso que el principal objetivo de una política cultural digna de tal nombre debería ser el establecimiento y la consolidación de unos canales adecuados que propicien el contacto entre emisores y receptores. No puedo hablar en lo que respecta a otros ámbitos de la creación, pero sí sé que no es fácil que en el terreno literario esas vías de comunicación estén siempre disponibles ni que la atención que se dispensa a los escritores sea igual que la que se concede a los creadores de otras disciplinas. A modo de ejemplo puramente personal, y será el único que aporte a esta respuesta, cuando hace unos meses me convertí en el primer escritor asturiano que ganaba el premio Rodolfo Walsh -un reconocimiento de carácter internacional que, además, concede el festival literario más antiguo de cuantos se celebran en Asturias- no recibí ni un triste correo electrónico más o menos oficial en el que se me diera la enhorabuena.

No quiero decir que todo esté mal, porque no lo está. Yo mismo pude empezar mi trayectoria literaria gracias a una iniciativa del Gobierno autonómico que sigue en marcha, los premios Asturias Joven, por más que en los últimos años venga languideciendo a causa de las estrecheces presupuestarias. Los menciono aquí porque creo que no miento si digo que los Asturias Joven son una de las acciones más coherentes, sostenidas y fructíferas que se han desarrollado en esta comunidad autónoma, y que ejemplifican bien cómo una política cultural no debe exigir resultados inmediatos, sino sentar bases adecuadas y acomodar circunstancias que faciliten determinados intercambios. Por más que no siempre fuese todo esplendoroso, aunque hubiese en ellos fallos o desajustes, creo que los Asturias Joven han venido creando un importante caldo de cultivo que paulatinamente cristalizó en la gestación de obras importantes. No sé si esa percepción es generalizada, ni si se ha venido manteniendo a lo largo del tiempo. Lo que sí creo es que ese capital que las propias administraciones se ocupan de engendrar -al caso de los Asturias Joven podrían sumarse los del Xosefa Xovellanos de novela o el Teodoro Cuesta de poesía- se desbarata ante la poca atención que en términos generales, y con excepciones consabidas y loables, se presta al hecho literario.

No se trata de que las administraciones sostengan económicamente a los escritores asturianos, pero sí de que los tengan en cuenta y les abran cauces por los que acudir al encuentro de los lectores. Tal cosa no debería resultar muy difícil si se piensa que Asturias cuenta con una espléndida red de bibliotecas y unas cuantas librerías modélicas que subsisten como pueden, dado el escasísimo porcentaje que los presupuestos generales dedican a la promoción de la lectura y al desinterés de algún alto cargo que incluso se atreve a ir diciendo por ahí -no sé si en broma o en serio, en ambos casos resulta un comentario de lo más desacertado- que en los equipamientos públicos asturianos hay ya libros de sobra. No obstante, tampoco me parece que se deba limitar la responsabilidad a las acciones o inacciones del Gobierno: todos hacemos política, en todas las circunstancias de la vida, y ni la cultura ni la literatura constituyen excepciones a la regla. Las iniciativas gubernamentales o institucionales de poco o nada valen si no están acompañadas de una cierta implicación colectiva. La dotación presupuestaria para la adquisición de fondos bibliográficos debería ser el primer eslabón de una cadena en la que también se requiere de la implicación de diversos estamentos -desde la Consejería correspondiente hasta los responsables de cada una de las bibliotecas, pasando por las librerías de cada concejo o localidad- con el fin de visibilizar, valorar y difundir la labor de los autores y las editoriales asturianas, que sobreviven a menudo en condiciones casi heroicas. Si se consiguiese añadir a eso la regulación de un sistema de becas de creación literaria que concediese al año una o dos ayudas cuya cuantía permitiese a sus beneficiarios dedicarse a escribir durante al menos doce meses sin otras preocupaciones a su espalda -al estilo de las que se conceden en otras autonomías, o de las que tienen como objeto otras ramas del arte-, la ecuación podría quedar más o menos completa. Si no, seguiremos escribiendo. Que es, al fin y al cabo, de lo que se trata.

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