Los vecinos de Orillamar, donde ayer ardió una chabola, ven como les deniegan el alquiler de pisos al comprobar su raza El imprescindible acento gitano necesario para cantar flamenco -uno de los escasos artes que exporta España- es en cambio poco recomendable para realizar algo tan cercano como alquilar un piso. Para que los niños no pasen frío. Para poder abandonar los arcones de Orillamar y que, tal y como el Ayuntamiento les ha prometido, se les construyan unas viviendas como Dios -el de todos- manda. Manuel Jiménez, más de tres décadas de trabajador en el puerto, «yo llevé vida paya hasta que me jubilé», dice, es su interlocutor y vive la paradójica situación de encontrar el apoyo de los no gitanos y, a la vez, sufrir la intransigencia con su raza.
PACHO RODRÍGUEZ