Negación, duelo y aceptación de un parado de larga duración

El relato en primera persona de un asturiano de 57 años, con cinco de desempleo a sus espaldas, que compara su experiencia con la muerte de un ser querido


Hace unos años, no muchos según el calendario pero demasiados para el ánimo, estaba enfrascado (entre otras obligaciones) en seleccionar las cestas de Navidad para clientes y trabajadores de la empresa de construcción donde trabajaba. Tenía un buen cargo, jefe de Administración, un buen salario -28.000 euros al año-, mi vida trascurría con absoluta normalidad y nunca, nunca, ni en la más remota de mis pesadillas, podría haberme imaginado que tan solo unos años más tarde llevaría ya cinco años en el paro, que en el camino perdería mi hogar, que debería regresar a casa de mi madre junto con mi mujer para poder compartir gastos de subsistencia y que todos mis ingresos se reducirían a 430 euros al mes.

Tengo ya 57 años, los cumplo este mes, y mi única expectativa real pasa por jubilarme (forzosamente) a los 61 años y seis meses, allá por Mayo de 2022. Y aunque antes esta idea podría parecerme una locura, ahora lo ansío, porque aunque lo que pueda corresponderme (un 75% de mi pensión real) sea muy poco y casi irrisorio con lo que hubiera podido ser, (calculo que me quedaran 840 € al mes) siempre será mucho mejor que lo que ahora percibo y con lo que hoy malvivo.

Mi primer mes en el paro coincidió con las Navidades del año 2012. Fueron tristes, pero las celebramos todavía con buen ánimo, tenía «buenos contactos», «un montón de ideas» y posibles «puertas a las que llamar». Supongo que a todos los que nos ha sucedido algo así, a una edad avanzada para el mundo laboral, siempre soñamos con que «vamos a salir», nunca creemos que tú vas a ser... ese al que le toca quedarse en el camino. Nunca crees que tú vas a perder, nunca te ves así, pero siempre sabes que a alguien le tiene que tocar.

Por supuesto, durante los primeros años luché con todas mis fuerzas, mandé curriculum por internet, mandé curriculum por correo, los llevé en mano, llamé a todos los «contactos», me «dejé ver», gasté dinero en muchos cafés «amargos» con gente amargada que tenía el poder de darte el trabajo soñado, pero que ni siquiera tenía el gesto de pagarse su propio café. Solo recibí buenas palabras y una maldita palmada en el hombro. Después, no podría decir cuando, caí en la depresión, pasaban los días y sentía una inexplicable inquietud como si el día siguiente ocultase una amenaza para mí, tenía miedo de llegar al día siguiente y el peor de todos los días (no sé por qué) era el lunes. Hasta entonces nunca había sentido temor por nada... pero ahora me acostaba y esperaba el día siguiente como quién esperaba el verdugo, a veces tenía sensación de ahogo, miedo a vivir, a veces bebía para luchar contra esa sensación, y eso me ocasionó problemas familiares,

Gracias a Dios tengo una gran mujer que me comprendió y ayudó, no acudí al médico pero conseguí al final salir de ese estado, tampoco tengo muy claro cuándo o como sucedió. Ahora, hoy, me siento bien conmigo mismo, no siento la necesidad de tener que demostrarme nada ni la necesidad de demostrarlo a los demás y eso me da una cierta paz.

He sacado una amarga conclusión: ser parado de larga duración requiere un proceso similar de adaptación al que se recorre ante la muerte de un ser querido. Negación, Duelo y Aceptación, y aquí cada cual y según las distintas naturalezas lo conseguirán recorrer en su totalidad o quedarse quizás en alguna de sus partes. Si fuese así, sería igual que padecer una enfermedad y una pesadilla constante para él y para su familia. En mi caso lo conseguí recorrer en su totalidad, solo me queda desear a quién se encuentre en una situación similar, salud y templanza.

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