Ahí os quedáis

Obama se despide de una Europa que ha cambiado en los últimos cuatro años. Ahora el foco de preocupaciones ya no está en los países del sur del continente


La Voz

Relato de tres viajes relámpago a Alemania como metáfora de lo que ha pasado en el mundo en los últimos cuatro años: 

1) Finales de enero del 2013. España cree haberse sacudido la amenaza del colapso financiero y Rajoy acude a una cumbre bilateral con Merkel. Para preparar el terreno, la embajada alemana en Madrid organiza en los días previos un viaje de directores de medios españoles. Se trata de una ronda de coloquios con representantes institucionales y con un objetivo común: transmitir su inquietud por que un sentimiento antigermánico haya prendido en el sur de Europa, también en la España del sol y la paella que tan bien ha tratado siempre a los alemanes.

En el tablero de ajedrez que ha dibujado el directorio europeo, España es una pieza crucial. Berlín da por perdida a Grecia, aunque aún falten dos años para la victoria de Syriza, y cree tener bien encauzado el asunto portugués. Nos avisan del inminente rescate de Chipre. Sería obra menor, si no fuera porque hay que pasarlo a aprobación al Parlamento federal, que recoge la opinión mayoritaria del electorado alemán de que con los europeos del sur es mejor ponerse una vez colorados que diez rojos. Justo en esos días, Italia es una incógnita porque Berlusconi da sus últimos coletazos políticos con una campaña electoral claramente anti-alemana. Francia empieza a mostrar los mismos síntomas de resfriado con los que cayeron enfermos el resto de vecinos del sur.

Lo único que verdaderamente parece bajo control es la España de Rajoy y su mayoría absoluta. Podemos aún está en estado de gestación (nacería más de un año después, dando su primer golpe en la mesa de las elecciones europeas del 2014) y las peores semanas en las que los españoles conocíamos el cierre diario de la prima de riesgo van camino de convertirse en un recuerdo macabro.

En el ámbito global, el mundo musulmán muestra también algún que otro brote verde. La primavera árabe que tuvo lugar dos años antes ya ha dado sus frutos. Coincidiendo con la delegación española, previa a la llegada de Rajoy, esa tarde aterriza en Berlín el presidente egipcio Mohamed Mursi. Las medidas de seguridad son impresionantes, los helicópteros de la policía atruenan el cielo de Berlín durante toda la noche.

El segundo día en la capital federal, los periodistas españoles se desayunan con sus móviles echando humo: un periódico de Madrid ha publicado en su portada los documentos que podrían probar que la cúpula del PP cobró sobresueldos de dinero negro procedente de comisiones por obra pública. Aquella mañana aún no habían sido bautizados como «los papeles de Bárcenas».

La misión da un giro. Los periodistas ya no preguntan, sino que contestan las preguntas de los sorprendidos altos funcionarios de la cancillería: ¿Qué va a pasar ahora en España? ¿Tendrá que convocar Rajoy elecciones? ¿Peligra la mayoría absoluta? ¿Tiene que ocurrir esto ahora, justo ahora, en la única región del mapa que teníamos bajo control?

Ante la que parece que se avecina, uno de los interlocutores, de menor perfil político, alto directivo de la asociación de cámaras de comercio, aboga directamente por una gran alianza a la alemana entre PP y PSOE que otorgue a España una década de estabilidad para acometer las reformas pendientes. Para poner en valor su ojo de lince conviene insistir en que Podemos no existe y Pablo Iglesias aún no tiene silla fija en los platós.

Especialmente preocupado por las noticias que llegan de Madrid parece Jens Weidmann. Joven, rubio, alemán. Apenas lleva un año como presidente del Bundesbank, pero ya es considerado el gran cancerbero del directorio europeo. Desde un austero despacho en la nada austera sede del banco central, a las afueras de Fráncfort, hace un diagnóstico profético de lo que queda por venir: España está haciendo los deberes y llevando a cabo las reformas necesarias, pero no debe bajar la guardia, porque la crisis durará diez años y Europa tiene que reubicarse en el nuevo mundo globalizado, en el que las potencias emergentes ya no solo fabrican artículos baratos para los bazares de todo a cien.

2) Septiembre del 2015, convención anual de un gran operador publicitario. Desde el último piso del edificio más alto de Colonia, la cuenca del Rhin muestra todo el poderío de la gran potencia industrial. Las chimeneas humeantes, los trenes de dos pisos que van y vienen llevando obreros a las fábricas. El gran coloso aún sigue siendo el tercer exportador del planeta. Es el milagro de la postguerra, la economía social de mercado de Adenauer: gran pacto social entre empresas y sindicatos, un 7 % de paro, potente entramado de banca pública que inyecta crédito en las arterias de las pymes. No es la ría de Bilbao en los 70. Es Renania del Norte, el corazón de Europa, en el año 2015. 

3) Miércoles de esta semana, evento anual de Google con los principales grupos editoriales europeos en Berlín. De nuevo hay un invitado ilustre en la ciudad. Obama viene a despedirse de su amiga Merkel y, en general, de una Europa que, como a Woody Allen, le quiere más que sus compatriotas. Escoltado por más de medio centenar de vehículos y un helicóptero de guerra que podría volver a bombardear el Bundestag, la Bestia, el coche más robusto jamás fabricado, avanza por la avenida 17 de junio, pasa frente a la puerta de Brandemburgo y gira a la derecha camino del hotel Adlon, fortín en el que Angela y Barack cenarán y, sin duda, le darán un buen repaso al tablero de ajedrez. La partida se ha dado la vuelta en estos cuatro años. Ganan las negras. Mursi se acaba de salvar de milagro de una condena a muerte y Egipto es el polvorín en el que se ha refugiado Al Bagdadi, el califa del Isis, tras su huida de Mosul. Europa contiene el aliento a la espera del siguiente zarpazo yijadista. La duda es dónde y cuándo. La primavera árabe ha derivado en el mayor éxodo de la historia, y la crisis de refugiados ha mostrado la peor cara de Europa. Le Pen cuenta las horas para que se abran las urnas en Francia. Reino Unido le acaba de plantear a su pareja de hecho demanda de divorcio. Berlín tiene que decidir ahora si el Brexit será amistoso o una separación traumática. Siempre Alemania en la ingrata tarea de decidir cuánto se tensa la soga.

La gripe, ya neumonía, no es solo europea. A la Casa Blanca está a punto de llegar un señor de origen alemán y esposa eslovena, pero que ha sabido seducir mejor que nadie al genuino votante americano. Entre la cuenca del Rhin y el cinturón de acero (ahora oxidado) de los estados que han dado la victoria a Trump hay una generación de diferencia. El magnate de gustos dorados acaba de ganar las elecciones prometiendo, entre otras cosas, un iPhone made in USA. La realidad es que los mejores semiconductores del teléfono más sexi se siguen fabricando en las plantas alemanas de Bosch.

Pero, ay, también Alemania empieza a dar síntomas de costipado. La locomotora se ha ralentizado hasta un insignificante crecimiento del PIB del 0,2%. Los balances del Deutsche Bank huelen a podrido y el BCE recibe acusaciones de haber hecho la vista gorda en los test de estrés. La crisis de los refugiados ha reavivado el virus del nacionalismo y la xenofobia: Alternativa para Alemania, partido abiertamente islamófobo creado hace tres años, tiene ya presencia en la mayor parte de parlamentos regionales y avanza con paso firme a las temidas elecciones generales de septiembre.

Al último brindis de Berlín se sumaron ayer May, Renzi, Hollande y Rajoy. Angela comió a solas con Mariano y le colmó de atenciones: «Tienes la piel de elefante». Antes de subirse a La Bestia camino del aeropuerto de Tegel, Obama pareció aliviado, como diciendo, «esto que lo arregle otro, ahí os quedáis».

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