La noche de hogueras se convirtió en un maratón de alcohol para cerca de un centenar de jóvenes No era el humo de las hogueras, no, ni la magia de una noche meiga. Aunque algo de hechizo tenía aquello de ver todo por duplicado. Lástima que de la abundancia se pasó a la nada, a caer al vacío con un tambor en la cabeza y el estómago como una alcantarilla haciendo gárgaras. Más de uno, y de dos, cerca de un centenar, llegaron a ver a San Juan doble antes de no poder más, vomitar el conjuro del orujo y acabar sobre una camilla. En el hospital. A otro Juan, el Canalejo, le tocó la resaca a tamaño familiar. Como si de un virus contagioso se tratase, una legión de jóvenes cargados de copas saturaron el servicio de Urgencias en la madrugada -menos mal- más corta del año.
REDACCIÓN