Redacción / La Voz

El secuestro del avión llevado a Malta por dos seguidores de Muamar Gadafi ha tenido un móvil incierto: la liberación de Saif al Islam, hijo del extinto líder de la revolución del país norteafricano, para fundar un partido gadafista. Incierto porque no se sabe qué ha sido del, en su día, heredero del régimen, reclamado por la Corte Penal Internacional como criminal de guerra, condenado (en ausencia) por un tribunal constituido bajo la protección del Gobierno de Trípoli y supuestamente liberado hace unos meses por quienes lo tenían prisionero, la milicia de la ciudad de Zintán, una población que mantiene, como otras ciudades y regiones libias, sus propias leyes y sus fuerzas de defensa. Algunas fuentes africanas creen que Saif podría estar muerto.

El país ha vuelto a la organización (si puede llamársele así) tribal previa al golpe de Estado de 1969. La rebelión del 2011 y la intervención de fuerzas internacionales no han generado una democracia moderna; pero sí han logrado destruir lo que Gadafi había edificado: dotar de una identidad nacional a las distintas fuerzas preexistentes y someterlas a unas instituciones centrales. Así, el país es hoy el paradigma de un Estado fallido.

Libia está teóricamente gobernada por un Ejecutivo de unidad nacional presidido por Fayez Serraj, con sede en Trípoli, ante el que se han acreditado embajadores de distintos países europeos. Pero el Gobierno preexistente, nacido tras la primavera árabe y que debía dar paso al que surgiría de las elecciones, ha considerado inconstitucional al nuevo Ejecutivo y se mantiene fuerte en Tobruk, en la Cirenaica. Otro presunto gobierno rebelde ha surgido en la Tripolitania.

Las principales ciudades del país se comportan como ciudades Estado. Las milicias de Zintán, de carácter nacionalista y aliadas del Gobierno, controlan una amplia zona próxima fronteriza con Túnez. Las de Misrata (denominadas Amanecer Libio), ciudad situada a unos 200 kilómetros al este de Trípoli, herederas de la oposición islamista al antiguo dictador, dominan la mayor parte de la región de la capital.

Caos

En el área centrooriental de la costa, la Guardia de las Instalaciones Petroleras, en su día una fuerza especial del Ejército del país, se ha convertido de hecho en una milicia compuesta por unos 27.000 soldados. El Gobierno de Tobruk dispone del llamado Ejército Nacional de Libia, pero una parte de él, bajo el mando del general Jalifa Haftar, actúa de forma casi independiente y se resiste a la unificación de los dos Ejecutivos principales. En el sur, cuerpos tribales como los de los tuareg y los tubu defienden sus territorios con las armas.

Este caos ha sido aprovechado por fuerzas yihadistas, principalmente el Estado Islámico, pero también Ansar al Sharia o el Consejo de los Revolucionarios de la Shura de Bengasi, para implantarse y extender el terror en las ciudades.

Pero la dispersión de fuerzas aún no ha llegado al culmen: falta, al parecer, el partido gadafista que pretendían crear los secuestradores de Malta.

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El secuestro aéreo de Malta, un efecto colateral del caos libio