Una nutrida representación del gremio festejó ayer a su patrón en la ermita de San Cristóbal Tienen callos en las manos de tanto cambiar de marcha, de tanto girar el volante, y una paciencia a prueba de pelmas. Y tienen también un ángel de la guarda, que a veces se despista. Ayer, los taxistas de la ciudad (no todos, pero casi la mitad) se permitieron unas horas de respiro para oír misa a mediodía en la ermita de San Cristóbal, su santo protector. El cura bendijo sus vehículos y ellos desearon que: «No me arrastre el vértigo de la velocidad».