Kenia vota entre el fervor democrático y el miedo a nuevos disturbios étnicos

Las encuestas auguran un empate técnico entre el presidente y el líder opositor

R. P.
REDACCIÓN / LA VOZ

Kenia amaneció ayer dividida entre el entusiasmo y la desconfianza. Bajo una fina capa de lluvia y temperaturas templadas, miles de personas se agolparon desde primera hora de la mañana frente a uno de los 40.883 centros habilitados para ejercer su derecho al voto en las sextas elecciones democráticas del país. El escáner biométrico, que ya disparó en el 2013 el temor a un fraude electoral, volvió a dar problemas y a prolongar las colas, algunas de hasta nueve horas de duración, sin perturbar por ello el desarrollo de una jornada pacífica. Las votaciones contaron con la vigilancia de 5.000 asesores internacionales y alrededor de 180.000 agentes de seguridad.

Existe otra Kenia, la de quienes tienen muy vivo el recuerdo de los disturbios étnicos del 2007 e hicieron acopio de víveres para huir de las grandes ciudades antes de la cita electoral. Ninguno de los dos candidatos a la presidencia, el actual mandatario Uhuru Keniata y el líder opositor Raiola Odinga, se ha comprometido a acatar los resultados de los comicios. Ambos se ven victoriosos y seguros de sí mismos, pero los pronósticos no arrojan un resultado claro. Para ser presidente se debe obtener un 50 % de los votos más uno, siempre y cuando un 25 % provenga de la mitad de los 47 condados que forman Kenia. Si ninguno cumple los requisitos, tal y como vaticinan las encuestas, habrá una segunda vuelta, la primera en la historia del país.

Tras depositar su voto, el presidente Keniata se mostró muy tranquilo. «Creo que los kenianos tienen la capacidad de elegir y reflexionar sobre la dirección que quieren que tomemos», señaló.

Odinga rechazó hacer declaraciones. Admitió que solo tenía un discurso para después de las elecciones: el de la victoria.

Además del presidente, los 19,6 millones de kenianos llamados a las urnas elegían ayer a 67 senadores, 349 diputados y 47 gobernadores. 

La sombra del fraude

En el 2007, los resultados electorales desembocaron en dos meses de violencia étnica que causaron más de 1.100 muertos y 600.000 desplazados. Ahora, Uhuru Keniata y Raiola Odinga, hijos de los padres fundadores del país, Jomo Keniata y Oginga Odinga, acuden por segunda vez consecutiva a las elecciones después de meses de cruces de acusaciones y de desprecios. En el 2013, Keniata ganó por un 50,03 % de los votos y Odinga denunció irregularidades, un hecho desestimado finalmente por el Tribunal Supremo.

Muchos ciudadanos consideran que los kikuyu, la etnia a la que pertenece Keniata, dominan de facto el país. Odinga, un luo, recibe apoyos de diferentes tribus contrarias al presidente.

Kenia no es un país más en la geografía de África Oriental. Es el Estado más desarrollado de la región, con una tasa de crecimiento anual del 6 % y que cuenta con importantes infraestructuras, como el tren que une Nairobi y Mombasa.

El mandatario sacó pecho de su gestión durante la campaña, pero el balance global resulta polémico. No ha luchado por combatir la corrupción endémica del país, que lo sitúan como el tercero más corrupto del mundo; los productos básicos se han encarecido a raíz de la sequía de febrero y el terrorismo yihadista continúa azotando los territorios del noreste.

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