El Imperio (bacteriano) contraataca

La resistencia a los antimicrobianos crece en los últimos años. Se calcula que en 30 años habrá 10 millones de muertes por culpa de las bacterias


Oviedo

Si reflejásemos en un parte de guerra el estado actual de la batalla entre las bacterias y el Homo sapiens, lo haríamos con frases de preocupación y es que la resistencia de un número creciente de bacterias a los antimicrobianos es un problema de salud pública de ámbito mundial.

En 2016, la  Asamblea General de Naciones Unidas  calificaba  la resistencia de las bacterias a los antimicrobianos como “una amenaza fundamental, a largo plazo para la salud humana, la producción sostenible de alimentos y el desarrollo”. El Centro Europeo para el Control y Prevención de Enfermedades estima que, en Europa, se producen unas 400.000 infecciones por bacterias multirresistentes y  25.000 personas mueren cada año por esta causa.

Si se mantuviese la progresión actual de resistencias a los antimicrobianos se calcula que en 2050 el número de muertes debidas a bacterias resistentes sería de 10 millones, con un coste económico de 100.000 millones de dólares según un informe de 2014 del organismo británico The Review on Antimicrobial Resistance.

Se trata de un tema que ya no queda circunscrito exclusivamente al ámbito de la literatura científica. Los medios de información general comienzan a hacerse eco de brotes de enfermedades infecciosas o muertes causadas  por bacterias multirresistentes.

El problema no solo afecta a los países desarrollados. En África,  la Organización Mundial de la Salud ha constatado un aumento del 650%  de tuberculosis multirresistente  en el periodo 2005-2012.

Infecciones como la gonorrea que en el pasado se curaban fácilmente con penicilina o ampicilina, hoy en día son  un problema debido al desarrollo de resistencias por Neisseria gonorrhoeae, microorganismo causante de esta enfermedad. En 1944 se utilizó clínicamente la penicilina por primera vez. En ese momento la inmensa mayoría de las cepas de Staphilococcus aureus eran sensibles a la penicilina, actualmente solo un 5-10% lo son. Hoy sería muy improbable que Alexandr Fleming pudiese observar un halo de inhibición del crecimiento en un cultivo de Staphilococcus aureus contaminado por hongos del género Penicillium, como hizo en 1928.

En las dos décadas siguientes al empleo de la penicilina, que podríamos calificar como época dorada de los antibióticos, se descubrieron decenas de nuevos antibióticos. Los avances conseguidos en el tratamiento de las enfermedades  infecciosas en ese lapso de tiempo generaron un cierto clima de euforia. Se llegó a decir que el hombre estaba a punto de ganar la batalla a las enfermedades infecciosas.

Una bacteria se hace resistente a un antibiótico cuando es capaz de sobrevivir con  una concentración de ese antibiótico en el medio que mataría a otras bacterias de su misma especie.

La resistencia de las bacterias a los antibióticos es anterior al descubrimiento de éstos. En 1940, unos años antes del uso clínico de la penicilina, EP. Abraham  y  E. Chain publicaron en la revista Nature el descubrimiento de una bacteria resistente a la penicilina. Se han descubierto resistencias a antibióticos en bacterias de hace nada menos que ¡cuatro millones de años!

Las bacterias  se vuelven resistentes a los antibióticos cuando ocurren mutaciones en su material genético, o sea, modificaciones que provocan cambios en sus estructuras o nuevas funciones en el metabolismo de la bacteria que hacen al antibiótico ineficaz. Podriamos decir que la bacteria se reinventa para ser inmune al antibiótico. Pero una bacteria también puede volverse resistente por la adquisición de genes de resistencia que otras bacterias le ceden por medio de mecanismos bien conocidos de transferencia de material genético

Parece ser que las bacterias ambientales son una importante reserva de genes de resistencia. De ellas pasarían a las bacterias patógenas del hombre y de los animales Se han encontrado bacterias ambientales filogenéticamente distintas que son capaces de utilizar los antibióticos como fuente de carbono. Es decir,  bacterias que siguiendo caminos evolutivos diferentes han llegado al mismo destino: la resistencia a los antibióticos.

Una vez adquirida la resistencia las bacterias transmiten esta característica a la descendencia o a otras especies bacterianas a través de diferentes mecanismos de trasferencia genética, que antes mencionábamos.

La síntesis de antibióticos es un arma que unos microorganismos utilizan contra otros  para conseguir prevalecer en un medio competitivo. Los microorganismos atacados, para defenderse, desarrollan mecanismos de resistencia frente a los antibióticos. Esta guerra química microscópica de síntesis de antibióticos y desarrollo de mecanismos de resistencias ya existía en la naturaleza antes de que el hombre interviniese para sacar provecho de ella. Por otro lado, la presencia de mecanismos de resistencia en bacterias productoras de antibióticos no es más que un mecanismo anti-suicidio.

El uso clínico de los antibióticos ha ido  seleccionando aquellas bacterias que eventualmente pudiesen portar mecanismos de resistencia de entre todas las presentes en el individuo infectado. La presión selectiva ejercida desde los años cuarenta ha ido seleccionando las bacterias resistentes a los antibióticos. El abuso de la prescripción antibiótica en medicina humana y  medicina veterinaria, así como el mal uso, han elevado esa presión selectiva y favorecido la aparición de resistencias.

En los años cuarenta del siglo pasado se observó que el uso de antibióticos a dosis subterapéuticas en los animales de abasto mejoraba la ganancia de peso diaria de estos animales. Desde entonces los antibióticos también se usaron con fines zootécnicos, para mejorar las producciones ganaderas. En la Unión Europea se prohibió el uso de antibióticos  como promotores del crecimiento en 2006 para ralentizar la aparición de resistencias y preservar la eficacia de los antibióticos, especialmente de los usados en medicina humana. Con esta prohibición también se reduce el riesgo de que bacterias patógenas de los animales se hagan  resistentes a los antibióticos en los animales y desde éstos lleguen al hombre.Sin embargo, los antibióticos siguen usándose como promotores el crecimiento en muchas partes del mundo, como Estados Unidos y ésta es una amenaza global que no entiende de fronteras.  

A todo lo anterior hay que añadir la falta de nuevos antibióticos con mecanismos de acción innovadores, que ha permitido a las bacterias ganar terreno en la batalla que mantienen con Homo sapiens. La industria farmacéutica ha dedicado sus esfuerzos a la investigación en otras áreas de la salud más rentables (enfermedades crónicas, por ejemplo) y en las dos últimas décadas solo se han autorizado dos nuevas clases de antibióticos: las axazolidinonas (linezolid) y los lipopéptidos (daptomicina).

Para la directora general de la OMS, Margaret Chan, la pugna entre bacterias y hombre no es una batalla sino un   “tsunami en cámara lenta”. Sea batalla o tsunami el final puede ser trágico. Pero confiemos en Homo sapiens.

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