Un caos que hace añorar a Moamar Gadafi

Se cumplen cinco años del asesinato del dictador libio


Redacción / La Voz

Hace cinco años Moamar Gadafi se convirtió en el tercer dictador árabe en caer y el primero en ser linchado. Con su muerte se daba por finalizada la guerra civil y las capitales de Occidente celebraba un nuevo triunfo del pueblo contra una dictadura -facilitado por los bombardeos liderados por Cameron y Sarkozy- en aquel sueño de democracia que se llamó la Primavera Árabe. Los conocedores del mundo árabe solo vieron un grave riesgo de guerra civil. Abierta la caja de Pandora, el sueño de un régimen democrático chocaba con los intereses de la maraña de tribus que solo el férreo régimen de Gadafi había sido capaz de controlar con un frágil equilibrio entre lealtades y traiciones, a imagen y semejanza del que Sadam Huseín había tejido en Irak.

Cinco años después, Sirte, la ciudad natal de Gadafi, es un nido de yihadistas a tan solo 300 kilómetros de Europa. Hace dos días, el Mando África de Estados Unidos (Africom) daba cuenta del incrementó de los bombardeos contra el bastión del Estado Islámico, tras seis meses de dura ofensiva. La filial libia del califato cuenta con entre 4.000 y 6.000 combatientes, el doble de los que tenía hace apenas año y medio. Ha crecido al mismo ritmo que la guerra en este Estado fallido, donde los traficantes de personas campan a sus anchas mandando al Mediterráneo a miles de inmigrantes en endebles y saturadas lanchas.

El caos libio se agudizó aún más el pasado fin de semana tras el intento de derrocar al Gobierno de unidad nacional a cargo de Fayez Serraj, el último intento de las grandes potencias y la ONU para estabilizar Libia. Ahora mismo, en el país hay tres gobiernos: dos en Trípoli y otro en Tobruk, que domina las regiones del este y controla los principales recursos petroleros. El general Jalifa Haftar, que exmilitar de Gadafi y dos décadas después su principal opositor, se ha convertido en el máximo escollo para la paz. Apoyado por El Cairo, Haftar ha boicoteado una y otra vez el proyecto de la ONU y su único objetivo es instaurar una dictadura a semejanza del presidente egipcio, Abdel Fatah al Sisi.

La economía lleva años cayendo en picado. Los campos petroleros solo producen una quinta parte de su capacidad y la exportación se ve alterada por los continuos enfrentamiento armados.

Los libios soñaban con un futuro mejor sin Gadafi. Hoy sus expectativas son mucho más modestas. «Vivir seguros, disponer de electricidad, de combustible, de un salario y enviar a los niños al colegio. No pedimos nada más», resumía a France Press Mahmud, un tripolitano de 35 años.

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