Pensionistas y movimientos sociales como poder político

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La cabecera de la manifestación de los pensionistas en Gijón
La cabecera de la manifestación de los pensionistas en Gijón

El presidente de la Asociación de Pensionistas de Asturias analiza los retos a los que se enfrenta el colectivo

19 jun 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

Llegados al inicio de la estación estival, cabe hacer algunas reflexiones sobre lo que han supuesto en nuestro país las movilizaciones sociales en este convulso semestre que termina, en especial sobre las de los pensionistas, pero no sólo: ahí estuvieron también las del 8 de marzo, ya acuñado como el 8M, cuyo desgarrador grito de las mujeres en toda la geografía del Estado supuso que el nuevo Gobierno, traído por la corrupción del anterior, sea, por fin, de signo feminista. Tampoco podemos olvidar las numerosas manifestaciones contra la represión, amparada por la Ley Mordaza, ley a la que todo apunta que su derogación sea una realidad más pronto que tarde. También a nivel estatal podemos encontrar espacios de lucha coordinados contra el paro, los bajos salarios y la precariedad, lacra -dicho sea de paso- que convierte a nuestro país en el vergonzoso campeón de la Unión Europea en desigualdad, por delante de Bulgaria, Grecia y Lituania, según recoge el informe de la Comisión Europea del año 2017.  Ya en otro plano, tenemos las movilizaciones organizadas para resolver problemas de ámbito local, en las cuales podemos encontrar participando incluso al ciudadano o ciudadana que repite el clásico «yo no me meto en política». Y es que quienes llevamos ya algunos lustros en este mundillo de los movimientos sociales, y ahora hemos recalado en el de los pensionistas, ese sarcasmo que significa «yo no me meto en política» nos chirría especialmente porque nos retrotrae a la larga noche de la dictadura, cuando los que sí practicaban la política -y cómo- nos la presentaban como un coto cerrado para ellos. En realidad, la política más pura y noble es la que practican de modo altruista los movimientos sociales con sus reivindicaciones en las plazas y calles, (o salvando vidas en el Mediterráneo), política que en numerosos casos cristaliza en normativas municipales o leyes.

Pero dicho eso, conviene también poner de manifiesto que no pocos espacios sociales necesitan de cierta pedagogía para que sean conscientes de que el sentido fetichista que dan a su colectivo y la visceral e innecesaria defensa que hacen del mismo les lleva a comportamientos por una parte de sus integrantes más propios de hooligans que del noble activismo social. Y ese rasgo negativo lo encontramos en demasiadas ocasiones cuando descendemos desde una mirada a vista de pájaro hasta el ras del suelo y palpamos que allí, en la plaza o calle, no necesariamente todos ni todas son lo mejor de cada casa, sino que hay de todo, como en la viña del Señor. Son esos comportamientos de algunas personas los que hacen estéril el trabajo del resto, debido a su afán por buscar al enemigo en otro colectivo social que le es próximo o incluso en el suyo propio.

Hasta aquí, este extenso preámbulo que intenta situar sin adornos a un sector de nuestra sociedad, muy generoso y desprendido, que se embarca en las nobles causas que empujan decididamente en la dirección de bien común.