Pensionistas y movimientos sociales como poder político

El presidente de la Asociación de Pensionistas de Asturias analiza los retos a los que se enfrenta el colectivo

La cabecera de la manifestación de los pensionistas en Gijón
La cabecera de la manifestación de los pensionistas en Gijón

Llegados al inicio de la estación estival, cabe hacer algunas reflexiones sobre lo que han supuesto en nuestro país las movilizaciones sociales en este convulso semestre que termina, en especial sobre las de los pensionistas, pero no sólo: ahí estuvieron también las del 8 de marzo, ya acuñado como el 8M, cuyo desgarrador grito de las mujeres en toda la geografía del Estado supuso que el nuevo Gobierno, traído por la corrupción del anterior, sea, por fin, de signo feminista. Tampoco podemos olvidar las numerosas manifestaciones contra la represión, amparada por la Ley Mordaza, ley a la que todo apunta que su derogación sea una realidad más pronto que tarde. También a nivel estatal podemos encontrar espacios de lucha coordinados contra el paro, los bajos salarios y la precariedad, lacra -dicho sea de paso- que convierte a nuestro país en el vergonzoso campeón de la Unión Europea en desigualdad, por delante de Bulgaria, Grecia y Lituania, según recoge el informe de la Comisión Europea del año 2017.  Ya en otro plano, tenemos las movilizaciones organizadas para resolver problemas de ámbito local, en las cuales podemos encontrar participando incluso al ciudadano o ciudadana que repite el clásico «yo no me meto en política». Y es que quienes llevamos ya algunos lustros en este mundillo de los movimientos sociales, y ahora hemos recalado en el de los pensionistas, ese sarcasmo que significa «yo no me meto en política» nos chirría especialmente porque nos retrotrae a la larga noche de la dictadura, cuando los que sí practicaban la política -y cómo- nos la presentaban como un coto cerrado para ellos. En realidad, la política más pura y noble es la que practican de modo altruista los movimientos sociales con sus reivindicaciones en las plazas y calles, (o salvando vidas en el Mediterráneo), política que en numerosos casos cristaliza en normativas municipales o leyes.

Pero dicho eso, conviene también poner de manifiesto que no pocos espacios sociales necesitan de cierta pedagogía para que sean conscientes de que el sentido fetichista que dan a su colectivo y la visceral e innecesaria defensa que hacen del mismo les lleva a comportamientos por una parte de sus integrantes más propios de hooligans que del noble activismo social. Y ese rasgo negativo lo encontramos en demasiadas ocasiones cuando descendemos desde una mirada a vista de pájaro hasta el ras del suelo y palpamos que allí, en la plaza o calle, no necesariamente todos ni todas son lo mejor de cada casa, sino que hay de todo, como en la viña del Señor. Son esos comportamientos de algunas personas los que hacen estéril el trabajo del resto, debido a su afán por buscar al enemigo en otro colectivo social que le es próximo o incluso en el suyo propio.

Hasta aquí, este extenso preámbulo que intenta situar sin adornos a un sector de nuestra sociedad, muy generoso y desprendido, que se embarca en las nobles causas que empujan decididamente en la dirección de bien común.

Entrando ya en la concreción de lo que ha supuesto el tsunami del movimiento de los pensionistas, y en cómo su activismo de carácter social se traduce en medidas netamente políticas, podemos decir que su primer logro fue haber despertado de su larga siesta a los principales sindicatos del país, que vieron cómo los colectivos independientes de pensionistas estábamos llenando el enorme vacío que ellos habían dejado. En este sentido, cabe recordar la prontitud con la que actuaron, por ejemplo, aquí en Asturias, las cúpulas de CC.OO. y UGT, que, alertadas por el éxito que había tenido la masiva manifestación convocada para el pasado 22 de febrero por la Asociación de Pensionistas de Asturias y la Asociación de Pensionistas de Gijón, cuando las dos asociaciones anunciaron la convocatoria de una nueva manifestación, esta vez en Gijón, para el 17 de marzo, los mencionados sindicatos convocaron rápidamente su propia manifestación para el mismo día, pero en Oviedo, con el fin de negociar con esa carta en la manga su integración en la convocatoria de la de Gijón a cambio de retirar ellos la de Oviedo, lo cual supuso que el 17 de marzo de este convulso año 2018 viviéramos una de las mayores manifestaciones de Asturias de los últimos años.

¿Supone, en consecuencia, que los colectivos de los pensionistas han venido para vigilar las esencias de las organizaciones sindicales? En absoluto. Los sindicatos, si se comportan como organizaciones realmente de clase -a diferencia de los llamados sindicatos amarillos, que tan sólo juegan un papel testimonial- son elementos fundamentales para los trabajadores y, por qué no, para los pensionistas, porque la realidad nos dice que allí donde los sindicatos de trabajadores son fuertes los ciudadanos gozan de mejores condiciones de vida. Por tanto, que los colectivos de pensionistas hayan venido para quedarse, o no, sólo depende de si los sindicatos asumen su papel histórico o se duerman en los laureles. A corto y medio plazo, todo parece que en este país sindicatos y colectivos de pensionistas estaremos obligados a coexistir.

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