La Unión Europea se descose

Una cascada incesante de conflictos amenaza con reducir a cenizas el proyecto europeo


bruselas / corresponsal

«El obstáculo reside en la imaginación del hombre», sostenía uno de nuestros europeístas más ilustres, Salvador de Madariaga. El coruñés recibió el premio Carlomagno por su contribución a la unidad europea en 1973. Hoy comparte espacio y galardón con los mismos líderes que han mutilado en los últimos años el ingenio y legado de los padres fundadores. El ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, fue laureado en el 2012, tres años antes de intentar romper el euro con una salida abrupta de Grecia. El actual presidente de la Comisión, Jean Claude Juncker, lo recibió en el 2006 mientras su Gobierno facilitaba a las multinacionales la evasión de impuestos a costa de los contribuyentes europeos. 2008 fue el año de la canciller Angela Merkel, instigadora de la brecha que divide al norte y sur de la UE. Falta imaginación, pero también liderazgo y altura de miras para apagar los cinco incendios que hoy asolan la Unión Europea desde sus cimientos. Nunca antes en su historia el proyecto europeo se había visto tan amenazado. 

Refugiados

Cierre de fronteras. «No vengan a Europa», fue el mensaje desesperado que lanzó el presidente del Consejo, Donald Tusk, en marzo. La UE, incapaz de gestionar sus fronteras externas, recibió en el 2015 a más de 1.8 millones de migrantes. Alemania abrió sus puertas el pasado agosto, una decisión de la que Angela Merkel se arrepentiría. La oleada de refugiados precipitó el cierre de fronteras, broncas entre socios y la construcción de vallas en los Balcanes y Centroeuropa, principal ruta de paso. Hoy siguen vigentes los controles en cinco países del espacio Schengen (Austria, Noruega, Suecia, Dinamarca y Alemania). Bruselas es incapaz de reinstaurar la libre circulación de personas en la UE. En lo que llevamos de año han llegado por el Mediterráneo 194.700 personas, según la OIM. En Grecia la situación no mejora. Al menos 54.000 personas siguen atrapadas en el país a pesar de que las llegadas han caído un 90%. Los socios no colaboran en las reubicaciones para aliviar la carga. Centroeuropa se niega a acatar las cuotas y el acuerdo migratorio con Turquía pende de un hilo. La deriva autoritaria de su presidente, Erdogan, no facilita las cosas. Las autoridades europeas se afanan en esconder bajo la alfombra la violación sistemática de los derechos humanos en el país otomano. Sin el control turco, la crisis puede arreciar con la llegada del verano y Ankara amenaza con tumbar el acuerdo si no se liberalizan los visados. Mientras tanto, los flujos se desvían hacia el Mediterráneo central. En el último naufragio cercano a costas libias, los activistas reconocieron la presencia de sirios e iraquíes. Bruselas niega el cambio de ruta, pero Italia pide planes de contingencia urgentes.

Terrorismo

Yihadistas europeos. París y Bruselas sufrieron en sus carnes el yihadismo. A diferencia de otras ocasiones, los terroristas eran ciudadanos europeos. El reclutamiento emprendido por el Estado Islámico (EI) es un desafío nuevo para las autoridades europeas, que se equivocaron al rebajar la amenaza a los llamados «lobos solitarios». Al menos 5.000 ciudadanos nacidos en la UE partieron hacia Siria para enrolarse en el EI, según Europol. Un tercio de ellos han vuelto. Un alto porcentaje se han integrado en las redes preparadas para volver a atacar. Autoridades y servicios de inteligencia nacionales fallaron estrepitosamente a la hora de prevenir los atentados. «Siguen sin compartir información», aseguran fuentes diplomáticas. Ni se atajó la radicalización ni se sabe cómo rehabilitar a los yihadistas entre rejas. El problema puede empeorar si no se pone fin al conflicto sirio y si no se logra estabilizar el nuevo Gobierno libio. El EI ha convertido el país en un centro de operaciones a las puertas del Continente europeo. 

«Brexit»

Riesgo de ruptura. «La agenda está totalmente parada por el referendo británico», aseguran fuentes de la Comisión. Si hay un riesgo de ruptura inminente, es el brexit, la salida del Reino Unido del club de los 28 tras 40 años de pertenencia. La votación tendrá lugar el próximo 23 de junio. La crisis migratoria, el rumbo errático de la UE y las falsas promesas de los euroescépticos han sembrado el camino para el no. Las consecuencias políticas y económicas serían desastrosas. Francia, Alemania e Italia se reunieron esta última semana con la mano derecha del presidente de la Comisión para vislumbrar un plan B.

Entre el populismo y la revuelta social

Hay otros dos focos de tensión importantes que tampoco se ha sabido neutralizar: El descontento social y el populismo. 

Ola antieuropeísta

Fracaso del bipartidismo. Inmigración, rescates, recortes... Es el alimento de las fuerzas populistas, que se extienden, según Tusk, «desde España hasta Escandinavia». El fracaso del bipartidismo (conservadores y socialdemócratas) avivó el fuego en multitud de países donde fuerzas extremistas se han alzado como protagonista de las contiendas electorales apelando al hartazgo social. El Frente Nacional en Francia, el Partido de la Libertad en Holanda o el ultranacionalista Alternativa por Alemania (AfD) ganan adeptos. Los ultraderechistas austríacos quedaron a unos 20.000 votos de lograr la presidencia la semana pasada y en países como Finlandia, los euroescépticos gobiernan. El populismo extiende su mancha más allá y ha contagiado a algunos socialdemócratas que han vendido valores por votos, como el primer ministro eslovaco, Rober Fico, quien apeló a la «tradición cristiana» de su país para rechazar refugiados. Bruselas también mantiene un pulso personal con el nuevo Gobierno polaco, liderado por el partido euroescéptico Ley y Justicia, por la peligrosa deriva antidemocrática de su Ejecutivo. 

Inestabilidad

Huelgas y disturbios. Ahí no terminan los problemas para la UE. La crisis griega se ha cerrado en falso y solo se está aplazando un nuevo estallido. El Gobierno de Syriza ya no cuenta con el apoyo social de antaño. La capitulación ante la troika y los recortes han desgastado al partido y a su líder, Alexis Tsipras, incapaz de convencer a los griegos de la necesidad de recortar pensiones y subir impuestos. La tensión social también ha estallado en Francia, con revueltas y manifestaciones lideradas por los sindicatos contra la nueva reforma laboral que planea el Gobierno de Hollande. La austeridad ha llegado al vecino galo, que apenas se inmutó cuando los que gritaban eran españoles y portugueses. En Bélgica es difícil recordar un día sin huelga. Los enfrentamientos con las autoridades se multiplican. España sigue ensimismada con sus elecciones mientras Bruselas trata de contener los nervios y mantener a flote el bipartidismo. El nuevo Ejecutivo que salga de las urnas puede inclinar la balanza en Europa en favor de las fuerzas que defienden una mayor flexibilidad presupuestaria y más programas de estímulo (Francia, Italia, Portugal y Grecia) o bien blindar la senda de austeridad defendida por Berlín.

Desfallece el eje franco-alemán

El proyecto europeo necesita un nuevo impulso que debería venir del tradicional eje franco-alemán, pero este desfallece y se muestra incapaz de cerrar las crisis que se han venido abriendo desde el inicio de la crisis económica. En este contexto el presidente francés François Hollande y la canciller Angela Merkel se reúnen hoy en Francia, para conmemorar la batalla de Verdún. La contienda, una de las más salvajes que se recuerdan de la I Guerra Mundial, se cobró la vida de 300.000 personas. Cien años después de aquel episodio, París y Berlín se han reconciliado y buscan la forma de aunar fuerzas contra otro enemigo común. La «Europa enferma del mal del populismo», según alertó el líder galo, quien hoy convertirá el estado de crisis de la UE en el centro del debate y la reflexión de una jornada marcada por los homenajes. Uno de los temas que deberán abordar es la difícil reconstrucción de las relaciones con Rusia, muy deterioradas tras la invasión de Crimea y la ocupación del este de Ucrania. La nueva política expansionista del Kremlin en su frontera occidental se ha convertido en una amenaza existencial para los socios bálticos.

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