Luxemburgo enfurece a Hungría al exigir que sea expulsada de la Unión Europea

La petición del ministro de Exteriores Jean Asselborn incendia Europa a unos días de la trascendental cumbre de Bratislava

El húngaro Orbay y la polaca Szydlo lideran la rebelión de Visegrado contra la Comisión.
El húngaro Orbay y la polaca Szydlo lideran la rebelión de Visegrado contra la Comisión.

Bruselas / Corresponsal

«Aquellos que, como Hungría, construyen vallas contra los refugiados de guerra o violan la libertad de prensa o la independencia de la Justicia deberían ser expulsados de la Unión Europea de forma temporal o para siempre, si es necesario», declaró ayer el ministro de Exteriores luxemburgués, Jean Asselborn, en una entrevista al diario Die Welt. La declaración, firme y clara, es una invitación al divorcio, a una nueva ruptura tras el brexit. Pero también es un retrato mismo de la frustración, la impotencia, la desconfianza y la incomprensión que comparten los socios europeos en el momento más crítico que vive la UE desde su fundación, a mediados del siglo pasado. 

La UE no se resquebraja. Está resquebrajada. Las distancias entre el norte y el sur, el este y el oeste, se muestran insalvables. Hay quienes no tienen miedo a violar con impunidad sus  principios y valores democráticos, como el primer ministro húngaro, Viktor Orban, blanco de todas las críticas por el trato inhumano dispensado a los refugiados. «La valla que está construyendo para detenerlos es cada vez más larga, más alta y más peligrosa. Ya no están tan lejos de ordenar abrir fuego contra ellos», advirtió Asselborn.

El mensaje también va dirigido a la primera ministra polaca, Beata Szydlo, cuyo Gobierno ha tomado el control de la Justicia, y contra el Ejecutivo eslovaco, que mantiene el pulso con Bruselas negándose a acoger a un solo refugiado. Las provocaciones de los países del grupo de Visegrado [Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia] han colmado la paciencia de algunos socios. Asselborn ha sido el primero en sugerir una ruptura política para mantener a flote la cohesión del resto del bloque comunitario, pero no es el único que alberga ese pensamiento. «Es un condescendiente, un arrogante y un frustrado», le espetó su homólogo húngaro, Peter Szijjaito, a solo unos días de que sus líderes se vean las caras en la cumbre de Bratislava, donde esperan encarrilar el futuro de la UE.  

Bomba de relojería

La deriva autoritaria de algunos países no es la única crisis que amenaza con fundir en negro el proyecto europeo. El cóctel de crisis sin resolver que atesora la UE es una bomba de relojería. Hasta ahora el presidente de la Comisión, Jean Claude Juncker, el de «la última oportunidad», no la ha sabido detener. Hoy tendrá que dirigirse a los ciudadanos europeos en su discurso del estado de la Unión y proponer un plan de rescate completo antes de que el barco se vaya a pique.

El brexit ha dejado fuera de la UE al Reino Unido, la tercera mayor economía del bloque. El terrorismo ha puesto en evidencia la falta de cooperación y confianza entre los servicios de inteligencia europeos. La crisis migratoria sigue legando imágenes terroríficas y escenas de insolidaridad lamentables casi a diario. De los 160.000 migrantes que debían ser reubicados desde Grecia e Italia, solo 3.000 han sido trasladados por el rechazo de algunos socios a cumplir con las cuotas asignadas. La retórica xenófoba y reaccionaria ha insuflado aire a la ultraderecha y los partidos populistas no dejan de apuntarse tantos, elección tras elección. La guinda al pastel de desdichas es la interminable crisis económica. La contienda entre el norte y el sur sigue abierta. Alemania y los halcones del euro se resisten a abandonar la senda del ayuno presupuestario. Sus socios meridionales (Francia e Italia) no pueden resistir más tiempo.

La situación es tal que el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, consideró ayer un «error fatal» asumir que las razones que llevaron a los británicos a votar por la salida de la UE, como el euroescepticismo o el populismo, son situaciones propias únicamente del Reino Unido. La frase está en la carta de invitación a la cumbre informal del viernes en Bratislava.

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