El futuro del monte

Los pastos existen por la presión del ser humano, al descender o desaparecer dicha presión, la naturaleza evoluciona y en pocos años se pasan diferentes estadíos ecológicos que culminan en nuevos bosques.

Fotografía facilitada por el naturalista Ignacio Abella de un tejo silvestre en pleno bosque, en Santa Coloma (Asturias).
Fotografía facilitada por el naturalista Ignacio Abella de un tejo silvestre en pleno bosque, en Santa Coloma (Asturias).

En tiempos como los que corren, en los que se oye hablar de la «matorralización del monte», de «bosques sin limpiar» o de la falta de pastos, son muy convenientes las intervenciones como las escuchadas recientemente en la semana de la ciencia de la Universidad de Oviedo.

El paisaje asturiano ha sido modelado por la actividad humana durante siglos; fruto de esa acción del ser humano hay enormes extensiones de praderas, pomaradas y otros usos que se desarrollan donde por naturaleza habría bosques. Pero el devenir de la economía y la tecnología ha  llevado a las personas a las ciudades, a que casi desaparezcan los grandes rebaños trashumantes, que haya muchas aldeas abandonadas y concejos casi fantasmas..., en otras palabras, se ha reducido drásticamente la presión humana sobre el medio.

Dado que los pastos y otros usos existen por la presión del ser humano, al descender o desaparecer dicha presión, lógicamente la naturaleza evoluciona como corresponde y en pocos años se pasan diferentes estadíos ecológicos que culminan en nuevos bosques. Lo que algunas gentes llaman matorralización del campo no es más que el primer paso hacia la creación natural de los bosques. En realidad es la consecuencia lógica y natural de un hecho incontestable: como el ser humano no usa el terreno, porque no lo necesita, la naturaleza sigue su curso.

Cuando mucha gente se refiere a que los bosques están sin limpiar, en realidad se están refiriendo de forma totalmente equivocada a que los bosques tienen vida propia y el ser humano no interfiere en ellos. Esos ecosistemas, como todos, llegan a su culmen y equilibrio sin falta del ser humano. Así sucede en muchos lugares.  Y los incendios no suceden por eso; en realidad ya sabemos todos que los incendios suceden porque hay una mano que enciende un mechero de forma malintencionada.

Si la gente prefiere vivir en ciudades y se marcha del campo, no podemos pretender que el campo tenga el mismo aspecto antropizado. Y si además tenemos en cuenta que en Asturias más del 90% de los alimentos consumidos provienen de fuera, hemos de ser conscientes de que nosotros  mismos nos encargamos de acabar de cargarnos la actividad propia tradicional de las zonas rurales.

Pero no todo son problemas; la expansión del bosque ofrece también ventajas en forma de servicios ecosistémicos. Se puede cuidar y comercializar la producción de castañas, hayucos y otros frutos; habrá más espacio para la biodiversidad, los árboles usarán CO2 y liberarán oxígeno, atenuarán el calentamiento global, protegerán el suelo de la escorrentía, proporcionarán biomasa como recurso forestal, ayudarán a recargar acuíferos...

Si queremos dar un poco de oxígeno a las zonas rurales, hay que tener todo esto en cuenta y tomar medidas. Pero no hay que esperar a que haya medidas legislativas. También la gente de a pie puede hacer mucho, promocionando y dándole valor a los productos de nuestra tierra,  no aferrándose a lo que ya no tiene solución sino sabiendo aprovechar las nuevas circunstancias, dando paso a nuevos modelos socioeconómicos y a nuevos usos. Cuanto más tiempo queramos aferrarnos a lo sentimental, más grande será la herida.

El tiempo pasa, queramos o no. Y hay una norma en ecología que no podemos olvidar, porque afecta a todos los seres vivos, incluido por supuesto el ser humano: el futuro no es del más fuerte, o del más hábil, sino del que mejor se adapta a los cambios.

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