Molenbeek: abandonado y radicalizado

Nada ha cambiado en el barrio un año después de los atentados de Bruselas

Molenbeekh

Bruselas

En el número 79 de Quatre-Vents no se atisba movimiento. En el exterior, dos mujeres envueltas en velos se pasean por delante de la casa que cobijó al terrorista más buscado de Europa, Salah Abdeslam, detenido por la policía el 16 de marzo del 2016. Seis días después se perpetró la peor matanza terrorista de la historia reciente de Bélgica dejando tras de sí 32 familias rotas. Aquí, en Molenbeek, también se realizó la coordinación de los ataques de París del 13 de noviembre del 2015, lo que llevó a algunos a bautizar el barrio como «la fábrica de yihadistas» de Europa o la «cuna europea de la yihad» y al ministro del Interior de Bélgica, Jan Jambon, a «limpiar» la comuna. 

¿Qué ha cambiado un año después en este barrio del tamaño de Santiago de Compostela? El estigma persiste y los jóvenes, abandonados a su suerte, abrazan con más fuerza el fanatismo. Lo reconoció recientemente el responsable de la célula de prevención del radicalismo de Molenbeek, Olivier Vanderhaegen. ¿Por qué? La propia alcaldesa de este municipio de la Región de Bruselas, Françoise Schepmans, admite que «no hay suficientes trabajadores sociales en la calle».

«La ceguera política ha provocado su deterioro. Se ha desplegado una política policial más fuerte y se ha creado un clima de mayor crispación. Han pasado la tijera al sistema educativo y a las políticas sociales en el barrio», denuncia José Luis Peñafuerte, hijo de emigrantes  nacido en Saint-Gilles, el otrora «gueto de españoles»  en Bruselas. En su documental Molenbeek, génération radicale? se da voz a los protagonistas de este enclave separado del resto de la ciudad por un estrecho canal. La distancia a pie no es grande, pero la brecha económica y social que se abre entre las dos riberas del río parece insalvable.

El paro juvenil es una bomba de relojería (45-50 %). Enviar a cualquier empresa un currículo con el código postal 1080 supone dilapidar tus posibilidades de encontrar trabajo. Las autoridades no han cumplido con su parte del trato. Ni rastro de las promesas de futuro para dar salida a esta zona deprimida donde el tráfico de drogas y de armas prospera. Hasta tres generaciones de abuelos, padres e hijos viven en el desempleo. «Primero nos rechazaron, luego nos culparon de los ataques y después nos trajeron a la policía a vigilarnos como si fuéramos criminales. ¿Cómo no va a haber radicalismo? Aquí todo sigue igual», se queja airado Kamal en una terraza aledaña al edificio comunal. Los vecinos están hartos de la mala imagen que se ha dado en los medios. «Solo vienen cuando hay algo malo que contar, luego no se preocupan por nosotros», señala un espontáneo en la mesa de al lado. 

Miedo a denunciar

Mohamed El Bachiri, musulmán de Molenbeek, perdió a su mujer en los atentados. «Apelo a la posibilidad de hacer autocríticas», clamó en un debate televisivo ante la pasividad de una parte de la comunidad. «Hoy están más implicados y rechazan públicamente el terrorismo, pero sigue existiendo miedo a denunciar. Tienden a encerrarse en sí mismos como ocurría en el País Vasco», asegura Peñafuerte, quien pide apoyo para quienes tratan de romper ese mutismo. Es el caso del líder de las mezquitas de Molenbeek, Jamal Habbachich, quien hace cuatro años denunció ante las autoridades que el Estado Islámico estaba reclutando jóvenes a las puertas de su mezquita. No pasó nada. Hoy en el barrio hay más de 20 mezquitas. Hace 15 o 18 años había tres o cuatro. Muchas otras siguen funcionando de forma clandestina en garajes o bajos del barrio. ¿Existe solución? «Hay mucho trabajo a largo plazo. En las escuelas, en la calle y por parte del Estado. Es necesario trabajar con los imanes para lograr un islam europeo», zanja Peñafuerte.

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