Costureras de la mar
El progreso introdujo numerosas modificaciones en la artesanal tarea de hacer y reparar redes «Una, dos, tres, cuatro...» y otra vez a empezar. Esa era la cantinela que, durante muchos años, se escuchó en los puertos barbanzanos. Salía de la boca de las rederas. Era una actividad que daba vida a los muelles cuando los maridos, los padres o los hijos de estas mujeres luchaban en el mar por traer el pan a casa. Pero la modernidad también hizo mella en este oficio, todavía artesanal en muchas zonas, pero en el que ya hay pocas trabajadoras. Y las que quedan ya no se afanan desde que sale el sol hasta que se oculta en las calles o en los muelles. Lo hacen en los bajos de los edificios o en galpones donde guardan los útiles.
MARÍA JOSÉ MIYARES