El número dos del Popular dimite por la falta de sintonía con el nuevo presidente

r. santamarta / a. balseiro REDACCIÓN / LA VOZ

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Pedro Larena, en una foto de archivo
Pedro Larena, en una foto de archivo benito ordoñez

El banco se hunde en bolsa tras anunciar una revisión de cuentas y el adiós de Larena

04 abr 2017 . Actualizado a las 01:14 h.

El Banco Popular no acaba de encontrar la paz, ni dentro ni fuera. Tras la ruidosa marcha de Ángel Ron hace apenas mes y medio y la llegada de Emilio Saracho como nuevo presidente, parecía lógico que el siguiente paso fuera el relevo del consejero delegado, un hombre fichado por Ron el pasado verano, buscando en su figura un revulsivo para la entidad, ya entonces fuertemente castigada en los mercados. Apenas ocho meses después de llegar, y a las seis semanas de aterrizar Saracho, Pedro Larena anunció su dimisión «por motivos estrictamente personales», según comunicó el banco a la CNMV.

El directivo seguirá en su puesto hasta que se encuentre un sustituto, algo en lo que ha empezado a trabajar ya la cúpula, sondeando el mercado desde hace algunas semanas, cuando empezó a ver próximo ese adiós precipitado ayer. Lo cierto es que, coinciden las fuentes consultadas, en el banco y en los mercados se identificaba a Larena con la etapa final de Ángel Ron, y Saracho quiere hacer un equipo a su medida. Algo que se antoja lógico cuando se ha presentado como un hombre con las manos libres para pilotar una de las mayores entidades financieras del país, la segunda en Galicia tras la compra del Banco Pastor.

El fichaje del ex director financiero de Telefónica Miguel Escrig como mano derecha -es nuevo director general adjunto a la presidencia- a inicios de marzo fue la primera señal de que el nuevo jefe quería a su gente al lado. Saracho y Escrig coincidieron en el Banco Santander a mediados de los 90, y ambos trabajaron para JP Morgan. Escrig estaba ejerciendo como una especie de director financiero en la sombra, ocupando tareas en las que debería estar Larena. Y eso, y la revisión de todo el proyecto estratégico que presentó el consejero delegado hace unos meses, terminó por acelerar la salida, apuntan las mismas fuentes.

Había una falta de confianza, de sintonía entre ambos, que no mala relación. Con todo, el momento elegido para anunciar públicamente el adiós no fue especialmente oportuno: justo el día en el que el banco anunciaba una revisión de sus cuentas de ejercicios pasados. Ese aviso, a primera hora de la mañana, provocó una fuerte caída de la acción, del 5 %, que se agravó tras la anuncio de la marcha de Larena. Se oficializó sobre las cuatro de la tarde, y el desplome alcanzó el 10 %. Como en los días más tensos del pasado noviembre, en los que el consejo debatía la marcha de Ángel Ron. Ambas circunstancias -la revisión de las cuentas y la dimisión- no guardaban aparentemente relación, pero en los mercados dio igual, y el castigo fue especialmente duro. Al final, el Popular se dejó 440 millones en la bolsa, con la acción de nuevo en los 80 céntimos.

Saracho podrá así elegir un nuevo número dos y terminar de encajar las piezas del puzle. Ha encargado una revisión a fondo de los números del banco (algo lógico siendo una persona que llega de fuera), y el primer resultado se vio ayer. El Popular anunció a la CNMV que no reformulará las cuentas del 2016, las últimas de Ron, pero incluirá correcciones tras una auditoría interna de la cartera de crédito. Tendrá que hacer nuevas provisiones que supondrán que el banco seguirá en pérdidas en los próximos trimestres. La entidad aseguró en una comunicación que, si se consideran todos los efectos detectados hasta este momento por la auditoría interna en el cálculo de capital, cumple con los requerimientos mínimos. El ministro Luis de Guindos aseguró que el Popular «es solvente».

En todo caso, sigue pendiente de resolver la gran incógnita de la entidad tras el desembarco de Saracho: el futuro del Popular. ¿Solo? ¿Con nuevos accionistas? ¿Fusionado o integrado en un gigante español o europeo? Las fuentes consultadas aseguran que Saracho no descarta nada, y que esperará aún para fijar un plan estratégico.

El descenso a los infiernos del que fue el banco más rentable de Europa

El 2016 fue un auténtico annus horribilis para el Banco Popular, segundo con mayor red, plantilla y negocio en Galicia (herencia del Pastor). Y el 2017 no parece haber comenzado con mejor pie para la que llegó a ser la entidad financiera más rentable de Europa. A las pérdidas históricas del pasado ejercicio se suma que sus acciones se han dejado más del 90 % de su valor en una década, y ayer mismo, tras el anuncio de la introducción de «correcciones» en las cuentas del 2016 y de la dimisión de Pedro Larena como consejero delegado, los títulos se hundieron un 10 %, el mayor desplome desde la resaca del brexit, en junio.

Los que siguen son los pasos de su descenso a los infiernos:

Ampliación de capital

2.500 millones de urgencia. A finales de mayo pasado, tres años y medio después de su última ampliación de capital, el banco anunciaba que volvería a recurrir a los mercados. Sería una emisión de acciones por valor de 2.500 millones, lo que suponía el 50 % de su capitalización bursátil. El objetivo: fortalecer su balance y limpiar el pesadísimo lastre inmobiliario, además de alejar el fantasma de una opa. Recién completada la ampliación, el entonces presidente, Ángel Ron, aseguraba que el banco se había «preparado para el futuro. «Ahora el reto es cumplir con ese plan que presentamos», añadió. Dicho programa incluía, además del cierre de oficinas y un ERE para casi 2.600 empleados, crear un banco malo propio para dar entrada a inversores y sacar del balance hasta 6.000 millones en fallidos del ladrillo.

Malos resultados

La ampliación se queda corta y rueda la primera cabeza. Pese a cubrirse, y como advertían algunos analistas, la ampliación de capital no convenció a un mercado que consideraba su cuantía insuficiente. El valor de las acciones no solo no remontó, sino que ahondó su desplome. En este escenario, el 29 de julio, y tras presentar uno de los peores resultados de su historia -los beneficios de la entidad en el segundo trimestre fueron inexistentes-, se acentúa la brecha en el seno del consejo de administración, que ve volatilizarse el dinero aportado en la última emisión de acciones. Piden la cabeza de Ron, pero la que caerá será de su consejero delegado, Francisco Gómez, que será reemplazado por un hombre de consenso: Pedro Larena.

La era Larena

La reestructuración. El banco despidió octubre con un golpe bursátil difícil de olvidar: la cotización de las acciones perdió la barrera del euro. Los esfuerzos de la entidad, ahora con el tándem Ron-Larena al frente, para cerrar el plan de reestructuración de la red y segregar los activos inmobiliarios improductivos siguen sin convencer al mercado, donde crecen las voces que apuntan a la necesidad de otra nueva ampliación de capital o directamente una fusión.

El derribo de Ron

Llega Emilio Saracho. Paralelamente al hundimiento imparable de las acciones, se recrudecía la guerra por el poder en el seno del consejo de administración. Al punto sin retorno se llegó a finales del mes de noviembre, cuando la balanza de fuerzas se inclinó a favor de la facción del mexicano Antonio del Valle y se consumó el derribo de Ron.

Un histórico de la banca de inversión, Emilio Saracho, fue el hombre escogido para sustituirlo y buscar una salida de futuro a la entidad.

Del «bancazo» a la dimisión en menos de doce meses

La llegada de Pedro Larena (Madrid, 1959) al Banco Popular, a finales del pasado julio, sorprendió tanto entonces como tan poco ayer su salida precipitada, mucho antes de cumplir el año como consejero delegado de la entidad. Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid, MBA por el IESE y con una dilatada carrera en el sector -aunque en el Popular desembarcó desde el Deutsche Bank, pasó por Citi, Caja Madrid o Banesto-, el ya ex consejero delegado no solo fue el primero en la historia del banco en no haber desarrollado su carrera en él -completamente ajeno a la cantera- sino que, además, sus formas suponían también una ruptura total con el tono discreto de sus predecesores.

«Popular es un bancazo». La frase con la que se estrenó en el cargo en la presentación de los resultados hasta el tercer trimestre del 2016 , lo acompañó durante sus ocho meses en una entidad, a la que llegó con el cometido de completar el plan de transformación del grupo, iniciado con la ampliación de capital de junio, y bajo las órdenes del entonces presidente, Ángel Ron.

Pese a reconocer también lo cada vez más evidente, que el Popular era una entidad «herida», Larena no aparcó su enfático discurso del «bancazo». La última vez fue en febrero, en la presentación de unos resultados anuales de pérdidas récord, casi 3.500 millones. Ahora verá desde la barrera si su confianza en las posibilidades de «curación» de la entidad estaba fundada.