Voto a los 16, ni de coña


Resulta que hay un antiguo, superpoblado y seguramente hipersalariado organismo llamado Consejo de Europa, confiese que le suena pero no tiene ni idea de su función; a ese organismo, decía, no se le ocurrió nada mejor que hacer un día de semana que proponer que el voto se rebaje en toda Europa hasta los 16 años. Yo no sé los adolescentes noruegos o daneses, pero lo que es los nuestros, no lo veo, la verdad. Vamos, mirando atrás no me veo a mis 16 votando nada que no tuviera que ver con el cine, los cómics, las chicas, los amenazante selectividad y el tenis, y no precisamente por ese orden. Tal vez a mis 16 yo era un inmaduro y nada sabía del sistema político del que debería haber sabido a fondo como para votar. Tal vez. Haga usted examen de conciencia y afirme que su militancia de entonces, si es que tenía alguna, estaba de verdad bien documentada. Sin mentir.

No me malinterpreten. Los jóvenes no son tontos por ser jóvenes: son sólo jóvenes. Es un valor. Y ojalá no fuera así, pero la verdad es que eso se cura con el tiempo. Para algunos, claro está. Porque una fuerza política tan madura como ERC tomó el testigo de un Consejo de Europa que seguramente se la trae al pairo, y aprovechó el atragantón del Parlamento en su deseo de aprobar la reforma de la Ley Orgánica del Régimen Electoral General (Loreg) para meter de rondón la enmienda de marras en una votación del Congreso.

El asunto ha pasado sin mucha pena ni gloria dado el barullo político de estos días, pero tiene su gracia. Resulta que además de los independentistas, los grandes partidos de la izquierda, PSOE y Podemos, apoyaban la propuesta sin ton ni son. El PSOE se la juega con fuego, porque igual acaba teniendo como presidente al delegado de COU y como diputados a todos los de la ESO. Pero faltaron cinco de ellos, y el resto de la cámara la rechazó. De modo que algunos diputados fueron, digamos, escasamente responsables y conscientes del poder de su voto. O lo hicieron a propósito, que estos días los votos los carga el diablo.

Seamos sensatos. Hay niños con mucho más sentido común en un dedo que todos los miembros de la cámara baja en sus cabezas, no me cabe duda. Mi hija de siete años dice cosas sobre la política que harían avergonzarse a ejecutivas enteras: para eso no hace falta más que ojear los periódicos. Pero de ahí a la paidocracia hay un salto nada serio.

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