«A polo cabalo! Ide a polo cabalo!», gritaba el público desde la grada. Pero la tarea no era fácil. Si ya no lo es tumbar a una yegua salvaje para cortarle las crines, mucho menos lo es intentarlo con el macho de la manada. Pero a fuerza de empeño y trabajo en equipo, se consiguió. Vaya si se consiguió. Con más o menos técnica, con mayor o menor acierto, a veces a la primera y a veces tras varios intentos, pero los aloitadores fueron abriéndose paso y dándole al público la dosis justa de espectáculo que este ritual ancestral requiere. Porque en el fondo -exhibición y fiesta aparte- lo que uno ve en la rapa no es más que un ejercicio de aprecio y cuidado hacia estos animales que durante todo el año habitan, recorren y limpian el Monte Faro.
Basilio Bello